El PSOE, o quizá habría que decir ya los pesoes, porque no solo hay uno, sino muchos, ha decidido suicidarse en la plaza pública en un caso inédito en la historia de España. Una buena mañana, 17 magnicidas que se hacen llamar críticos se levantan con ganas de marcha, esperan a Pedro César a la salida del Senado y lo acuchillan vilmente, sin compasión, con un odio y una furia revanchista que no hubieran mostrado contra su peor enemigo, ni siquiera contra Mariano Rajoy. Ha sido, además de una cosa de locos, además de una chaladura propia de una noche de resacón con tintorro malo, un golpe de Estado en toda regla, un tejerazo inútil, solo que en este caso no era Tejero el artífice sino un mando mucho más chusquero que el famoso picoleto de tricornio y bigote, Felipe González, al que todos daban por muerto y no estaba muerto, estaba de parranda, de yates y de puertas giratorias.

Al alba, con fuerte viento de Levante, Felipe dio el pistoletazo de salida a la asonada y le dijo a Pepa Bueno que se sentía engañado por Pedro Sánchez. Era la señal. Fue abrir la boca el Copito de Nieve del socialismo español, el padrino de la cosa, y los matones enfurecidos se echaron a la calle, en dirección a Ferraz, con espumarajos en la boca, odio en las venas y pistolas en la sobaquera, como en las peores películas de Tarantino. En este golpe, que como todo golpe tiene a idiotas que dan la cara y a cerebros listillos que instigan pero quedan en la sombra detrás de las cortinas, están implicados, ya lo hemos dicho muchas veces, los felipistas rancios de toda la vida, o sea los conservadores del PSOE, más los barones de las taifas, el ala neoliberal, los nostálgicos de Boyeres y Solchagas, el nuevo susanismo de subsidios y paletos, la socialdemocracia de pandereta, los ricos con carné de rojo, los falangistas travestidos de hombres de izquierda y los beatos de misa de doce. Esa casta a la que, con toda la razón del mundo, aunque a veces algo sobreactuado, se viene refiriendo Pablo Iglesias en sus platós, discursos y mítines. Esa gente que ha estado viviendo a la sombra del aparato, entre apolillados estatutos, burocracias estériles, comisiones de garantía, altos cargos paniaguados, sirvientes, pelotas, órganos de nosequé, lenguaje leguleyo y congresos ordinarios llenos de políticos poco extraordinarios. Un montón de tecnócratas con traje y corbata, al fin y al cabo, que durante tantos años han ido dirigiendo al partido hacia la más completa de las ruinas, mientras daban la espalda a la verdad bíblica del socialismo: los principios e ideales, la calle, la gente, los votantes, el pueblo en definitiva.

El colmo del chapucero tejerazo, el esperpento supino que ha dejado a toda España perpleja y sin aliento, ha sido ver cómo Verónica Pérez, una señora bajita y regordeta a la que nadie conocía hasta ese momento (y a los que algunos identifican como la chica de los cafés de la Sultana Díaz) usurpaba el partido al grito de “la única autoridad que existe en el PSOE soy yo, les guste o no”. Fueron sus cinco minutos de gloria mediocre a costa de enterrar más de un siglo de historia, más de un siglo de lucha por los derechos de la clase obrera, de sangre, sudor, nobleza y utopías. Y llegados a este punto la pregunta es: ¿pero por qué? ¿Era necesario volarlo todo por los aires tras una noche loca de calenturas, aquelarres y borracheras políticas? ¿Por qué se suicida un partido después de siglo y medio de historia? Quizá por lo mismo que se suicida cualquier persona: por ambición frustrada, por celos, por despechos, por desamores y por delirios desesperados. “Cada suicidio es un sublime poema de melancolía”, decía Balzac. Y de eso está muriendo el PSOE, de melancolías pasadas y engañosas. Desde que Felipe, dios creador y dios destructor, levantó ese gran leviatán que se llama PSOE, todo han sido familias y batallas intestinas: marxistas contra socialdemócratas, guerristas contra renovadores, almunistas contra borrellistas, centralistas contra periféricos, catalanistas contra españolistas y en ese plan.

Pedro Sánchez no es culpable de nada porque el pecado original está en los genes fundacionales del PSOE: la traición a los valores de la izquierda por puro pragmatismo, por negocio y porque un señor sevillí con un piquito de oro (que no se oxida con la vejez) antepuso su futuro en el Ibex 35 al futuro de España. La reconversión industrial del felipismo, con hostias de por medio entre obreros y policías en astilleros y altos hornos, vino acompañada de otra reconversión mucho más dura: la de las ideas. Y de aquellos polvos estos lodos. No es que el PSOE se haya desconectado de la sociedad, como dicen algunos lamentándose, es que hace mucho tiempo que no hay ni cable, ni enchufe, ni corriente posible. En este PSOE para ricos no caben los parados de larga duración, ni los chabolistas, ni los jubilatas, ni los desahuciados de sus casas, ni los estafados de Blesa y Rato. Toda esa gente indignada ha tenido que salir por piernas de la casa del pueblo, que soltaba un claro hedor a estafa y mentira, para buscarse la vida en otro partido. Por eso surge Podemos, que está lleno de “hijos abandonados del PSOE”, como muy bien ha dicho el señor Borrell. No, Pedro Sánchez no es culpable de los males históricos del PSOE. En esta misma columna le hemos atizado de lo lindo al secretario general porque siempre lo hemos visto como a un bonito maniquí de Corte Inglés con mucha percha y poco Marx. No es precisamente un rojo peligroso, ni un bolivariano podemita, como quieren hacerlo ver sus críticos golpistas. El hombre habrá cometido sus errores, como todo el mundo, pactar con Ciudadanos, huir de la izquierda real, decir sí cuando quería decir no y viceversa, jugar a la ambigüedad calculada, ganar tiempo, y dejarse amedrentar por los barones en la negociación con Podemos. Pero al final ha hecho lo que tenía que hacer por coherencia y principios políticos, ha hecho lo que pide a gritos la militancia, las bases, la gente: no abstenerse ante un Gobierno corrupto como es el de Rajoy, decirle no a los clanes gurtelianos y púnicos que pudren el país hasta el tuétano, explicarle a Mariano que no significa no. Va a morir con las botas puestas, como los grandes, y eso es lo mejor que puede decir un político honrado. Pues muy bien por usted, señor Sánchez, solo por eso se ha ganado nuestros respetos. Y el de las gentes de izquierda. Ahora, marchita ya la rosa fresca, solo nos queda sentarnos y contemplar la horripilante función, la deflagración total del partido, la riña tumultuaria y el espectáculo tabernario. Cien años ha necesitado el PSOE para cimentarse y un solo día para desguazarse. Y ni siquiera han sabido hacerlo con elegancia. Malditos golpistas.

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