Los países bálticos están viviendo su segundo período de independencia. El primero, de 1918 a 1940, acabó en manos de quien empezó: Rusia. Si bien se emancipó de la Rusia zarista, más tarde cayó en las garras de la URSS. La segunda y actual etapa de independencia comenzó en 1991. Han sido años de dificultades, dudas y obstáculos que han ido superando hasta lograr su entrada en otras estructuras mayores, esta vez de manera voluntaria: la Unión Europea y la OTAN. Esta última se ha puesto de acuerdo para llevar a cabo una misión que disuada a Rusia de liquidar por tercera vez la libertad de estos tres pequeños países del flanco este de la Alianza Atlántica.

El origen de la misión Enhanced Forward Presence (EFP en adelante), Presencia Avanzada Reforzada en castellano, se encuentra en la cumbre de la OTAN del pasado año, celebrada en Varsovia los días 8 y 9 de julio, en la que se pretendía reforzar el mensaje de unidad y cohesión entre los aliados en los distintos escenarios en los que tenían presencia. Uno de los aspectos más relevantes fue acordar una postura común, firme y sólida ante los movimientos militares de la Federación de Rusia.

Antecedentes

Para poner en un preciso contexto estas medidas conviene señalar lo acordado en la cumbre de la OTAN de Lisboa en 2010. Allí se adoptó un nuevo Concepto   Estratégico con el que se buscaba adaptarse a los nuevos desafíos en materia de seguridad y defensa en un mundo globalizado. Desafíos como los que provienen del ciberespacio, el terrorismo en sus nuevas formas, los misiles de largo alcance o la seguridad energética; una serie de retos inexistentes durante el siglo XX, cuando la alianza se fundó. «Para adaptarse a las nuevas amenazas, la OTAN incrementará su papel en la lucha contra la insurgencia, desarrollaremos una capacidad fija para entrenar fuerzas y crearemos una célula para estudiar cómo relacionarse con otros socios en el mundo», declaró el entonces secretario general, Anders Fogh Rasmussen. «El objetivo de la OTAN es la defensa y en un mundo nuclear eso requiere disuasión». De esta manera se podría sintetizar la nueva estrategia en tres líneas de trabajo: seguridad colectiva, gestión de crisis y seguridad cooperativa. Cabe destacar que, en esos momentos, Rusia no solo no aparecía como un enemigo, sino que aún se exploraba la posibilidad de establecer una colaboración en materia de defensa antimisiles.

Ahora las tornas han cambiado. Si la guerra en Ucrania ya activó alarmas, la anexión de Crimea, de manera unilateral e ilegal, fue el detonante definitivo para actuar ante posibles movimientos que fueran en contra de los Estados miembros. Se mira con recelo los movimientos rusos, en especial los relacionados con las reformas que buscan ampliar su poderío militar. El presidente Putin está aumentando el presupuesto en defensa; si en 2014 el gasto de defensa suponía el 4,5 % del PIB, en 2017 pasó a 5,3 %, lo que constituye una cantidad de 70 345 millones de dólares; para ponerlo en dimensión, un 15,5 % del gasto público. Uno de los resultados de estas inversiones se comprueba en la probada capacidad de despliegue en el exterior de manera rápida y eficiente, como se vio en el caso de la anexión de la península de Crimea. Esto ha supuesto un caldo de cultivo que ha generado unos temores en las tres repúblicas bálticas (de norte a sur, Estonia, Letonia y Lituania) y Polonia, los tres primeros con una amplia frontera compartida con Rusia. La principal respuesta de la Alianza Atlántica ha sido el lanzamiento de la misión denominada EFP, y que tiene como objetivos la disuasión y defensa ante las maniobras rusas en el flanco este de la Alianza. Esta misión complementará la misión Baltic Air Policing, iniciada para defender el espacio área báltico. Se busca una respuesta proporcionada cumpliendo los parámetros de la legalidad internacional y que sirva para mandar una inequívoca respuesta: el artículo quinto del tratado de Washington sigue en vigor, por lo que el ataque a un Estado miembro se interpreta como un ataque a la totalidad de la alianza.

