Estabas sentado en el asiento de copiloto de la furgoneta de trabajo de uno de tus amigos. Era un caluroso día de verano, de esos en los que la temperatura supera los cuarenta y cinco grados, de esos en los que el mejor sitio para estar es cualquier cubículo que disponga de aire acondicionado. Como era habitual, en una rutina que habíais establecido desde que desarrollasteis la habilidad para reflexionar, hablabais de los aspectos más profundos de vuestra existencia. ¡Fantaseando! Llegando, de esta manera, al mismo punto de siempre: ¡a qué hubiera sido de vosotros de haber sido deliciosamente millonarios!

Pero ese día iba a ser diferente del resto, pues tú llegaste al lugar de los hechos con otra película en la cabeza. La noche anterior habías estado viendo la película de Frozen con tu novia y con el frescor del aire acondicionado te sentías como si fueras el vendedor de hielo que acompaña a Ana, la princesa que representaba a tu novia en tu subconsciente, a buscar a su hermana, quien se había perdido en el reino de hielo. Y justo en el momento en el que se encuentran, en medio de un bosque, a un muñeco de nieve que había cobrado vida gracias a su magia.

“Hola a todos… ¡Soy Olaf! Y me gustan los abrazos calentitos” se presentó el ser animado. “¿Olaf?” preguntó ella extrañada. El nombre le sonaba de algo… “¡Eso es! ¡Olaf!” dijo cuando recordó que era el juguete preferido de pequeña. Mientras tanto, tu amigo buscaba en el Iphone su canción favorita de aquel entonces: Hotline Bling de Drake. Ya que le gustaba inspirarse sacando el rapero que llevaba dentro. Y el muñeco de nieve empezó a teñirse de color negro. Y los tres botones de su pechera pronto se convirtieron en una cadena de la que colgaba una medalla con el signo del dólar.

“Yo te diré por qué” respondió el personaje que te representaba después de que Ana le estuviese intentando preguntar al muñeco de nieve, ahora convertido en una especie de conguito, por el paradero de su hermana. “Necesitamos que nos devuelva el verano” le explicó. “¿El dinero?” preguntó tu amigo que había cambiado de color al muñeco en tu mente entendiendo lo que a él verdaderamente le interesaba. “No me preguntes por qué pero es que siempre me ha encantado la idea del dinero, del sol y de las cosas calentitas” dijo al tiempo que se empezaba a escuchar la canción que había puesto.

“¿En serio? Me da que no sabes mucho sobre el calor” rebatió tu proyección viendo claramente que se encontraba ante un muñeco de nieve. “¡No! Pero a veces me gusta cerrar los ojos e imaginar cómo sería si lloviese el dinero” insistió él siguiendo a lo suyo. Suspiró y… “Siempre quise cantar con un microfonó y hacer lo que quiera que haga un raperó” empezó con el musical. “Un po… rritó y mis músculos endureciéndose en el gimnasió y consiguiendo un magnífico cuerpazoooo… Habrá un relax de fondó, y no el estrés asolador…” continuó con el show mientras tú recordabas muchos de los enjambres en los que te habías metido por desear aquello que, en su versión más avanzada, no sería congruente contigo mismo.

 

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