Por razones obvias, abandoné voluntariamente hace doce años un sueldo de 850€ y un contrato indefinido en un periódico en el que me dejaba la piel una media de 12 horas diarias, fines de semana incluidos, en una ciudad de provincia. Mi instinto me decía que aquello no podía ser normal y que en alguna otra parte del mundo tenía que existir un mínimo de reconocimiento humano en el ámbito laboral.

Aterricé, al azar, en Francia. Casi sin buscar, con un francés muy chapurreado y una gran sonrisa, me ofrecieron un trabajo de responsabilidad en una universidad. Con apenas 25 años, era mi primera experiencia en un departamento de comunicación. Mi afán por aprender era tal que, sin darme cuenta, estaba dando mucho más de lo que me pedían. Me inventaba eventos ERASMUS, organizaba coloquios con profesores investigadores, invitaba a la prensa a dar conferencias a los estudiantes sobre temas de actualidad y, lo más inquietante del asunto, me quedaba trabajando hasta las 18:30 de la tarde. Una hora y media antes, y como si de un acto reflejo se tratara, automáticamente alrededor de mí, todos mis compañeros lanzaban el boli, los ordenadores permanecían en silencio, cualquier rastro humano desaparecía y la única luz encendida era la de mi despacho. Yo, allí, sola en medio de tanta gente orgullosa de salir de estampida de su trabajo, oteaba la escena como si aquello fuera de un cortometraje de ciencia ficción. Hasta ese momento y en España, yo no me atrevía a levantar el culo de la silla hasta que lo hubieran hecho cuatro o cinco antes que yo. (Por aquel entonces, cuando yo había terminado eficazmente mi trabajo, mi jefa española me hacía ojitos y me convencía para que me quedara un ratito más a ayudar a mis compañeros).

Después de unas semanas en mi nuevo trabajo, una compañera me preguntaba extrañada que qué hacía yo a partir de las 17:00 de la tarde cuando todos se iban. Y yo, inocentemente, le contestaba que seguir trabajando un ratito más. Que mi voluntad era demostrar (todavía no sé a quién) que era una buena responsable de comunicación. Que yo venía de España y que allí salir la primera no estaba bien visto. Y que, de cualquier modo, salir a las 18:30 era todo un lujo en mi corta vida de periodista, que a mí no solo no me importaba, sino que lo hacía con mucho gusto. Cuando acabé de explicárselo, ella me contestó en un francés muy correcto que hacer más horas de las debidas en Francia estaba mal visto y que era síntoma de ineficacia y de falta de organización, porque las horas extras se pagan y porque hay que dedicarle tiempo a la vida personal y familiar, me razonaba ella.

A mí aquello me sonó a bombazo y tuve que llamar rapidísimamente a familiares y amigos para contárselo.

Con el tiempo pude saborear el placer de trabajar y, al mismo tiempo, poder ir al cine, leer, salir con amigos, dormir y hacer macramé si se me antojaba. Y ahora que ya no tengo que demostrarle nada a nadie salvo a mis hijas, aquello que como primeriza me parecía un lujo se ha convertido en un derecho que disfruto y defiendo a ultranza cada día. Aquella compañera tan sabia llevaba toda la razón, algo tan básico como ir al cine a una sesión que no sea la golfa (que aquí ni existen) y jugar al parchís con tu familia es más que necesario para la salud mental de cualquiera. Y cuando digo tiempo, hablo de tiempo de calidad, hablo de levantarse sin prisas, de no llevar al niño al cole arrastrando y con el desayuno a mitad. Hablo de tirarse por el tobogán con ellos antes de llegar a casa, de preparar la cena juntos, no de descongelar a prisas y carreras. Y, por supuesto, de leer siempre una historia antes de dormir.

Hoy, en el año 2016, abro el periódico y leo que en España se empieza ahora a debatir esta posibilidad. Ahora. El problema es que a lo largo de los años se ha ido aceptando con resignación una realidad desoladora como si otro mundo no fuera posible. Pero lo es.

En España se acepta sin ningún juicio de valor algo tan aberrante como levantar a tu hijo en pijama, meterlo en el coche medio dormido y llevárselo a la suegra a las 6:00 de la mañana para que ella lo arregle, le dé el desayuno, lo lleve al cole y, al final del día, lo recoja. Que digo yo, que pobre suegra.

