Elena era el seudónimo que empleaba en los anuncios de periódicos e internet, aunque no era su verdadero nombre; se llamaba Rocío. Parece sorprendente que una chica como ella, inteligente y trabajadora, tuviera que rozar ciertas situaciones para poder cumplir su sueño de ser ingeniera. No, ella no era la típica estudiante que en sus ratos libres daba clases particulares por cuatro euros la hora. Ella era una mujer valiente, con dificultades económicas y, por su juventud, bastante atractiva. No era la típica niña que piensa en la fiesta del jueves y en el botellón como la máxima meta de la semana. Ella era distinta, porque su vida no era fácil.

Corría el año 2012, me contaba que su padre había quedado en paro y que su madre estaba enferma de cáncer – una historia más común de lo que debiera serlo en estos tiempos que corren –. Se quejaba  porque los requisitos que el gobierno daba para obtener becas eran injustos con algunas carreras; es cierto. En la mayoría de los casos, las normas para obtener la ayuda del Estado andan alejadas de la realidad, una ingeniería es difícil, lo es más aún cuando se vive en una situación como la Elena. 

Terminó el curso con las recuperaciones de julio y no logró aprobar el 75% estimado. Elena había perdido su derecho a beca cuando más difícil era la situación en su casa. Su padre no podría pagar una matrícula y un piso, la ayuda por desempleo no era suficiente para tanto gasto.

Pero la chica fue valiente, quería estudiar y no estaba dispuesta a renunciar a la vida a la que aspiraba. Se levantó y se pateó Badajoz en busca de un puesto de trabajo que le permitiera ahorrar lo suficiente como para poder costear el nuevo curso. Buscó y rebuscó con entusiasmo por bares, comercios y todo tipo de lugares donde pudieran emplear a jóvenes. Más de una semana se llevó en busca y captura de un trabajo, pero nada consiguió.

Un domingo por la noche, cansada de andar y preguntar, se tumbó en la cama de su piso y, con lágrimas en los ojos — pues veía que tendría que dejar sus estudios –,   comenzó a mirar su Facebook. De repente, encontró un artículo del País en el que se entrevistaba a una chica con una situación muy similar a la suya, esta chica había decidido prostituirse para poder estudiar. Elena, sorprendida, quedó callada y mirando al techo hasta que se levantó, cogió su móvil, sacó del cajón de la ropa interior un conjunto negro y se fotografió semidesnuda. Ella sabía que, físicamente, era un portento, pero más brillante era su capacidad de trabajo y sus ganas de estudiar. Sacó del maletín el ordenador y buscó en Google alguna página de anuncios de prostitutas, allí colgó el suyo; “Soy Elena, estudiante, joven, atractiva, 21 años […] Necesito dinero para estudiar”. Elena quería que sus padres se sintieran orgullosos, ayudarlos en los peores momentos de su vida.

A la mañana siguiente, depravados seres, mal llamados humanos – como ella me decía —  comenzaban a llamarla, algunos buscando compañía y otros queriendo hacer de aquella valiente mujer un objeto de uso, aprovechándose de su situación. Se ató los machos y recibió a un primer cliente, fue en un hostal de la ciudad, era un señor elegante, suponía que de dinero, quizá algún empresario. Con timidez, Elena, empezó a charlar con él, pero este sujeto no debía estar muy interesado en su conversación, así es que sin dejarla hablar empezó a manosearla hasta que la tumbó en la cama. Elena, casi inmóvil, se dejaba hacer, sus ojos abiertos miraban la lámpara de la habitación. Cuando todo acabó, aquel elegante señor – al menos en la vestimenta – se duchó y tirándole dos billetes de 50 euros sobre la cama se marchó. Ella seguía allí, quieta, pálida, mirando la lámpara.

Camino a su casa, pensó fríamente en todo lo que había pasado, en su situación, la de sus padres, en aquel primer polvo pagado. Tenía claro que no iba a echarse atrás, que tenía que estudiar y ayudar a sus padres económicamente. Me contó que fue un verano duro y que siempre, tras acabar su trabajo, quedaba mirando al techo, dibujando en su mente su lucha particular. Dice que acabó siendo capaz de dormir sin recordar los ojos fríos e inquietantes que la miraban como si fuera una pieza de escaparate y no una mujer de carne y hueso. Aprendió todas las técnicas posibles para que los clientes no duraran mucho tiempo con ella. Llegó a considerarse una profesional, sin tener apenas experiencia.

Pasó el verano y logró recaudar todo lo que necesitó. Pero no fue fácil, su madre había empeorado, acabaría muriendo a finales de octubre. Elena perdió el gusto por la vida idílica y, todavía hoy, piensa que se vive para pelear por lo que se quiere. Se siente mal cuando recuerda que no pasó junto a su madre todo el tiempo que pudo haberlo hecho si la economía hubiera ido mejor. Una mujer de acero, se ha vuelto fría, no relaciona amor con sexo.

Para mí Elena no es una heroína. Elena es una víctima, una de tantas mujeres que, por los derroteros de la vida, tuvo que andar por caminos de alfileres. Elena no debe ser un ejemplo para la sociedad, debe serlo para quienes, desde el poder, controlan los mercados y se oponen a la regulación de la economía, permitiendo desigualdades y haciendo de las personas objetos al servicio del dinero, sin pensar que la economía debe estar al servicio de los humanos – aunque a veces, como decía Elena, mal llamados humanos –.

En estos años ha habido muchas Elenas, algunas estudiantes, madres solteras, inmigrantes. Da igual, incluso no importa si Elena existe o no existe, lo único importante es que ha pasado. Y sí, muchas mujeres han vivido esta situación, pero nosotros no lo hemos visto, no ha salido en la tele, ni se ha hablado en los parlamentos. Otro claro ejemplo de que nuestra sociedad debe ser revisada.

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3 Comentarios

  1. Me pague la universidad trabajando de noche de acomodador de cajas en una nave de un polígono. No tenía vida iba de tarde a las clases trabajaba de noche y dormía de día.

  2. Casi me reviento un brazo al chocar dos jaulas de camión y dormir en cartones en festivos esperando 2 container para descargarlos. Y si respeto el camino de cada uno, y las inquietudes.

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