Quimper es la capital del Finisterre francés. Se trata de una bonita ciudad medieval al Sur de Bretaña y Norte del Golfo de Vizcaya dominada por la catedral gótica de Saint-Corentin, palacetes señoriales, callejuelas de aire coqueto y creperías.

Allí, ahora, además de hablar de los primeros meses de Macron como presidente, de la puñalada de Neymar al Barcelona y del siempre socorrido tiempo, sus gentes hablan y se muestran divididas por un tema que aquí daría para horas de tertulia de barra de bar en buena compañía. Hablan del pequeño Fañch, un niño nacido en mayo de este mismo año a cuyos padres, las autoridades francesas, han obligado a quitar la virgulilla del nombre dejándolo en Fanch, todo porque la «ñ» que contiene, es un signo foráneo de especial importancia en el alfabeto español y sin cabida en el actual sistema alfabético francés. El tribunal que lleva el caso arguye que «admitir lo contrario llevaría a romper la voluntad de nuestro Estado de derecho a mantener la unidad del país y la igualdad sin distinción de origen».

No es ñoñez aunque le tenga un especial cariño, qué leñe. Es mi apego al castellano, mi defensa del multilingüismo y mi desazón al ver cómo las lenguas son utilizadas como arma divisoria y aislante y no como un instrumento universal y aperturista, lo que me lleva a escribir y lanzar un guiño sobre una letra de tamaña importancia y que tanto aporta a nuestro idioma; pero que, sobre todo, dota a cada palabra en la que está contenida, de un carácter único tanto fonético como visual. Resulta paradójico que el suceso haya tenido lugar en Bretaña, región norteña carente de viñedos en el país de la champaña, puesto que en su nombre está añadido el elemento causal de toda esta riña que empaña el lema francés, ya que el fallo de sus señorías no respeta ni la “liberté“ que deberían haber tenido los padres a la hora de elegir el nombre de su retoño ni la “égalité“, en este caso lingüística, ni la “fraternité“ para con el idioma y cultura española. Pese a que en España nos empeñamos en desprestigiar y maltratar cada vez más nuestro lenguaje, en ocasiones asoma ese orgullo cañí que todos llevamos dentro y acuñamos siglas como “ÑBA” para denominar a nuestro equipo nacional de baloncesto, en un juego de letras que añade carácter y propiedad a una abreviatura universal.

La historia de la ñ es reseñable. Pese a que no entró en el diccionario de la Real Academia Española hasta 1803 su origen se remonta a la Edad Media. Antaño, en latín, no existían ni la letra ni el sonido eñe. Fue a raíz de la evolución de esta añeja lengua y de la aparición de las lenguas románicas, cuando apareció el sonido palatal nasal de esta entrañable letra. Pero al no existir en el alfabeto latino, los escribas tuvieron que inventar formas para reproducir ese sonido en los textos romances; para ello, desde el siglo IX, los copistas comenzaron a transcribir el sonido eñe de tres formas diferentes, todas ellas permitidas: como una doble “n” (anno), como “gn” (agnus) o como “ni” seguido de una vocal (Hispania). Hay que señalar que fueron los mañosos escribas monásticos que optaban por el uso de la doble ene quienes, empuñando su pluma, empezaron a abreviar esta forma en sus trabajos de scriptorium, dejando una sola ene y añadiendo una vírgula encima. Bien apaño, bien triquiñuela, el objetivo de los monjes escribanos fue ahorrar pergamino y arañar tiempo facilitando, de esta manera, su marañoso trabajo. No fue tacañería fraileña sino comodidad. Así fue como, entre el tañer de las campanas de los monasterios, el crotorar de las cigüeñas y el sonido cordal de las zanfoñas, surgió tan original diseño, santo y seña de nuestro idioma.

Yo pediría a la enfurruñada gañanía que dictaminó en contra de la «ñ», dañando y constriñendo a unos padres a acatar una resolución ceñida a argumentos patrióticos, que dejasen de ejercer de guadañeros y permitieran lucirse a la virgulilla de ceño fruncido, pues su carácter es indomeñable y rebelde tal y como se vio aquella vez en la que la Comunidad Económica Europea se atrevió a proponer a España la supresión de la letra de nuestro alfabeto, tan solo por consideraciones de comodidad comercial.

Nosotros dejamos que el resto la disfrute porque, como decía Gabriel García Márquez, “la ñ no es una antigualla arqueológica sino todo lo contrario: un salto cultural de una lengua romance que dejó atrás a las otras al expresar con una sola letra un sonido que en otros lugares sigue expresándose con dos”

 

Desengañémonos. Las letras no tienen dueño

 

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(Valladolid, 1978) es cómico, responsable de redes y guionista en radio, previamente en televisión. Licenciado en Veterinaria, dejó el mundo animal para pasarse al humano, mucho más animal si cabe, según él. Hombre de bar de servilleta al suelo y fácilmente indignable.

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