Se habla mucho de los principios éticos que deben regir la acción política y de la obligación moral que debe presidir el ejercicio del poder en su vertiente instrumental para que la transparencia sea connatural a la gestión pública, pero a la hora de definir tales normas deontológicas resulta imposible poner de acuerdo a ideólogos y sociólogos, juristas y filósofos. Es como si el pensamiento y la praxis nunca pudieran coincidir en la misma dirección política. Cualquier ley puede ser así legítima pero manifiestamente injusta. Cualquier mayoría puede ser tendencialmente ética pero, al mismo tiempo, imparcial e inmoral, que repugne a nuestras convicciones y nuestra conciencia.

Por todo ello, resulta estremecedor que una simple foto, ¡pero qué foto!, haya removido los cimientos de las mentes biempensantes de los poderosos que mendigan con vallas en el viento a la desesperación de masas víctimas de la barbarie. Ha sido necesario que el cuerpo sin vida de un niño de tres años arribe cual Odiseo en busca de su Ítaca particular a una playa cualquiera del Egeo para que el poder se atuse las corbatas con tal de que les permita tragar saliva ante tanta inhumanidad, ante tanta frialdad como demuestran trapicheando con cifras al peso. Y están hablando de seres humanos, no de patatas. ¿Hasta dónde puede llegar tanta indecencia de nuestros mandatarios?

Recomendaba Marco Anneo Lucano un distanciamiento prudente del poder porque debe alejarse de los palacios el que quiera ser justo ya que la virtud y el poder no se hermanan bien. Según la catedrática de Ética Victoria Camps, la democracia necesita una sola virtud, la confianza, precisamente porque la ética actual parte de una realidad plural que asume valores diversos y múltiples que merecen respeto desde el más puro formalismo. Nadie puede situarse por encima de la ley, pero la norma está sujeta a crítica y, por lo tanto, evoluciona adaptándose a la realidad, es legítima hasta que deja de serlo y cambia sin quebrantar los valores de igualdad y libertad que nos conducen a la justicia y a la felicidad, entendida esta siempre desde un universo colectivo en el que no caben distingos entre la moral pública y la privada.

Resulta paradójico constatar que los líderes mundiales, empeñados en atajar las consecuencias del colapso global, el crac financiero y sus efectos perniciosos, en lugar de analizar y combatir sus causas se han puesto de acuerdo al reconocer la dimensión humana de la crisis, como si la economía en sí pudiera sustraerse de su humanización o no le fueran propios los principios éticos para el progreso social y el bienestar de los ciudadanos. Es como si intentásemos despojar a la religión de la divinidad.

En este sorpresivo descubrimiento radica gran parte del fallo clamoroso de todos los controles que ha posibilitado el hundimiento del sistema, poniendo en solfa un modelo, sustentado por la ideología neoliberal y el capitalismo, en el que al final, mire usted por dónde, estaba el hombre y, detrás del hombre, su conciencia y su dignidad. Se equivocan los que pretenden sustituir las finanzas de salón por la economía de rostro humano mientras el escenario siga siendo un casino y la única regla moral el no-va-más-la-bancagana.

Ya lo apuntó el poeta Arturo Graf al señalar que la vida es un negocio en el que no se obtiene una ganancia que no vaya acompañada de una pérdida. La conciencia es al hombre y a su libertad lo que la ética a la economía, por más que nos empeñemos en maquillar un proceso de destrucción cuyo talón de Aquiles es precisamente la idea del triunfo, el mito del éxito social construido no sobre los principios de igualdad, solidaridad y justicia, sino sobre la irresponsabilidad, la codicia y la corrupción.

Con todo, en palabras del economista y filósofo John Stuart Mill, el hombre no puede ejercitar su libertad para destruirla. Es verdad que cada mito tiene su antagonista y los ídolos que adoramos esconden los pies de barro.

Por eso, frente al destino ineluctable del hombre hay que oponer la conciencia que nos hace libres. Nunca queremos ver la ausencia de virtud en nosotros mismos en la falsa creencia de que el mal está en los otros. Hemos encumbrado y enriquecido a todos los farsantes, que han dado alas a la mediocridad y alzado el vuelo impulsados por las dictaduras públicas y privadas.

Y lo hemos hecho de una forma aparentemente legal, al amparo de las normas que libre y democráticamente nos otorgamos, pero en este empeño quebramos el principio de legitimidad y nos hemos dejado arrastrar por la vileza. Hemos elevado a la categoría de necesario lo que sólo era accesorio y contingente, concediendo más importancia a los problemas que a sus posibles soluciones.

Jamás una corriente de pensamiento pudo albergar tantas contradicciones. Sin renunciar a un mercado salvaje y asilvestrado, que profundiza en la desigualdad y la exclusión, pretendemos un Estado fuerte, que ejerza de regulador allí donde falló la ética arrastrando a la economía. Pura cosmética. Menuda paradoja: un socialismo de Estado exclusivo para los más poderosos, los más ricos; una revolución de las conciencias para reformular el pensamiento único.

Hay que volver a Séneca y admitir que en la adversidad conviene muchas veces tomar el camino atrevido. La voz poética del pueblo proclamaba, en versos de Gabriel Celaya, que había que maldecir el empeño de los neutrales de concebir la cultura como un lujo. Se refería a todos aquellos a los que la mediocridad y la codicia les incita a lavarse las manos, desentenderse y evadirse. Es preciso tomar partido y hacerlo en el sentido clásico: elevar la dignidad y la conciencia como claves del proceso político no para perseguir el éxito, que según Maquiavelo sería la virtud a cualquier precio, sino para que la voluntad popular no sufra menoscabo al confrontarse a la libertad, la justicia, la igualdad o los derechos universalmente reconocidos.

Democracia y libertad deberían ganar terreno a la corrupción. Los que creemos que otro mundo es posible necesitamos líderes honestos que asuman la revolución de las conciencias con razón sin miedo, con la voz del hombre pueblo.

Einstein, para quien la vida era ciertamente relativa y muy peligrosa, no por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa, estaba convencido de que en tiempos de crisis nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias porque quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar superado. Para él la verdadera crisis, la única, es la crisis de la incompetencia, la de no querer luchar, la de claudicar. Se trata de construir, no de reconstruir; de arrostrar el futuro con decisión, con valentía, sin complejos, a sabiendas, como señalaba Arturo Graf, de que hay algunos obsesos de la prudencia que, a fuerza de querer evitar todos los pequeños errores, hacen de su vida entera un solo error. Larra, maestro de periodistas, solía decir que el pueblo no es verdaderamente libre mientras que la libertad no esté arraigada en sus costumbres e identificada con ellas.

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