Siempre me sorprende y maravilla, me llena de felicidad y pasmo, cuando en una presentación literaria el público desborda la sala donde se desborda el acto. Famoso en la profesión es Juan Cruz, gran estratega, por buscar espacios reducidos en los que se acaban agolpando, incluso de pie, los grandes actores de nuestro pequeño universo literario.

No es la filosofía de Emilio Pascual. Uno de mis tres editores predilectos. Mi querido Emilio Pascual. Llevaba años sin verle. Verlo. Las olas de la vida con tsunamis incluidos. Pero el pasado jueves me alcanzaron las fuerzas y el ánimo, y cuando me llegó el dossier de prensa que reproduciremos completo al final de este artículo, decidí que iría, como fuese. Y no por Unamuno y su libro inédito y recién editado, pues tampoco me entusiasma tanto, sino por Pascual, Emilio.

Llegué tarde. Apenas unos minutos. No podía imaginar que los poetas que salían por la puerta del Ateneo en la calle del Prado habían subido ya hasta el cuarto piso, donde se hacía la presentación, de Apuntes de un viaje por Francia, Italia y Suiza, y bajaban de nuevo en busca de un bar pues no se cabía en la sala. Literalmente no se cabía. Había gente de pie y también sentada en el suelo. Y no éramos pocos los que estábamos fuera de la misma, en el pasillo, apenas pudiendo escuchar a Pollux Hernúñez, responsable de la edición, a Luis Alberto de Cuenca o al propio Emilio.

Éxito maravilloso y quizá hasta excesivo. Me gustó ver al poeta Urceloy, al editor Egido, al gran enciclopedista Ramos y a otros pocos viejos conocidos de la época en la que escribía un diarioweb titulado Mi alegre, mentirosa y farsaria VIDA LITERARIA, que aún sigue teniendo, para mi sorpresa, lectores y visitantes en estos tiempos postmágicos.

http://www.javierpuebla.com/Diario_archivos/Amododediario.html

Poco más quiero decir, de momento, ni sobre Unamuno ni sobre Emilio Pascual ni sobre la siempre farsaria vida literaria que sigue bullendo en las gastadas arterias de Mad Madrid/ Villa y Corte/ Capital del Reino, pues pienso que será de mayor interés para cualquier lector la nota de prensa enviada el día de la presentación y que paso a copiar, facilidades de la informática, de modo íntegro.

 


Nota de prensa

 

Esta tarde presentaremos en el Ateneo de Madrid el que puede considerarse el primer libro de Unamuno. Fue escrito en los meses de julio y agosto de 1889, pero ha permanecido inédito hasta ahora, pues el manuscrito desapareció en algún momento y ha estado oculto durante décadas. Se sabía de su existencia y se conocían algunas de sus páginas, pero ahora, gracias a su propietario —un coleccionista que lo adquirió en el extranjero—, sale a la luz en su integridad.

Se trata del diario de un viaje de 49 días que el joven Unamuno, invitado por un tío suyo, realizó antes de cumplir los veinticinco años. En él fue anotando cada noche (y en ocasiones hasta dos y tres veces al día) lo que veía y sentía en los diferentes puntos del recorrido por Cataluña, la Provenza, Italia (Florencia, Roma, Nápoles, Pompeya, Milán), Suiza, y en particular París (con una escapada a Versalles) y su Exposición Universal.

El título que figura en el primer cuaderno es Apuntes de un viaje por Francia, Italia y Suiza. La edición, a cargo de Pollux Hernúñez, recoge la transcripción completa de los dos cuadernos autógrafos, con sus tachaduras y algunos dibujos de su propia mano, que hace llevado del deseo de explicar gráficamente detalles para los que la palabra le parece insuficiente. Completa la edición un generoso aparato de notas explicativas, un apéndice de textos unamunianos relacionados con el viaje, un índice onomástico general y la reproducción de varias páginas del manuscrito. Un volumen, de 304 páginas, en tapa dura con sobrecubierta y marcapáginas, en el que podrán leerse cosas tan sabrosas como estas impresiones de Florencia :

