En mi trabajo he visto escenas muy duras, imágenes que harían cuestionarse la existencia de Dios a cualquier ser humano, pero nunca me han impactado tanto como lo que voy a relatarles.

Se preguntarán cómo me gano la vida. Pues bien: soy tanatopractor, una profesión poco conocida y que suele inspirar mucho miedo porque la muerte es el mayor tabú de nuestra sociedad. Mucho más que el sexo.

Imagino que querrán saber en qué consiste eso de la tanatopraxia. Les explico: contribuimos a que la familia del difunto no tenga que recordarlo como un muerto. ¿Cómo lo conseguimos? Lo primero es lavar el cadáver y desinfectarlo para que sus seres queridos no huelan la descomposición. Después taponamos la nariz y la boca y afeitamos a los hombres. La última acción siempre es el maquillaje y peinado buscando la máxima naturalidad, por supuesto.

Bueno, a lo que iba, que me disperso. En aquella ocasión el difunto era un bebé. Que muera un recién nacido es lo más triste del mundo. Siempre que eso ocurre nos esmeramos en el trabajo de preparar el cadáver y la gente que va a acompañar a la familia está especialmente silenciosa. Se nota la desolación en el ambiente.

Sin embargo, no pude trabajar como de costumbre porque la madre del pequeño, una rubia bajita y delgada con ojos color miel, se empeñó en ayudarme. Decía que había disfrutado de muy poco tiempo con su hijo, que había vivido menos de dos días y que quería lavarlo y llevar a cabo todos los cuidados necesarios.

Entre mi jefe y yo conseguimos convencerla de que no podía estar allí, que tendría que esperar fuera. Le dijimos que no se preocupara, que lo trataríamos muy bien y que el proceso duraba menos de una hora. Ella contestó que esperaría, que su bebé era precioso y que por favor le hiciéramos justicia. Que había planeado el funeral desde la semana veinte de embarazo, cuando le dijeron que a causa de una enfermedad genética, trisomía 13, su hijo viviría solo unas horas si es que sobrevivía al embarazo.

La historia me pareció sorprendente. ¿Cómo alguien podría plantearse traer al mundo un bebé en esas condiciones? Pero más sorprendido me quedé cuando vi al niño. Su madre decía que era precioso y a mí me parecía un monstruo: una nariz en forma de pequeña trompa ocultaba su labio leporino. Era lo más alejado a un bebé de esos rollizos, rubios y de ojos azules que anuncian pañales.

Hice mi trabajo distraído, intentando comprender a esa mujer que esperaba a su “precioso” bebé y que llevaba meses preparando el funeral. Coloqué al pequeño difunto en un ataúd que parecía de juguete. Y entonces pensé que lo más triste del mundo no era un cadáver de un recién nacido, sino las cosas que este dejaba atrás y que ni siquiera había podido usar: ropita, peluches, cuna… Aunque el niño en cuestión sí que usaría uno de los objetos que habían comprado para él: un féretro blanco de medio metro que te ponía la carne de gallina.

Depositamos al niño situado en la sala en la que lo visitaría la gente y la madre entró a verlo y nos felicitó por lo bien que lo habíamos dejado. Mi jefe le dio un pequeño apretón en el brazo mientras murmuraba lo de siempre: “La acompaño en el sentimiento”. Cuando se alejó no pude evitar preguntarle a la madre:

−¿Por qué?

−No entiendo. ¿A qué se refiere?

−¿Por qué lo ha tenido si sabía que no iba a vivir? ¿Pensaba que los médicos se habían equivocado? ¿Que se iba a curar?

Fijó en mí sus ojos de miel y me contestó con voz grave:

−No. Los médicos lo tenían clarísimo. Pero, ¿por qué no iba a tenerlo si es mi hijo? Aunque no viviera mucho tenía el derecho de existir. Es un niño que solo ha conocido amor el poco tiempo que ha estado entre nosotros. Nunca le regañarán en el colegio, ninguna chica le partirá el corazón, jamás se sentirá solo. Lo hemos querido cada minuto de su vida. Y ahora voy a darle el último beso.

Se inclinó hacia el ataúd y me di la vuelta para brindarle otro momento con aquel pequeño monstruo que a ella le parecía el ser más bello del mundo. Salí de la habitación con la garganta seca y los ojos empañados. Cuando me di la vuelta para cerrar la puerta miré hacia atrás: sonreía.

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