Formar parte de la Universidad, en mi caso como alumno, ha sido una de las mejores sensaciones que he experimentado en mi joven vida. He aprendido en diferentes aspectos y he sido capaz de perfilar posturas e ideología en la búsqueda de ser mejor ciudadano. Estos pensamientos se consolidan al final de la carrera, cuando has logrado una madurez infinitamente mayor a la que tenías cuando hiciste la prescripción. Ese punto final, cuando te imponen la beca, te invita a reconocerte de manera distinta, aprecias en ti un mayor sentido de la tolerancia, unos valores de respeto a las libertades que han fermentado de manera positivamente buena.

En mi caso, formé parte de la Delegación de Alumnos de la Facultad, participé en un departamento como alumno interno y disfruté, en definitiva, de todas aquellas parcelas que te ofrecían y que te permitían estar más cerca de la formación de tu disciplina y de las instituciones del alumnado. Recojo, por tanto, un cúmulo de experiencias que suscita en mi consciencia un orgullo y, a la vez, un anhelo a ese cuadrienio que es inmortal en la memoria, pese a tantas dificultades.

He pasado un año alejado de los muros de la Facultad de Geografía e Historia y no he parado de pensar en el deseo de volver, aunque solo fuera un año más, por lo pronto. Los muros de la vieja fábrica de tabacos de Sevilla encierran la crema de la juventud y, con ella, todo lo que ya he expuesto. Ahora he vuelto a las aulas para cursar un máster de especialización, he vuelto a compartir pupitre con algunos de mis compañeros de la carrera y con otros nuevos. Ha florecido en mí la misma ilusión que cuando empecé la carrera. Quién iba a decir que el gusto por aprender, la pasión por esa formación elegida, podría hacernos sentir tanto y tan bueno.

Ya ha tenido lugar el debate sobre la sociedad, sobre la España actual, sobre la Europa que vivimos y el mundo al que aspiramos. Tiempo para el análisis que, en unas clases con solo cinco compañeros, te permiten visualizar un mismo punto desde diferentes ópticas, con todo lo positivo que tiene. Algo muy habitual en el mundo universitario.

Hacía referencia a los grupos reducidos, ese tipo de aula que defienden los colectivos de la educación. Clases alejadas de la masificación, que son el mejor formato para poner en práctica una formación mucho más cercana, participativa, verdaderamente colectiva.

Estos eran los comentarios que intercambiábamos mis compañeros y yo el pasado jueves, cuando empezamos el itinerario de Historia Medieval del Máster de Estudios Históricos Avanzados. Todos estábamos de acuerdo, nos apasiona saber, aprender, indagar, aspirar a ser mejores, que no superiores. El gusto por la cultura que se descubre cuando te alejas de la presión de los miedos y de las constantes inquietudes. No quiero decir con esto que no se trabaje en un máster, más bien todo lo contrario, la carga de trabajos es muy destacada, pero más destacada es la forma y la estructuración. Vamos a disfrutar de ese modelo al que aspiramos, cercano al profesor, participativo, mucho más eficaz.

Concluyo con la reafirmación de todo lo dicho, dejando abierta la puerta a una nueva publicación en la que recoja las impresiones finales. Hoy seguiré colmado de ilusión por tener la oportunidad de seguir estudiando, ¿cómo iba a imaginar hace años que diría esto?

 

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

cinco × 5 =