El presidente en funciones escenificará el próximo viernes ante el jefe del Estado su estrategia definitiva para intentar repetir como inquilino de la Moncloa, aunque esta vez se haya evaporado esa mayoría arrolladora que obtuvo en las urnas un 20-N de 2011. Y esta ‘hoja de ruta’ no es otra que la del victimismo.

Cuatro años después, nadie, ni siquiera el Rey, tiene una idea meridianamente nítida –más de un mes después de celebradas las elecciones generales del 20D– de quién o quiénes gobernarán este país a partir de ahora. Rajoy cuenta con dos posibilidades que ofrecer al monarca: instarle a que convoque sesión de investidura aunque sepa a ciencia cierta que no posee ni de lejos los apoyos necesarios, vista la negativa en redondo del PSOE, o renunciar a este debate de investidura con este mismo argumento, obligando a Felipe VI a ofrecerle la posibilidad a Pedro Sánchez, que ni mucho menos las tiene tampoco todas consigo.

Rajoy-CongresoDe este modo, el victimismo político, que siempre le ha ido tan bien electoralmente al Partido Popular en asuntos claves para el país, sería la estrategia última a explotar para que el líder de la oposición se vea obligado a dar el paso al frente e intentar conseguir un gobierno de consenso con unos díscolos y divididos diputados de Podemos y unos nacionalistas en plena vorágine independentista.

La tarea no se presenta nada fácil para ninguno de los dos candidatos, en horas más que bajas, y cuestionados tanto por el enrarecido entorno como en sus respectivas casas, aunque sea de momento en sordina.

El PP, por tanto, se aferra a que finalmente Rajoy gobierne en minoría una vez que Sánchez fracase o bien por no consentir las condiciones de Podemos o bien porque la hiperactiva baronía socialista le frene en seco sus ansias ante las cada vez menos nítidas líneas rojas sobre el referéndum en Cataluña que los de Podemos ponen por delante para empezar a negociar.

El vicesecretario de Sectorial del PP, Javier Maroto, dijo hace unos días, en el enésimo intento de echar el balón al tejado de enfrente y meter presión al PSOE, que el líder socialista busca a toda costa un pacto “con la izquierda radical” porque “o es primer ministro o nada”.

Este certero análisis se le gira con efecto bumerán a las primeras de cambio, porque ya nadie esconde que el PP empieza a tener un problema en casa: o Rajoy es investido presidente o la “nada” se adueñará de él, porque a nadie escapa que el todavía presidente en funciones no pasaría a ocupar en ningún supuesto el sillón del líder de la oposición habiendo ganado previamente unas elecciones generales. Nunca una victoria supo tanto a derrota.

Si se midiera al peso político el previsible fracaso de uno u otro, es evidente que ni Rajoy ni Sánchez saldrían bien parados y pasarían simplemente a ocupar el lugar que les corresponde en los libros de historia.

Rajoy, que ha caído en una broma radiofónica con un imitador del president de la Generalitat, Carles Puigdemont, aseguró tener “la agenda muy libre”. Desde el PSOE, su portavoz parlamentario, Antonio Hernando, lo da ya como personaje del pasado aunque tenga la ‘obligación’ institucional de intentar formar gobierno, una tarea que se antoja contradictoria con la afirmación del líder de Ciudadanos, Albert Rivera, quien ha asegurado que ni Rajoy ni Sánchez lo han llamado para negociar nada.

Sánchez-TamborradaEl inmovilismo del PP y su estrategia calculada del victimismo político encuentra en esta una nueva razón para pensar que, más de un mes después de celebradas las elecciones generales, solo el PSOE ha mostrado interés en buscar convergencias posibles, aunque complicadas, para cerrar con éxito un pacto de gobierno. Y en esta dinámica, qué duda cabe que al papel moderador de Ciudadanos se le ven demasiado las costuras y la impostura con su inexcusable tendencia a facilitar la gobernabilidad desde la derecha.

 

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