El sonido exterior se impone. Crepita la vegetación agitada por la brisa, los rumores se entremezclan y confunden. Hay un rescoldo de calor que hace que el ambiente sea especialmente cálido. Canta un grillo y la tarde se inunda de ocres.

Siento deseos de fumar pero me limito a aspirar el humo que fluye en mi dirección procedente del cigarrillo de Areses. Él dice que solo fuma en ocasiones especiales ¿Será esta una de ellas?

  • ¿Te pasa algo Sofia?
  • No, a mí no, ¿por qué?
  • Estás muy callada.

Por fin viene Elisa a avisarnos de que la cena está lista y nos sentamos frente a frente. Es muy grata la conversación y muy grata la compañía. Es lo que me pasa con él. De repente todo es maravilloso. De repente.

Me mira con intensidad. Pero sin parar de comer. Aunque lo hace muy lentamente. Dejando los cubiertos en el plato, cogiendo un trozo de pan, dando un sorbo de vino, limpiandose los labios con la servilleta que vuelve a extender sobre las piernas con suavidad, sin perder el hilo de la conversación.

Habla en un tono de voz muy bajo. Me cuesta entenderle y con frecuencia me tiene que repetir alguna cosa.

Yo sí atiendo y contesto, no puedo comer. La comida se queda en el tenedor y el tenedor sobre el plato. Lo vacío y lo vuelvo a llenar, lo lleno y lo vuelvo a vaciar. De la bebida me olvido, y de la servilleta. Para colmo soy incapaz de apartar la mirada de la suya aunque me cuesta no bajar la vista en esta especie de pulso en el que él es el más fuerte.

Finalmente aparto las verduras y desisto de comer. Además no tengo hambre. Me gusta oirle hablar como lo está haciendo hoy, de una manera evocadora y apasionada, de los paises en los que ha estado, de la gente que ha conocido, de las mujeres que le han gustado. Me tiene hipnotizada, achicada por la nimiedad de mi experiencia por lo poco que he viajado, que he amado, que sé de la vida.

Soy un proyecto de algo que no acaba de concretarse.

Lo sé.

Me dice que verme le entristece y eso me alarma. Me tranquiliza. O no, pues añade, que le pasa con las mujeres que le gustan. Quiero decirle y le digo que tal vez tenga que ver la manera en que nos conocimos.

Elisa trae el segundo –nos callamos- le pido que me ponga un trozo pequeño. Me ofrece vino pero no quiero. Prefiero mantenerme lúcida mientras hablamos ahora que tengo ocasión de estar con él.

Me pregunta si quiero postre o café y ante mi negativa, le dice a Elisa que puede retirarse, que nos deje la botella de vino.

  • ¿Qué estábamos diciendo? Ah, sí.

Algo se ha interrumpido. Ha dejado de fluir. Se levanta a prepararse un gintonic y me trae un helado, mientras me lo tomo me dejo llevar por las sensaciones que es una manera de salir de uno mismo, de vaciarse en un pensamiento que hace el recorrido a la inversa, la cucharilla relamida hasta dejarla brillante. Él no parece tener prisa y yo tampoco, que estamos haciendonos la ilusión de que el mundo gira porque nosotros le damos cuerda.

Elisa que no acaba de irse, va y viene, ligeramente apartada, extrañada supongo del tono en el que hablamos, elaborando teorías.

Ignora que Areses y yo estamos hermanados por un lazo que une indeleblemente a los que a punto de morir se salvan. Yo, acabo de intuirlo.

Entra un mensaje y echo un vistazo al móvil. Jean Marie me deja perpleja. Quiere que quedemos, él y yo, especifica, fuera de la finca, aclara. A cien metros que estamos, si no podría habérmelo dicho en persona.

Me reitero en mi teoría de los vasos comunicantes que ya no trasiegan líquidos sino distancia, disfrazada de omnipresencia virtual, que se agranda y nos empequeñece. En breve seremos ciborgs, cuando el destino nos alcance. Y no será el subtítulo de una película, sino un epitafio.

  • ¿Ocurre algo Sofía?
  • No, nada, una amiga que quiere saber cómo estoy.

Nos levantamos dando por concluida la cena. Entramos en el vestíbulo y juntos subimos la escalera y aunque el ancho del peldaño es inferior a dos metros vamos a una considerable distancia.

El nexo se ha roto y el desconcierto es una sensación próxima al extravío en lugares en los que no conseguimos orientarnos. Así definiría los sentimientos encontrados que experimentamos ambos en nuestra relación. En mi caso, es idéntica resistencia al afecto materno tan voraz. En el suyo, con hijos de mi edad, puede que le asuste mi inconsistencia.

Nos despedimos con un abrazo. Un abrazo que nos contiene y nos retiene, que nos abarca y nos expele. La angustia me invade. Y la tristeza. Sus ojos brillan. Los míos brillarán que noto que se empeñan y veo algo borroso.

Echo a correr y me parece oir que me llama, pero no me ha llamado; cuando me vuelvo acaba de cerrar la puerta de su habitación.

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