La veía en la tele cuando era niño, preadolescente. Tres eran tres las hijas de Elena, tres eran tres y ninguna era buena. Creo que era una serie de Jaime de Armiñán, no voy a molestarme en comprobarlo, cualquiera puede hacerlo hoy día gogleando así que da igual. Lo importante era ella, y que yo la veía. Y la amaba. La amaba con locura y absolutamente, como sólo se puede amar a los quince años. Me derretían sus ojos, su mirada, la forma de vestirse, moverse, estar delante de la cámara.

Era en blanco y negro en aquella época. La chica más guapa del mundo era en blanco y negro.

Cuando la conocí en persona era todo color, acababa de publicar un libro junto a una de sus parejas, nunca demasiado rígidas, Benet, en el que Juan hacía los textos y ella unos collages mucho más bonitos que los cuentos; en mi opinión que la seguía amando.

Seguía haciendo televisión pero era invisible pues se ocultaba tras el disfraz de la Gallina Caponata. Y sorprendentemente, cuando me conoció, ella me amó a mí también. De otra manera, sin absolutismos mi pasiones excesivas. Unos días. Me escapé enseguida como solía hacer entonces. Nunca demasiado tiempo con la misma. Sólo cruces fugaces en cielos y desiertos.

-Eres exacto a Pau Riba cuando era más joven -sentenció la mañana que nos conocimos.

Yo estaba haciendo un reportaje precisamente para Diario16. Entrevistaba a un actor, no recuerdo su nombre, y ella formaba parte del elenco de la obra de teatro. Entré en su camerino y se estaba cambiando. Sin duda notó la mirada con la que la escudriñé, una mirada que llevaba cebando desde los quince años.

Y luego su casa, en la que había habitación bautizada como “el cuarto de ETA”, pues allí refugiaban o habían refugiado a los que luchaban contra el régimen de Franco; o “el régimen” a secas. Conversaciones, paseos, citas en el Armadillo… Hasta que un hasta mañana se hizo eterno. Ya he dicho, cruces fugaces en cielos e infiernos.

Sólo volví a verla una vez más.

-No sé si te acordarás de mí.

Y ella le respondió al amigo que iba conmigo.

-Cómo es, verdad. Como si nadie se pudiera olvidar de un hombre como él.

Después supe que mi amiga Mamen Rubio la estaba tratando a causa de un tumor, no quise preguntar de qué tipo. Y ayer me dijo mi mujer que la Cohen, Emma Cohen, había muerto.

No para mí. Para mí, mientras esté, incluso mientras mis palabras se lean aunque yo ya no esté, seguirá viva y seguirá siendo un sueño, mi mejor sueño, el de un chico de quince años descubriendo a la primera mujer capaz de borrar el mundo, el resto del mundo, con su sola presencia. Incluso desde una pequeña pantalla de televisión. Incluso en blanco y negro. Sus ojos de luz. Sus labios sonriendo. Emma Cohen. La chica de mis sueños, hoy ya libre de la realidad mezquina para siempre, protegida por el poder más grande: el sueño eterno.

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