Posteriormente a esta cumbre, los ministros de defensa de la Alianza Atlántica se reunieron los días 25, 26 y 27 de octubre en su sede de Bruselas para ir decidiendo la manera de aterrizar esta decisión. En la reunión del día 264 se acordaron medidas concretas como la creación de cuatro batallones multinacionales que se desplegarían en cada uno de los cuatro países. De este modo, Reino Unido lideraría el estonio, que incluiría a Francia y Dinamarca (a partir del 2018); Canadá el letón, que incluye a Albania, España, Italia, Polonia y Eslovenia; Alemania dirigiría el lituano, del que formarán parte Bélgica, Luxemburgo, Países Bajos, Noruega, Croacia, Francia y República Checa (los tres últimos a partir del 2018); y, por último, los Estados Unidos estarían al mando del batallón en suelo polaco, teniendo bajo su mando a tropas de Rumanía y Reino Unido. Por lo tanto, y contando con los que su unan en el presente año y en el siguiente, hasta 17 países intervendrán a lo largo de la operación, más los cuatro países de destino. La lista de países que no intervendrá en esta misión la forman los siguientes Estados miembros: Bulgaria, Eslovaquia, Grecia, Hungría, Islandia, Portugal, Turquía.

Las labores de coordinación entre los batallones multinacionales

La coordinación de los batallones será uno de los mayores desafíos en el camino. Es crucial que se envíe un mensaje de unidad, y para eso ha de haber una máxima coordinación en el terreno de lo político entre los distintos países. Si el objetivo es mandar a Rusia el mensaje de que enfrente no tiene a cuatro países aislados y con escasos recursos sino a una organización sólida y sin fisuras, qué duda cabe que a este aspecto tiene que prestársele especial atención. Los batallones de la misión EFP reportarán a la base de Elblag, en Polonia, que a su vez responderá ante Cuerpo Multinacional de la OTAN en Szczecin, también en tierras polacas. Se fomentará la estrecha relación entre el país que acoge la misión y el país que la lidera; es el caso de batallón liderado por Alemania en Lituania, que ha sido asignado a la brigada de infantería mecanizada de Lituania y que participará en su ciclo de entrenamiento. Asimismo, Estados Unidos ha confirmado que su batallón Stryker estará bajo el control táctico de una brigada polaca. Todos estos mecanismos de cooperación redundarán en el éxito de la misión.

En lo relativo al despliegue de recursos humanos5, el cómputo global asciende a cerca de 4 700 soldados, existiendo cierta flexibilidad según vayan avanzando las fechas. Los soldados se repartirán de la siguiente manera:

  • En territorio estonio se desplegarán aproximadamente 1 200 soldados, de los cuales el Reino Unido aportará unos 800 soldados, mientras que Francia unos 300 y Dinamarca, 50 más.
  • En Letonia se espera que haya unos 1 150 soldados, distribuidos de la siguiente manera: Canadá, 450; España, 310; Polonia e Italia, 160; Eslovenia, 50; Albania, 18.
  • Lituania cuenta con la llegada de cerca de 1 050 soldados repartidos de esta forma: Alemania, 450; Bélgica, 100; Luxemburgo, 22; Países Bajos, 250-270; y Noruega, 200.
  • Por último, en Polonia recibirán en torno a 1 270, divididos entre los 1000 soldados estadounidenses, los 120 rumanos y los 150 británicos.

El cómputo global asciende a cerca de 4700 soldados, existiendo cierta flexibilidad según vayan avanzando las fechas.

En un documento de la OTAN fechado en mayo del 2017 se detalla la aportación de cada batallón. Esa información indica que está basada en los detalles proporcionados por los países integrantes de la misión y que deben tomarse como indicativos ya que están sujetos a posibles cambios. Por lo tanto, y más en este temprano momento de la operación, conviene esperar a que se produzca el definitivo despliegue.

Infografía del Departamento de Seguridad Nacional.

Cada país ha dispuesto una base para albergar el contingente militar. El batallón destinado en Estonia estará en la base militar de Tapa, ciudad situada a poco más de 90 km al sureste de Tallin, la capital del país. A su vez, guarda una distancia de 150 km con Narva, la ciudad más oriental del país y frontera con Rusia. Tapa es una ciudad de tamaño medio-pequeño, con una población cercana a los 6500 habitantes y que se caracteriza por ser un importante nudo de comunicación en el país, centro de tránsito para pasajeros y carga, tales como petróleo y madera rusas. Guarda una estrecha relación con las Fuerzas Armadas por haber sido centro de formación militar. Su base militar es una de las más grandes del ejército del país. Cuenta con una Unidad Central de Entrenamiento, motivo por el cual pasan por ella muchos militares a lo largo del año. A pesar del tránsito de soldados, se ha tenido que acondicionar para recibir a los más de mil soldados que van a coincidir en el tiempo. Estados Unidos, en concreto, hizo una inversión de 11,2 millones de dólares a finales del año pasado con el fin de acondicionar la base.

