Escribía Ortega y Gasset que así como la bola de billar, siguiendo el efecto que en física es igual a la causa, trasmite al chocar con otra el mismo impulso al que llevaba ella, cuando la espuela roza el ijar del caballo, éste da una corveta desproporcionada con el impulso de la espuela, porque la espuela no es causa, sino incitación. Una mayoría de catalanes también han pasado de la causa a la incitación. Cataluña, desde las Bases de Manresa y pasando por Cambó y Maciá, siempre ha tenido un proyecto político propio, pero también para el Estado español, pero ahora por primera vez gran número de ciudadanos aspira a un proyecto sólo para Cataluña. La causa, o la incitación, de ello no está lejos de la incomodidad producida por el conservadurismo español a un importante sector de la sociedad civil catalana mediante una actitud ideológica que considera los nacionalismos e incluso las culturas periféricas como males inevitables que hay que constreñir con rigidez mesetaria, sin reparar que el nacionalismo no es una arquitectura acabada y definitiva, sino una motivación, un dinamismo, una trayectoria inconclusa.

Una mayoría de catalanes han pasado de la causa a la incitación

El problema surge cuando el Estado –o, si se quiere, el concepto ideológico del Estado- no acaba de creer en las estructuras que lo constituyen, como son las autonomías, y sigue actuando con una lógica y unos tropismos de Estado unitario. Es el torpor político que nace cuando el poder central no lleva a cabo una lectura global sobre cuál es su función en una perspectiva federalizante del Estado de las autonomías. Y en este caso, como en tantos otros, la ortopedia conceptual propicia ese desarreglo que se produce cuando la evolución social y cultural es natural, casi mecánica, y el sistema político no sigue, por aferrarse a lo anterior, lo que es actual políticamente es anacrónico socialmente. Fue el gran error de la Restauración decimonónica donde la monarquía arrastraba, sin transformarla, la herencia canovista.

En este contexto, en lugar de esa constitución que proclamaba Azaña: flexible, leve, ligera, adaptada al cuerpo español sin que le embarace ni moleste en ninguna parte porque un pueblo, en cuanto a su organización jurídico-política, es antes de la constitución, entidad viva, la que emergió de la transición en el 78 se hizo geométrica, rígida, para conservar el régimen de poder articulando un proceso de tránsito que según sus artífices suponía pasar de la legalidad a la legalidad, es decir, asumiendo la legalidad franquista y con ella el estatus de los grupos sociales, económicos y financieros de la dictadura. Se configuró un ambiente psicológico en que cualquier actitud de ruptura con el pasado vaticinara un vértigo. Toda la agrimensura política, por lo tanto, se concibió desde la desconfianza para que ese régimen de poder no cambiase y, como consecuencia, la democracia, como la pala de hojalata del poema de Seamus Heaney, estuviera hundida más allá de su destello en la masa de harina. El nuevo escenario, frente a lo que se nos ha hecho creer, ignoraba premeditadamente que la democracia no puede tener un espacio cerrado, pues no cabe en un Parlamento ni en las fronteras de un Estado, sino que existe siempre como el lugar común de esa resistencia, de ese intervalo en el que se afirma el poder de la ciudadanía.

la democracia no puede tener un espacio cerrado

Por su parte, la Transición española supuso para las fuerzas de oposición al franquismo un ejercicio de renuncia que bajo el concepto de “consenso” representó, en el caso de los partidos de izquierda, el abandono de importantes jirones ideológicos mientras que unos símbolos deshuesados por la dictadura se imponían a los que en el imaginario colectivo eran históricos paradigmas identitarios de la democracia. La bandera, la marcha real, la misma institución monárquica mantenían la carga de ser iconos antidemocráticos recurrentes durante épocas oscuras de autoritarismo e intolerancia. Sabedores de la política, los artífices de la Transición hicieron taxonomías borgianas para que encajara la democracia con los intereses de la sociología franquista al objeto de no caer en la imprevisión que refleja la película que Vsévolod Pudovkin rodó en los albores del cine soviético, “El fin de San Petersburgo”, en una de cuyas escenas se pueden observar a los especuladores afanados en sus asechanzas en la bolsa mientras en la calle se agita el pueblo en vísperas de la revolución.

Mientras las fuerzas democráticas y de progreso carecían de los resortes de emoción popular para reconstruir un nacionalismo español que quedó anclado en los tópicos reaccionarios de siempre y que tanto mimó el franquismo, las nacionalidades históricas recuperaban en toda su magnitud la identidad iconográfica e institucional. Derogado por las redes de intereses fácticos cualquier proteus intelectual desde la izquierda que democratizase verdaderamente el poder arbitral del Estado, se volvía a los viejos defectos decimonónicos de los que advertía Azaña cuando sentenciaba del siglo liberal y reaccionario que se hizo incompatible con el pluralismo cultural y político dentro de la unidad de soberanía estatal. Un Estado sin identidad en el imaginario colectivo, sin proyecto como nación, que empobrece a sus ciudadanos, que expande la desigualdad, que limita los derechos y las libertades cívicas, carece de lo que Mommsen, al tratar de describir las costumbres del pueblo romano, llamaba un vasto sistema de incorporación y se convierte irremediablemente en un Estado fallido. Un Estado que al no ofrecer soluciones se convierte en el problema.

Se corea que Cataluña quiere irse, pero el Estado español lleva ya mucho tiempo alejándose, por lo menos desde la ruptura provocada por la resolución del estatuto de 2006 y la torticera campaña anticatalanista que el PP llevó por todo el país. El conservadurismo siempre tiene la tentación, presente en exceso en la historia patria, de hacer de un problema político una simple cuestión de orden público. Ello aleja a la política, en un culto a la intempestividad, de lo trascendente para volcarse en lo ocasional, esa confabulación de variables que los griegos llamaban kairòs. Es la banalidad en busca de un efecto, pero un efecto es algo que desaparece apenas sucede.

Quizá es ya el momento de que los problemas políticos sean abordados desde una perspectiva política para que tengan alguna solución y no que la única solución sea estacionarlos en un callejón sin salida donde tenga que haber vencedores y vencidos.

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