Nos enfrentamos a nuevas elecciones y varias preguntas dan vueltas a mi alrededor como ese mosquito de trompetilla del poema de Quevedo que nos quita el sueño en una noche de verano. ¿Importa quién va a gobernar? ¿Importan las políticas nacionales? ¿Importa el color del gobierno que salga tras las elecciones de 26J? ¿Podrán los partidos políticos que prometen la reestructuración de la deuda, los que prometen llevar a cabo políticas medioambientales más duras para con las empresas contaminantes salvar el muro que la Unión Europea pone a los gobiernos nacionales?

Europa en su vertiente política está controlada por partidos conservadores, liberales o socioliberales (los mal llamados socialdemócratas), que defienden políticas neoliberales, en las que priman la competitividad y donde el estímulo del comercio y las exportaciones se convierten en dogma de fe económica. Y en este contexto aparecen los tratados y contratos bilaterales, como el TTIP, que nos venden como la panacea de la recuperación económica, pero del que hasta hace muy poco la ciudadanía e incluso los propios políticos del parlamento europeo sabían muy poco.

Tras la publicación por parte de Greenpeace Holanda el pasado uno de mayo de las 248 páginas de los documentos de la negociación sobre el TTIP,  ahora es cuando queda mucho más claro que necesitamos un gobierno de la gente. Un gobierno que cuente con la movilización popular y que sea capaz de no quedarse callado frente a las tropelías que EEUU y la UE quieren cometer con la ciudadanía de una manera sibilina y envuelta en el más absoluto de los secretos. Hasta ahora el PP, PSOE, Ciudadanos y Convergencia han apoyado claramente el tratado, aunque parece ser (no sabemos si por conseguir rédito electoral) que algunos socialistas, como los franceses, empiezan a desmarcarse de este tratado tras conocerse gran parte de su contenido. De momento los socialistas españoles no saben, no contestan, o por lo menos defienden posturas muy ambiguas.

Frente a lo que ya sabemos sobre el TTIP me queda una duda. ¿Sabían los gobiernos de la UE que frente a este tratado la ciudadanía quedaba indefensa ante las grandes multinacionales? ¿Sabían que las reglas aprobadas para proteger el medioambiente habían desaparecido del tratado? ¿Sabían  que cualquier empresa que se considere afectada por las regulaciones existentes en un país puede llevar a cualquier estado a unos tribunales, controlados por agentes próximos al mundo empresarial? Permítanme que desconfíe de la candidez de los gobiernos y no me crea su ignorancia frente a este tema y piense que estaban mirando para otro lado, es decir, no querían enterarse de lo que se estaba cociendo en esas negociaciones.

En mi opinión los gobiernos han hecho de convidado de piedra en este asunto y han preferido callarse. Mientras, en cientos de ciudades de toda Europa miles de personas se han hecho fuertes en las plataformas anti-TTIP, explicando al pueblo lo que nos querían hacer. Por este motivo, una vez más, se demuestra que la movilización social y la protesta da sus frutos, que el pueblo, cuando se organiza, es capaz de plantarle cara al poder.

Pero todavía esta guerra no ha acabado. Los que estamos en contra del TTIP tenemos que seguir a pie de calle explicándole a la gente cómo se verán afectadas sus vidas si este tratado se firma. Y un papel fundamental en esta tarea la tenemos en los ayuntamientos los que nos dedicamos a la política municipal, llevando iniciativas a los plenos para tratar que nuestros pueblos y ciudades se declaren  en contra del TTIP. La ciudadanía debe de dejar de ser como el payaso de las bofetadas de los circos, al que le dan cientos de guantazos sin que se queje y encima provoca la risa del respetable. Y por eso la movilización social es fundamental. Para que dejen de reírse de nosotros.

Aunque cada vez más voces son las que se alzan frente al silencio institucional. Y sobre todo, se dibuja una esperanza en el horizonte: El 26J. Ese descontento debe convertirse en voto para que dejemos de ser marionetas en manos de unos pocos.

 

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