En Letonia las tropas se instalarán en la base militar de Ādaži, municipio a 30 km al noroeste de Riga, muy próximo al golfo de Riga, ubicado en la zona centro del país. Con una población de 10 060 habitantes (censo del año 2013), la actividad económica de la ciudad la genera la base militar. También ha precisado de obras para adaptarla a la llegada de las tropas; por ese motivo 15 componentes del Destacamento Avanzado (DAV) del contingente español se desplazaron a principios de mayo de este año para comprobar y colaborar en las mejoras. La base cuenta con un campo de entrenamiento y un campo de tiro y se trata de la mayor base de las tres repúblicas bálticas, con una superficie de 7746,53 ha. Está emplazada en una reserva natural por lo que se extrema el cuidado del entorno. El límite con Rusia está a 300 km; frontera en la que el gobierno letón está construyendo una valla para protegerse del país vecino, por ahora han llevan 23 km y el objetivo es cubrir 193 km de los 276 km totales.

La república báltica más meridional, Lituania, alojará a las tropas en la base militar de Rukla, a 80 km al noreste de la capital, Vilna. El último censo conocido, de 2001, indicada una población de 2 376 habitantes, y las estimaciones señalan que en la actualidad la cantidad no varía mucho. La frontera de Lituania con Rusia está en su flanco oeste, con el Óblast de Kaliningrado, a 100 km de la base. Kaliningrado suponía, hasta la anexión de Crimea, el único puerto marítimo ruso que no permanece congelado durante todo el año. Como en los anteriores casos, la base también ha sido remozada para el correcto alojamiento de las tropas.

Por último, Polonia ofrecerá la base militar de Orzysz. Se trata de una pequeña población de alrededor de 5 600 habitantes ubicada a unos 220 km al norte de la capital del país, Varsovia, y a tan solo 70 km al sur de la frontera con Rusia.

La frontera entre Polonia y Lituania contiene uno de los puntos más conflictivos de toda la región. La conocida como franja Suwalki (Suwalki gap, en inglés) consiste en los aproximadamente 105 km que van desde Bielorrusia hasta Kaliningrado. Bielorrusia, país aliado de Rusia, ha aceptado que el próximo mes de septiembre se desarrollen en su territorio las prácticas militares rusas Zapad 2017. El anuncio de estos ejercicios militares ha causado notable inquietud entre los países bálticos. Dalia Grybauskaitė, presidente de Lituania, ha declarado su preocupación recordando que la invasión al este de Ucrania, incluyendo la península de Crimea, comenzó con la incursión de «hombres de verde» y que estas acciones se pueden repetir con estas prácticas en suelo bielorruso. Uno de los principales temores es que Rusia se haga con el poder de la franja Suwalki cerrándola al paso a tropas de la OTAN. Lo que sucede en este caso es parecido a otros, la opacidad de Rusia a la hora de realizar maniobras militares, lo que aumenta el nerviosismo. Las cifras que se conocen, por el momento, hablan de unos 3 000 soldados y 280 vehículos, guardando así respeto a lo establecido por la OSCE en el documento de Viena de 2011 que establece un máximo de 13 000 soldados y 500 vehículos en este tipo de acciones.

El despliegue español

La misión EFP ha supuesto el primer despliegue militar español en el exterior con carros de combate, lo cual indica el grado de responsabilidad y la envergadura de la operación. Esta misión se enmarca dentro de los compromisos que España ha adquirido con la Alianza Atlántica y ha venido autorizada por el Consejo de Ministros. La norma que seguirán los soldados, bajo el mando de Canadá, será mantener un perfil defensivo evitando entrar en provocaciones. Queda claro que es una misión defensiva y, casi más importante, de carácter disuasorio. Todas las acciones serán declaradas con antelación para evitar posibles conflictos. La duración de la misión es de seis meses y todavía no se ha desvelado qué brigada la reemplazará.