Luego hemos venido a comer y de aquí a ver la Galería de los Uffizi y la Galería Pitti. […] Estas Venus tienen cara de buenas, no dicen nada, la postura es de lo más simple que conozco y la exaltada serenidad olímpica se reduce a la más absoluta falta de expresión; los ojos no miran, no sonríen ni llaman; los pies vistos de lado parecen horma de zapatero, no pisan. […] Cuadros de Rafael; las vírgenes perfiladas, las de los largos párpados y el mirar soñoliento. […] La virgen de Rafael (la Fornarina) maldito si tenía nada de virgen; en cambio las de fray Angélico, disparatadas, monstruosamente hermosísimas, tienen la belleza imposible de una virgen-madre, otro imposible…


 

Emilio Pascual 2017-2

Algunos textos extraídos de los Apuntes:

…frailes y soldados, las dos mayores plagas que conozco. (p. 52).

Esta noche volvemos a la ciudad del Dante. Voy con la cabeza llena de Roma, donde he visto mucho lujo, mucho cura, mucho fraile, mucho religioso de todas castas, mucho mármol, muchos bronces, muchos emperadores, muchos dioses y muchas propinas. (p. 75).

¡Roma, Roma! Ciudad bendita y maldita, bendecida y maldecida más que otra alguna, ciudad de la loba y de los hombres fuertes, nido de bandidos en tu cuna, de héroes en tu infancia, de genios en tu adolescencia, de santos en tu juventud, de soldados y frailes en tu edad madura. ¡Roma, que llevas en tu seno las tristezas y las alegrías de los pueblos, el orgullo de los vencedores, la vergüenza de los vencidos, las lágrimas del pobre, los desdenes del poderoso, los dineros de los fieles y las vociferaciones de los irredentistas! ¡Roma, que tragaste tantos pecados, redimiste tantos pecadores, vendiste tantas indulgencias, almacenaste tantas bellezas y absorbes tantas propinas! ¡Roma, que hiciste de una emperatriz (Mesalina) una prostituta, y de una prostituta (Teodora), una emperatriz! ¡En tu seno se alza lúgubre, allí donde chisporroteó al fuego, Bruno, y en tu seno vegeta, olímpico y grande, el ignoto guardián del Campidoglio! ¡Tú fuiste aterrada por los cimbrios, helada por Aníbal, destruida por los bárbaros, restaurada por los papas, saqueada por Guiscardo y por Borbón163, venerada por el orbe, insultada por Lutero, odiada por el Norte, vindicada por el Mediodía, copada por Garibaldi y ocupada por Víctor Manuel! Y hoy eres otra vez pasto de los bárbaros que, guía en mano, vienen a curiosear en ti, cuando armados de martillito no te pellizcan tus viejos despojos. Pero sobre todas las torturas, has sufrido ¡oh, Roma! la más horrible, la más vergonzosa, la más cruel, la que más degrada, has sufrido el tormento de ser descrita miles de veces por toda clase de turistas y poetas, y aún el Dios vengador te reserva otras mil descripciones, incluso las mías. Súfrelas con paciencia, eso tiene de malo la grandeza: cuanto más visible, más expuesta a las pedradas de los granujillas. (pp. 76-77).

Y fui a San Marcos, el convento fundado por san Antonino, cuya celda está allí, y vi la celda de Savonarola. El rostro duro, simiano de fray Gerónimo preside allí, un nuevo Bruno encapuchonado. Entré en su celda, en aquella celda donde se caldearon los ardores del hermano, así como delante del Palacio Viejo ardió su cuerpo, ya antes consumido. Allí vi los cilicios duros con que sujetó la carne, la tabla con que le sujetaron el cuello, el Cristo de Fra Angélico que él usaba, un libro en que su mano palpitante estampó sus ardores, objetos que tocó, que usó, que manoseó; y, al sentarme en la silla en que él sentado tantas veces meditó en el misterio de Roma babilónica, crujió la silla como quejándose. ¡Florencia y Roma! ¡Savonarola y el papa! ¡San Marcos sombrío y San Pietro grande! Por una ventanilla entra la luz en la celda del fraile; allí volaron sus pensamientos y gimió su carne bajo el cilicio; allí meditó la palabra que hizo arder a Florencia, donde el ardió luego. (p. 83).

