Decía Delibes que “una novela es una historia encaminada a explorar las contradicciones que anidan en el corazón humano y, por tanto, requiere, al menos, un hombre, un paisaje y una pasión”.

En El pasodoble interminable (Ed. El Paseo, 2017), primera novela del autor gaditano Juan Carlos Aragón Becerra, son fácilmente reconocibles estos tres requisitos de los que hablaba Delibes. Un hombre: Juan Carlos Aragón. Un paisaje: Cádiz. Y una pasión: el carnaval. Una “triple alianza” que, al contrario de amargarnos la vida, como lo está haciendo la unión de esa funesta entente formada por PP, PSOE y Cs en el Congreso de los Diputaos, se nos presenta en esta novela para regalarnos una visión ágil, crítica y muy divertida de los entresijos del Carnaval de Cádiz, vistos desde la perspectiva ácida, crítica y humorística de su autor.

En principio, parece que la novela va a ser un relato en torno al proceso creativo de Los peregrinos, la comparsa que este año Juan Carlos ha llevado al Concurso del Falla, pero además de ofrecernos un retrato genial de cómo se forja una agrupación puntera del Carnaval de Cádiz, de la intensidad, las vivencias, el trabajo y a veces las tensiones que ello conlleva, el autor nos ofrece al mismo tiempo una imagen más dura, más áspera del carnaval, cuyos entresijos parecen sacados del mundo de la mafia y el hampa.

El propio “escribano”, (así se define Juan Carlos en la novela) plantea claramente que en aunque cree que la novela es un género donde predomina la mentira, la novela puede ser verdad si lo que cuenta lo es. De ahí que Aragón use en esta obra la excusa de cómo ha sido el montaje de su comparsa para plantear una disyuntiva entre lo que se considera carnaval puro, desinteresado, artístico y el carnaval más crematístico, donde los egos, los premios y el prestigio social, además del dinero, son más importantes para la gran mayoría. De hecho, Aragón utiliza un término que me encanta para referirse al público al que van dirigidas la mayoría de sus comparsas: a la “chusma selecta”, en clara referencia a la “inmensa minoría” para la que escribía sus poemas el moguereño universal Juan Ramón Jiménez.

Juan Carlos Aragón plantea en esta novela sobre el mundo del carnaval la diatriba sobre si las letras y coplas del Carnaval de Cádiz siguen teniendo un fin social, si son, como decía Celaya de la poesía social, “despertadores de conciencias”, pero su trasunto narrativo, Johnny, el Comandante Matarratas, afirma que “se enfrentaba a un problema cada vez mayor. Los autores de Carnaval eran cronistas del pueblo. Pero si el pueblo estaba dando para poco, la época daba aún para menos”. Una terrible declaración, pero a todas luces, una verdad como un templo.

Como digo, la novela está cargada de verdad, porque lo que cuenta lo es. Todo el submundo que describe Aragón en torno al concurso gaditano no es ficción sino la pura verdad, que aunque a veces un poco exagerada, no deja nunca de ser verdad. Un submundo donde aparecen nombres como los hermanos Boniato, @mellamoale, Jesse Welcome, Joaqui ‘El Sepulturero’, Henry Torbellino, Repentino Todobar, refiriéndose claramente a autores de la fiesta, o ‘La Piara’, haciendo una clara referencia al Patronato, o hasta la invención del grupo terrorista CYCUTA, que lucha contra la dictadura de la “Piara” y que para mí es una de las invenciones más divertidas y más gamberras de la novela.

El humor y la sátira es la espina dorsal de esta novela, a veces yo diría que la caricatura de lo que rodea a la fiesta del Dios Momo es la tónica general. Sátira hacia los componentes de las agrupaciones, al que se les hace el test de cultura general más desternillante que jamás haya leído. Sátira hacia el sistema educativo impuesto por ‘El Cortijo de Andalucía’, crítica al periodismo que rodea al carnaval y a las entrevistas que le hacen en el diario El Coño de la Bernarda. Parece que nadie se salva de la pluma del autor, pero todo recubierto de humor y sátira, esa misma sátira que definía Darío Fo como “el arma más eficaz contra el poder: el poder no soporta el humor, ni siquiera los gobernantes que se llaman democráticos, porque la risa libera al hombre de sus miedos”.

¡Igualito de fácil es cantar un cuplé que un pasodoble! (también lo dice Juan Carlos en su novela). Es más difícil levantar la carcajada que la emoción. Aunque todo hay que decirlo, además de reírme mucho, con esta novela también me he emocionado. Altamente recomendable.

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