Vivimos en un tiempo de modernidad, de tecnología y conexión global en el que los seres humanos en la creencia de la conversión en semidioses parece que hemos olvidado en gran medida esa parte de humanidad fundamental para el progreso de los pueblos. Hoy la inmediatez de la noticia y la supervivencia de cada uno en un entorno de competencia capitalista, hacen que la empatía por el dolor ajeno y el compromiso por las luchas globales se dejen de lado ante la inmediatez de las necesidades particulares.

Es este el día a día de una sociedad anestesiada que tan sólo sale de su letargo ante el titular mediático o el crudo reportaje que pone ante nuestros ojos las miserias de un mundo cada vez más injusto e insolidario. Un planeta ese, en donde en pleno siglo XXI las mujeres siguen sufriendo el dolor y el sufrimiento de la violencia, del feminicidio y de la violación , con la salvaguarda en muchos países de las autoridades y la ley. Países como el Líbano, en donde los violadores glosan sus conquistas en forma de porcentajes que transmiten la cara más oscura de una sociedad en donde el 7 de cada 10 mujeres han sufrido en su vida algún tipo de ataque de índole sexual. Y todo ello, gracias a un marco legal vigente desde 1940 que protege al hombre que comete una violación sustituyendo la pena de prisión con la simple condena del casamiento del agresor con su víctima, todo ello a los efectos de proteger el honor mancillado que condenaría a la mujer al rechazo social y familiar de un entorno en donde el machismo más radical se engarza con la misoginia cotidiana del día a día. Es así el Líbano el país de los violadores y de las mujeres violadas, una nación en donde los derechos humanos más fundamentales palidecen ante la apatía de una comunidad internacional que calla ante el sufrimiento de millones de mujeres ante ese derecho de pernada instaurado con libertad en esa cacería que tiene como trofeo la mujer líbani.   Cabría preguntarse hoy dónde están las democracias occidentales y los organismos internacionales, esos que ausentes o sin capacidad de decisión ante los dramas humanos que en forma de desigualdad, muerte y falta de libertades hacen de nuestro planeta hoy un lugar más oscuro e injusto. Tal vez, luchas como las de las mujeres del Líbano o los refugiados que mueren en nuestras costas sean esas pequeñas batallas a librar para construir paso a paso otro mundo posible.

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