Y mientras yo tengo la suerte de ver los ojos de mis hijas chirriar de felicidad cuando se abre la puerta del cole, al otro lado de la frontera hay un puñado de madres entregando su tiempo a una labor, a una empresa y a un jefe encorbatado que, con un poco de suerte, cuando llegue a casa se acercará a darle una ojeada a su hijo, que lleva cuatro horas durmiendo.

Pero queridos señores importantes, no engañen a nadie. Decretar que a partir de ahora la oficina se cierra a las seis de la tarde es una limosnita. Si de verdad quieren parecerse en algo a Europa, no se olviden de incluir también en su debate quién se queda en casa cuando el niño se pone enfermo, quién subvenciona las guarderías de mañana y de tarde, quién paga la guardería hasta los tres años, que las madres de día existen, pero también hay que pagarlas, que las jornadas laborales también se pueden acortar y el país puede seguir funcionando, y así hasta el infinito.

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Llegué al mundo un mediodía de invierno, en Elche, bajo el signo de piscis y ayudada por una ventosa, que despertó en mí las ganas de llorar. Fui una niña tranquila, callada, obediente, estudiosa, de timidez enfermiza. Y llorona, muy llorona, porque la genética desarrolló en mí una sobredosis de sensibilidad. Prefería observar y escuchar a hablar. Al volver del cole veía Barrio Sésamo y nunca me quedé al comedor. De pequeña leía los poemas de Gloria Fuertes y pasé todos los veranos en La Unión, en compañía de un abuelo que criaba jilgueros, una abuela muy coqueta que me contaba secretos familiares y una tía soltera muy muy sabia. Mis padres me educaron en los valores de humildad y respeto. Respeto a todo el que tuviera en frente sea quien fuere. Mi asignatura favorita en el instituto era Literatura, y gracias a la poesía y a mi profesor descubrí lo que era el amor, la vida, la muerte, el paso del tiempo y hasta los placeres prohibidos. Pero lo que siempre me acompañó fue el realismo mágico. A los 18 años el ansia de libertad me llevó a Madrid a estudiar Periodismo y a partir de allí empecé a volar. Un día de primavera, un sabio argentino me predijo en el Retiro que lo mío era comunicar, que viajaría mucho por el mundo, que era una mujer de mar y que al final volvería a mi elemento. Y así se hizo. Pertenezco a la generación ERASMUS. Estudié italiano cuando todos querían saber inglés y me fui a vivir a Roma, cuando todos buscaban un lugar en el Reino Unido. Pertenezco también a la generación precaria. Durante unos cuantos veranos, y algún invierno más, me explotaron como becaria en numerosos medios de comunicación, pero como yo no era consciente de que me explotaban, pues me lo pasaba bien delante del micrófono y escribiendo. Hacía crónicas muy locales en la CADENA SER de Elche, trabajé en Diario INFORMACIÓN y toqué fondo en un diario gratuito de cuyo nombre no quiero acordarme. De allí salí escopetada hacia Francia, para trabajar en Comunicación y Relaciones Internacionales, y después de tres años de puturrú de fuá, me planté en Bruselas. Allí estuve trabajando cinco años en la Comisión Europea, un lugar en el que te pagan mucho por no hacer nada. Pero como allí dentro los días dan mucho para pensar y aquella jaula de oro tampoco me convencía, concluí que si verdaderamente quería hacer algo para ayudar a la humanidad, había que empezar por la Educación. Y como los astros y aquel sabio argentino no se equivocaban, la vida me devolvió al Mediterráneo, donde vivo ahora, un pueblo del sur de Francia, en el que aprovecho mis clases como profesora de español para despertar el sentido crítico en unos adolescentes que andan cada vez más perdidos. Así que soy de todas partes y de ninguna. Un ser sin una identidad declarada, pero con una vocación de madre innata que sueña con dejarle a sus hijas un mundo mejor. Porque no, a España no quiero volver.

3 Comentarios

  1. Real, importantísimo y necesario artículo de reflexión. España tiene muchas asignaturas pendientes pero ésta es una de las claves para el desarrollo equitativo de la sociedas. Enhorabuena a la periodista por tan acertado artículo.

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