“Olvidamos con demasiada frecuencia que las piernas de las mujeres les sirven también para andar: en nuestro empeño por considerarlas exclusivamente objetos artísticos, dejamos de lado su uso funcional”. (pag. 72, Anagrama, Panorama de narrativas 945 -ya no faltan demasiados para los mil).

La frase, puro Echenov, creo que refleja bastante bien el espíritu de Enviada especial, un divertimento magníficamente construido, nadie se aburrirá leyéndolo, en el que el autor, ya consagrado y sin nada que demostrar, hace y escribe cuanto le da la gana. Hasta nos recuerda de vez en cuando, con mordaz ingenio, que estamos leyendo una novela; porque es lo que tiene el mucho oficio, que se consigue parecer verosímil aunque se baile en las fronteras del imposible y el absurdo.

Llevaba mucho tiempo sin leer a Herralde, pero sabía que si le pedía nada menos que siete libros tendría que volver a hacerlo. Y ha sido un placer. Podría ponerme pejiguero y decir que Enviada especial no es tan buenísimo como Correr o Relámpagos, pero tampoco sería cierto; son dos libros que a mí me gustan demasiado como para pensar que puedan ser superados, ni siquiera por el autor; eso es todo.

Enviada especial es un libro divertido, pero es también una radiografía despiadada del mundo actual, Corea del Norte incluida, y es un libro que no es para cualquiera, pues para disfrutarlo hay que saber leer, leer literatura.

He empezado ya con el segundo libro de los que El Encuadernador pidió a su padre Herralde. Richard Ford, hablando de su padre y de su madre… podría adelantar algo aquí, pero no hay prisa. Ya no. He cambiado, como lector, el sprint por el fondo: se suda menos, y se disfruta más del paisaje.

 

Veredicto final:

De uno a diez a Enviada especial de Jean Echenov le daría un siete y medio. (Cuando era sprinter le habría dado un ocho, ya se sabe de la euforia después del correr).

 

(Mecanografía: Dolores Frutos)

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