La logística es el mayor reto. Según información facilitada por el Estado Mayor de la Defensa, en palabras del propio personal del contingente, «las labores logísticas serán las propias de unidades acorazadas/mecanizadas, con el hándicap de las inclemencias del tiempo, que afectará al modo de proceder en los trabajos de mantenimiento y el tipo de combustibles y fluidos que llevarán los vehículos. Todo ello sin contar con la dificultad añadida de tener vehículos de rueda y de cadena y de que estos sumen más de cien». Y es que las condiciones climatológicas supondrán uno de los mayores desafíos. Para combatir las bajas temperaturas, «se han realizado ejercicios en el campo de maniobras de San Gregorio (Zaragoza) en meses de invierno y se ha recibido formación específica por parte de Unidades de montaña», apuntan desde el EMAD.

Uno de los principales posibles obstáculos, la coordinación entre batallones, ha sido preparado «realizando distintos tipos de ejercicios, trabajos y coordinación con las naciones que forman parte del Battle Group Letonia, así como visitas a Canadá y Letonia, nación líder y nación anfitriona respectivamente», señalan fuentes consultadas.

España ha aportado 310 soldados de la Brigada Extremadura XI (Regimiento de Infantería Mecanizada Saboya n.º 6, Base General Menacho, Bótoa – Badajoz) y la Agrupación de Apoyo Logístico n.º 61 (Acuartelamiento La Rubia, Valladolid), los cuales llegaron a Riga el pasado 10 de junio, y que estarán bajo el mando del teniente coronel Juan Castroviejo. El resto del material fue trasladado por carretera desde la base pacense hasta Vigo y ahí partió en un buque RO-RO hacia Riga el pasado 7 de junio. El material está compuesto por más de 100 vehículos y aproximadamente 70 contenedores. Del material destacan los Vehículos de Combate de Infantería (VCI) Pizarro, el Transporte Oruga Acorazado (TOA) M-113, morteros pesados, vehículos de combate de Zapadores (VCZ) y misiles contra carro Spike.

Llegada del contingente español, puerto de Riga. Foto: Estado Mayor de la Defensa.

Cabe señalar el carro de combate Leopard 2E, en España llamado Leopardo 2E5, una variante del carro de combate alemán Leopard 2A6 adaptado a los requerimientos del Ejército de Tierra de España. Posee una armadura más gruesa en las zonas más propensas a recibir fuego enemigo (la torre y la parte delantera del casco) que el Leopard 2A6 alemán y usa un sistema de mando y control de diseño español similar al equipado en los Leopard 2 alemanes.

Breve historia de los países bálticos

Las tres repúblicas bálticas suponen el flanco noriental de la Alianza Atlántica; además, Estonia y Letonia, junto a una pequeña porción de Noruega, representa la única frontera de la OTAN con Rusia. En números, Estonia y Letonia comparten 570 km de frontera con la Federación de Rusia (294 y 276, respectivamente); mientras, Lituania y Rusia lo hacen a lo largo de unos 230 km que separan el país lituano con el enclave de Kaliningrado. Estas cifras demuestran la estrecha relación que existe entre los países, aunque cabe señalar que por estrecha no se puede entender amistosa o, si quiera, cordial.

Las tres repúblicas bálticas han sido un verdadero campo de batalla desde hace siglos y no fue hasta 1918 cuando obtuvieron su independencia si bien no les duró ésta más que hasta 1940, cuando fueron incorporadas a la Unión Soviética.

La devastadora huella de la URSS

En el conocido como pacto Ribbentrop-Mólotov de 1939 se acordó que los Estados bálticos pasaran a estar bajo la esfera de influencia de la URSS, hecho que se consumó definitivamente al año siguiente, volviendo así a estar bajo control ruso. Antes ya estuvieron bajo dominio ruso, en esa ocasión bajo el régimen zarista, hasta que en 1917 se independizaron. La etapa soviética se alargó lo mismo que el régimen; no fue hasta 1991 cuando volvieron a obtener su libertad, convirtiéndose en las primeras repúblicas soviéticas en lograrlo. Esa época de dictadura comunista fue especialmente dura para los Estados bálticos ya que llegó cuando estaban comenzando a fortalecer sus tiernos regímenes, encuadrados en un momento político con fuertes corrientes nacionalistas. El empeño desde Moscú por acabar con cualquier manifestación que se interpretara como nacionalista envió a miles y miles de ciudadanos estonios, letones y lituanos al exilio. Un exilio que tuvo dos caminos: el que conducía a las zonas más inhóspitas de la URSS, y que durante muchos años no tuvo vuelta a casa; y el que supuso la salida hacia otros países democráticos, especialmente Estados Unidos, Australia o Canadá. Miles de personas fueron abandonando sus países natales, lo que conllevó un fuerte impacto a la demografía. Mientras que la población local iba menguando, llegaban desde distintos puntos de la URSS hombres y mujeres para satisfacer las demandas laborales. Este hecho se constata claramente observando los grupos étnicos titulares en las tres repúblicas desde el año 1945 al 1989, como se observa en la siguiente tabla:

Grupos étnicos titulares

Este aspecto es relevante ya que el encaje de estos ciudadanos provenientes de otras repúblicas una vez recuperada la democracia no siempre fue sencillo, tal y como se explicará más adelante.

