Cuando los analistas se proponen elaborar un diagnóstico, la primera tarea que llevan a cabo, luego de la descripción de la situación contextual, es lo que se llama “la definición del problema”. Este término, problema, resulta ser muy utilizado en el lenguaje coloquial pero pocos se preocupan de su significado preciso. Según la RAE, tiene varias acepciones. Puede ser una cuestión que se trata de aclarar, o es una proposición o dificultad de solución dudosa, o también un conjunto de hechos o circunstancias que dificultan la consecución de algún fin. También puede ser un planteamiento de una situación cuya respuesta desconocida debe obtenerse a través de métodos científicos. Como vemos, estamos en presencia de una cierta variedad de posibilidades.

En términos del análisis de sistemas un problema básicamente es una desviación entre lo que ocurre y lo que se preveía debía ocurrir. Es una anomalía. En materia terrorista las circunstancias son dinámicas y muy flexibles, y las tácticas que utilizan estas organizaciones son muy adaptables a los medios de que disponen. Eso es lo que los hace peligrosos. Las medidas de seguridad que se planean, rápidamente son vulneradas con desviaciones basadas en los medios al alcance del terrorismo. No nos cuentan toda la verdad.

La solución militar en las áreas geográficas musulmanas o islamistas sólo ha complicado el panorama de las relaciones internacionales. La cuestión operativa la llevan a cabo cada vez más los “lobos solitarios”, que han nacido y crecido en Europa o Estados Unidos, está generando un cierto desconcierto. Esa es una modificación fundamental, son desviaciones que han dejado en entredicho las medidas de prevención de atentados. Somos cada día más vulnerables.

Pretender resolver la cuestión con la expulsión de los musulmanes de los territorios europeos es, al menos, una medida de propósitos destinados a publicitar a la acción política de los gobiernos afectados. Pero eso no sólo será impracticable. También resultará poco efectivo. Además de producir una mayor radicalización en el seno de las comunidades islámicas. Comunidades que deberían ser parte de la solución en lugar de tender a convertirlas en parte del problema.

Regresando a la cuestión de definir el problema, una de las claves del análisis consiste en no confundir los medios con los fines en materia de terrorismo. Esta confusión es, tal vez, más promovida por la gestión política que por los servicios de inteligencia que están enfrentándolo. Se suele decir que quien no sabe lo que busca no comprende lo que encuentra. El factor político, a derechas e izquierdas, tiende en los últimos tiempos a utilizar los atentados como medios para consolidar posturas ideológicas cuestionables. Esto puede justificar la adopción de legislaciones muy efectistas, pero escasamente efectivas. Las políticas de migración están reduciendo el foco de atención de la opinión pública, gracias al énfasis que produce la opinión publicada en general. El resultado no es satisfactorio. Entonces, como esas decisiones no atienden a la resolución del problema sino a difundir la idea de que se están “tomando medidas”, se continúa en la posición de actuación reactiva, que supone seguir quedando a la espera de futuras acciones de violencia. Poco se intenta en materia de actuaciones proactivas, que impliquen acciones que tiendan a corregir las causas que originan los efectos, es decir, atentados terroristas. Porque debemos convenir que el fenómeno es causal y, hasta me atrevería a decir, multicausal.

La adopción de medidas de coordinación, entre los cuerpos y fuerzas de seguridad de las áreas territoriales bajo amenaza de actuación terrorista, siendo necesaria, no es suficiente. Lo cual, teniendo en cuenta el surgimiento de movimientos ultranacionalistas que buscan culpables en lugar de encontrar las razones del fenómeno, no hacen presagiar más que un futuro lleno de episodios sangrientos.

La promoción de conflictos irreales, que solamente buscaban el beneficio de los mercaderes de armas o las corporaciones energéticas, así como la rapiña de las fuentes de materias primas, fueron y son, usinas de terroristas. El propalar el dolor y la destrucción para beneficio de unos pocos, tal vez sea rentable para los jugadores involucrados, pero para nada resultaremos eximidos de las consecuencias de sus actos. Si el entramado de intereses ha financiado a los movimientos subversivos, poca esperanza nos queda.

Mucho me temo que el problema, en su estructura causal, no ha sido convenientemente definido por los mercaderes del dolor. Por tanto, seguirán colocándonos en la diana de la respuesta del terror.

Ojalá este análisis sea equivocado. Por el bien de la mayoría.

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Analista político, experto en comunicación institucional y economista

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