De allí hemos ido a la Magdalena. Aquí el paganismo napoleónico, el partenoncito de siempre, una metáfora clásica que huele ya a carne fresca de muchos días. Sobre la puerta, la mamarrachada de cajón: Liberté Égalité Fraternité; pase por lo segundo y tercero, pero ¿lo primero? ¿Cuándo se convencerán estos simples que donde hay libertad no puede haber igualdad? (pp. 108-109).

A propósito de la torre [Eiffel]. Es sabido que un hermoso cuadro pierde su hermosura, se hace estúpido, vulgar, pésimo, desde que lo reproducen en fotografías, fotograbados, fototipias, fotolitografías, litografías, grabados, cromos, copias y todo el ejército de polillas del arte, se hace una cosa abyecta y sucia; una ópera llega a ser el más insoportable de los ruidos desde que los organillos, las cajas de música, las muchachas casaderas y los flautistas la tocan; las metáforas de Homero clásicas son de lo más imbécil que existe. La prueba más fuerte por que puede pasar una obra de arte es la prueba de su vulgarización, y esta prueba pasa la torre, y a mi juicio victoriosamente. Aquel armatoste es de lo más mamarracho visto en su conjunto, solo en grande allí mismo, en su osamenta. (p. 123).

Esta mañana hemos ido al Museo del Louvre, es decir a la sección de pintura. En una visita de prisa, con gentes que miran, no ven y llevan prisa, no puede más que sufrirse una indigestión de cuadros. Pasan ante la vista haciendo visos, sale uno cansado y con una ansia atroz, con un gran vacío. Yo iría allá todos los días, cada día dedicaría tres horas o más a una sala y luego volvería a la misma. (pp. 125-26).

Esta noche hemos ido a Folies Bergère hasta primera hora. Aquí todo lo triste de París. A mí me divertía. Toda la putería rendida alderredor de aquella fuente, junto a aquellos árboles alumbrados con luz artificial, que parecen tísicos. Desnudeces asquerosas, ojos pintados, pelos pegados a la cara, miradas de hambre, provocaciones, mucha carne como flor de estercolero. Una pobre muchachita de unos 16 años, descocada, indecente, cosa que daba pena, y a muchos con la lástima les cogerá para dejarles con hastío y asco.

No había allí más que prostitutas y extranjeras curiosas que van a ver la jaula de fieras.

Un rendez-vous de putacos y nada más. Esto es lo más soso, lo más vulgar y lo más tonto que conozco. Eso ni es vicio ni Dios que lo fundó ni cosa que lo parezca, eso es imbecilidad y cursilería, lo más ramplón, lo más campagnard, lo menos refinado, lo menos parisiense en el sentido legendario que tiene esta palabra. Una mujer grasa, de ojos pintados, con los pechos al aire, que se remanga las faldas y provoca con los gestos y la mirada es lo más provinciano, lo más estúpido, lo más cargante que existe. Si Folies Bergère es París, París es el villorrio más vulgar, más tonto, más incivil y menos parisiense que pueda existir. (pp. 127-28).

El Figaro trae un articulito contra el descoco y desvergüenza de lenguaje de gran parte de la prensa francesa. No hay peor que los periódicos castos. ¡Estúpidos! La elocuencia no es posible sin pasión, en la cólera, en el insulto es donde más cabe. Un periódico debe ser un periódico, una cosa caliente, fuerte, que exalte y fermente, viva… Para cerate simple bastan los libros de misa y de matemáticas. Se trata de desnudar intenciones, firme en ello. Hay que barrer la inmensa estupidez humana. (134).

 

(La parte de este artículo que puede ser considera como tal fue dictada por Javier Puebla y mecanografiada por el escritor Ángel Arteaga).

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