La URSS supuso un cambio profundo en el sistema productivo de estos países. Los planes quinquenales, la colectivización agraria y el desarrollo industrial cambiaron el panorama, aunque existieron diferencias entre Estonia y Letonia, que experimentaron una más rápida industrialización, y Lituania, que conservó un carácter más agrario. Este hecho queda expuesto en la anterior tabla, observando cómo el país se mantuvo más impermeable a la inmigración al ofrecer menos salidas laborales.

Los cambios más significativos se produjeron en la década de los 80, cuando los movimientos nacionalistas consiguieron organizarse mejor, teniendo que hacer frente a una menor represión. La llegada al poder de Gorbavoch en 1985 abrió una nueva etapa que los tres Estados aprovecharon para comenzar a dar muestras de su deseo de volver a recuperar su independencia. Uno de los acontecimientos de mayor relevancia fue la conocida como «revolución cantada», unas movilizaciones pacíficas que se dieron en Estonia y que aprovechaban multitudinarios conciertos para expresar su deseo de un cambio político. En 1988, organizados por el Frente Nacional Estonio, llegaron a reunirse 250.000 ciudadanos, una cuarta parte de la población total estonia.

Las repúblicas bálticas orientan su futuro hacia Occidente

En 1991 Estonia, Letonia y Lituania recuperan su independencia. Las tres adoptaron un sistema político unicameral con la diferencia de que, mientras Estonia y Letonia optaron por un sistema parlamentario basado en una representación proporcional y listas de partido, Lituania prefirió un sistema mixto, similar al de Alemania. Tres fueron los grandes retos que debieron afrontar. El primero, la transición desde una economía dirigida a una de mercado, lo que les dejó más expuestos a las distintas crisis de los años 90. El segundo principal desafío fue la consolidación de la democracia de partidos, lo que provocó que durante los primeros quince años numerosos partidos se fueron turnando en el poder. Esto provocó que se diera la circunstancia de que de una elección a otra salían ganadores partidos que en la anterior ni existían. Y, por último, el tercer obstáculo que debieron superar fue la naturalización de la población que llegó durante el período soviético, ciudadanos que una vez desaparecida la URSS se encontraron sin un Estado que les reconociera. Como se ha explicado antes, la presencia de étnicos rusos variaba según el país. Así, Lituania no tuvo problemas en asimilarlos a todos debido al pequeño porcentaje que suponían; Estonia realizaba exámenes sobre el idioma y conocimientos básicos que fue rebajando en dificultad. El principal problema lo tenía Letonia, temerosa de un levantamiento de la población ruso-étnica, cercana a la mitad. Este grave problema se vio solucionado en gran medida con la entrada en la Unión Europea, quien exigió como condición sine qua non la naturalización de esta población que corría el riesgo de no ver reconocidos derechos básicos como el voto, con la consiguiente incapacidad de obtener representación política. Que se aceptara esta norma no significó la solución de los problemas; en la actualidad existen poblaciones con mayor presencia de rusos étnicos que étnicos locales, como Narva, o muchas otras en la Letonia oriental. Las distintas comunidades conviven pacíficamente, aunque los últimos años ha habido un resurgimiento de sentimientos nacionalistas pro-rusos. Es por eso que los Estados bálticos han recibido de buen grado este fuerte despliegue militar en su territorio, aunque todo parece indicar que, como se oye en los círculos militares, «los bálticos son como Crimea», intocables e inamovibles tal y como están. La apuesta de los Estados bálticos por incorporarse a la OTAN tuvo que vencer la resistencia de una población que fantaseaba con la posibilidad de imitar a Finlandia y mantenerse en el terreno de la neutralidad, pero el tiempo, los acontecimientos y Rusia han dado la razón a la conveniencia de su adhesión.

 

Fuente: Instituto Español de Estudios Estratégicos. Ministerio de Defensa

 

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