Una larga carrera de obstáculos ha debido superar Donald Trump para llegar al juramento de su cargo el pasado viernes y entonar su discurso inaugural de una era que se presume tormentosa y por lo mismo interesante. Trump fue el outsider en el que apenas nadie creía, salvo aquéllos americanos del profundo Estados Unidos, hartos de trabajar con esfuerzo -en ese país no hay apenas paro- a cambio de una retribución cada vez más escasa, en tanto que los grandes negocios y los empresarios de éxito florecían. Que el mismo Trump fuera uno de estos últimos parece no hacer al caso, él decidió ponerse al lado de ese imaginario marginal wasp (blancos, anglosajones y protestantes) y obtuvo su confianza. Era un pueblo a la busca de un líder y ambos se encontraron. Así de simple.

Paradigma de todos los obstáculos y ariete a la vez de sus primeras palabras como presidente lo ha sido su condición de líder populista enfrentado al establishment, a lo que en términos más castizos denominaríamos como vieja política, que proclamara Ortega en su discurso de mayo de 1915; donde lo viejo estaría magníficamente encarnado ahora por su rival electoral, Hillary Clinton y lo nuevo, como es natural, por Trump.

Pero que no se engañen demasiado, propios y extraños, decía el Eclesiastés que en rigor nada de lo que ocurre es de verdad nuevo, sino mera repetición de lo ocurrido en los siglos anteriores. También lo es el nacionalismo, ese reencuentro con la nostalgia de los tiempos en los que aparentemente éramos mejores porque nuestros enemigos de hoy no lo eran entonces. Estos elementos perversos que por lo visto los son hoy la globalización, los Estados que se dicen amigos pero que no aportan a su defensa y nos obligan a ocuparnos de ella a la vez que abandonamos a nuestras gentes y, enemigo entre los enemigos, la vieja clase política de Washington que medraba en medio del sufrimiento general.

Le ha bastado a Trump, como a cualquier populista, con señalar al adversario más cómodo y visible para galvanizar el apoyo de los suyos. No hay responsabilidad alguna en el presunto deterioro de la situación social y económica de su país en los poderes económicos, las grandes empresas o los sectores financieros. Trump es uno de ellos y su gabinete está compuesto por muchos de los mismos. Los casos de la multimillonaria Betsy Devos, Secretaria de Educación; Rex Tillerson, el flamante Secretario de Estado, presidente de una empresa petrolífera o el ejecutivo de Goldman Sachs, Steve Mnuchin, Secretario de Hacienda. Por eso su populismo es sólo nacionalista y derechista y no embiste contra los grandes empresarios.

Y como todo nacionalismo fundado en la exclusión, el desprecio y el refugio en el interior de las propias fronteras, por grandes que éstas sean, se trata de un error. Es cierto que las políticas anunciadas por Trump podrán mejorar la calidad retributiva de los empleos americanos, pero al precio de elevar el coste de la cesta de la compra de los hogares de esos mismos empleados. Y es que la globalización lo abarata todo, precios y salarios, de modo que lo que no se vaya en lágrimas seguramente se les irá en suspiros… Y a cambio habrá montado el presidente un buen jaleo en su escenario propio y el internacional.

Ese magnate que es el actual presidente, rodeado del apoyo principal de una de sus hijas y de su yerno, como acostumbran los empresarios familiares que sólo confían en su ámbito más cercano, ha pronunciado un discurso de investidura que es el cabo coherente con su campaña electoral. Como ha dicho recientemente el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, Luis Alberto Moreno, de reciente visita en España, al entonces candidato a presidente había quien decía que había que tomarlo literalmente pero no seriamente, en tanto que otros pensaban que habría de ser considerando seriamente pero no literalmente. El discurso inaugural nos señala que deberemos tomarlo de las dos maneras: literal y seriamente.

 Aunque no hay tampoco mal que por bien no venga. Los europeos nos hemos instalado históricamente en la cómoda seguridad de la protección americana que nos defendió de la intolerancia y las dictaduras en dos guerras fratricidas y hemos considerado por descontado que el apoyo americano seguiría vigente por los tiempos de los tiempos. Las advertencias de Trump nos señalan que esos días ya no son los actuales y que deberemos encarar una agenda de seguridad y defensa comunes propias que algunos consideramos antesala de un proyecto de integración federalista europea.

 ¿Quién sabe si la era Trump ayudará a los líderes europeos que a la vez son europeístas a asumir de una vez por todas que una Unión más integrada es la única solución en los tiempos convulsos a los que nos estamos enfrentando?

 Con tal de que resolvamos nuestros propios contenciosos populistas, por supuesto.

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