No es la primera vez que aprovecho secuencias de la genial y surrealista cinta Amanece, que no es poco, para ilustrar de la realidad política. Como diría Gutiérrez, el cabo jefe del puesto de la Guardia Civil (piolines en catalán moderno), esta película, en el contexto actual, viene que «ni pintiparada».

En un momento determinado, los mozos del pueblo se lían a guantazos entre ellos hasta llegar a una revuelta popular, cuando todos muestran su entusiasmo y exigencia para que una muchacha sea «comunal». El Alcalde (Rafael Alonso), inicialmente protagoniza un divertido intento de suicidio al que ponen fin los piolines y, por fin, visiblemente airado, convoca elecciones con la máxima urgencia. «¡Pero Alcalde!», reclama un lugareño, «habrá que hacer campaña, poner carteles…». «Nada de campaña», espeta la autoridad, «ya nos conocemos todos las caras y carteles no quiero ver ni uno».

Como era de prever, el resultado de los comicios arroja pocas sorpresas: mismo alcalde, mismo párroco, misma puta (también se vota esto), mismo homosexual… ahora bien, las elecciones las pierde la Guardia Civil y las gana la Policía Secreta, «que somos los mismos», apunta el cabo Gutiérrez algo compungido por el carácter veleidoso de los votantes.

Admito, no obstante, que lo que me ha traído a la cabeza esta historia, ambientada en un pueblo de la sierra de Albacete, no ha sido la convocatoria apresurada a las urnas que ha lanzado Rajoy, sino un elemento exótico: un grupo de meteorólogos belgas que, con la excusa de ser súbditos de la muy católica y españolísima Reina Fabiola, pretenden colarse en misa a pesar de que les han notificado que el cupo de feligreses extranjeros está completo. En el momento en que escribo estas líneas no dejo de preguntarme qué narices hace el depuesto President en Bélgica con buena parte de los ex consellers. Si, como viene adelantándose en algunos medios, terminan pidiendo asilo político al Reino de los Belgas (nombre oficial del país), la comedia puede durar meses, quizá años. Pero es importante no sacar el foco de los niveles de responsabilidad en todo este sainete, al que tantos paralelismos encontramos con el film surrealista por antonomasia.

En todo conflicto, quien tiene más poder es más responsable de la solución –o el enconamiento– del mismo. Poner al mismo nivel las culpas del muy culpable Puigdemont que las de Rajoy parece injusto. Quien ha cruzado el Rubicón de la legalidad ha sido el primero.

Y ello a pesar de que, como hemos dicho en otras ocasiones, pretender que un problema político de primerísima magnitud se solucione con unos miles de policías nacionales, guardias civiles o, si fuera el caso, con el ejército, es de una necedad superlativa. Tener un Fiscal General del Estado reprobado por el Parlamento por su apoyo cerrado a un Fiscal Anticorrupción que trabajaba a favor de los corruptos (presuntos, claro), ya es de nota. Que este fiscal anunciara querellas por delitos gravísimos antes de que se produjeran sería cómico (de no haber pasado). Que el mismo fiscal se querelle por sedición y rebelión –delitos que no se han cometido a poco que leamos el Código Penal– solo puede significar dos cosas: o es un necio que debería volver a la facultad o tiene confianza ciega en que el poder judicial va a estar al servicio del gobierno, lo que parece de una gravedad extrema.

Llevamos años anunciando un choque de trenes, exigiendo diálogo, denunciando que así no se hacen las cosas, haciendo lo imposible para crear un clima de entendimiento. Nuestra oposición a las maniobras ilegales, inmorales e ilegítimas que ha venido llevando a cabo el bloque independentista no deja resquicio para la duda sobre nuestro punto de vista. El pasado día 28, jornada de ominosa memoria, muchos diputados y diputadas del Parlament nos marchamos del salón de plenos para no legitimar con nuestra presencia esa charlotada que proponía la mesa de la cámara de votar la resolución de independencia. Una vez más, como en la vieja canción, la asamblea de majaras decidía, mañana sol y buen tiempo.

Pero tampoco podemos perder de vista que nada más y nada menos que el Presidente del Gobierno de un importante país de la Unión Europea, puesto en la tesitura de rebajar la tensión mediante la convocatoria, por parte de Puigdemont, de elecciones, o alimentar las ansias sangrientas de los del «a por ellos», encarnados por la mayoría del PP aplaudiendo enfervorecida en el Senado, optó por el aplauso y la vileza.

Leía esta mañana, en un artículo de opinión, una frase que, además de parecerme ingeniosa, me ha hecho sentir identificado. «Los puentes son lugares peligrosos en las guerras. Todos terminan disparando sobre ellos». Pues aun sabiéndolo, muchos y muchas vamos a seguir intentando tender puentes y estar en ellos. Es más necesario que nunca. A ver si hay suerte y, al menos, tras el 21 de diciembre, no nos amanece a la contra y no nos la siguen liando.

 

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