Las democracias de Europa se mueren y lo hacen marchitándose en una obsolescencia programada por la mediocridad de los inservibles líderes y lideresas, que a golpe de  absurdas medidas asestan las permanentes puñaladas de muerte a un proyecto europeo hoy en coma. Y lo hacen desde la traición más absoluta a los pilares fundamentales sobre los que creció una UE hoy desdibujada en los salones dorados de Bruselas.

Atrás quedan las políticas de solidaridad, de construcción del bienestar social desde la igualdad y el modelo de economía progresista o  la defensa de los derechos humanos y las libertades fundamentales como elementos vertebradores desde la óptica global de Una Europa que siempre fue espacio de acogida para el refugiado que huía de la represión y la muerte.

Fueron los padres de la UE, aquellos que vivieron el drama de una Europa convertida en campo de batalla permanente, quienes entendieron que debían ser estos y no otros, los cimentos de la bóveda sobre la que se debía construir un espacio de convivencia  hoy  condenado al frentismo y los irredentismos fronterizos en donde los nacionalismos radicales cabalgan raudos en un modelo de individualización de la acción política.

Hoy, no queda duda que la crisis de los refugiados ha venido a evidenciar una crisis profunda en lo que la concepción del proyecto europeo en sí se refiere, un proyecto necesitado hoy más que nunca de un giro progresista en sus políticas, que hagan viable la continuidad de la UE como actor principal en un mundo global de permanentes desafíos y retos, es tiempo.

Lo contrario, la apuesta por  el recorrido de la senda del recorte económico, del estricto ajuste del déficit o el recorte aún más si cabe de unos famélicos derechos en los países del sur de Europa, sólo conllevara al callejón sin salida del enfrentamiento entre un norte y sur europeo que se condenará al choque de trenes cuando el hueso desnudo de las democracias sureñas ya no puedan aguantar más la carga permanente de la presión de quienes desde otra visión entienden una Europa desde la cuadricula mental germana.

Es tiempo así de construir puentes desde un socialismo transformador en una Europa desolada por la incapacidad de una derecha europea que abogada a la tesis de Hayek ha visto como una tras otra fracasan las medidas de reactivación de la economía en la zona euro.

En definitiva, hoy cuando los niveles de pobreza, desempleo y pérdida de esperanzas acrecientan las diferencias entre aquellos países que apuestan por ser locomotoras y aquellos otros a los que se condenan a ser vagón de servicios de los primeros, el golpe en la mesa debe ser rotundo para quienes desde el sur debemos reivindicar un crecimiento de Europa basado en el principio de la igualdad y de la redistribución de la cargas y las riquezas desde una óptica progresiva. Es ese el camino para que Europa siga su camino y no acabe en el laberinto de la irrelevancia.

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