Pedro siempre había sido el raro de clase. Se sabía la tabla de elementos químicos, pero no distinguía cuál era la distancia que debía mantener para hablar con sus compañeros y siempre se colocaba muy cerca, tanto que ponía nervioso a todo el mundo, incluso a los profesores, pero nunca lo suficiente como para tocar a nadie. El contacto físico le daba miedo.

Su memoria era prodigiosa, pero se mostraba incapaz de comprender las sutilezas de un fragmento literario, por lo cual no sabía hacer comentarios de texto, una de las pruebas que le pedirían para acceder a la universidad.

Desde hacía bastante tiempo le habían diagnosticado el Síndrome de Asperger, pero eso no le impidió ir pasando año tras año en el instituto hasta llegar al último.

La profesora de Lengua intentaba que aprendiera obligándole a juntarse con diferentes compañeros cada vez, pero la mayoría estaban hartos porque Segundo de Bachillerato no era un curso para perder el tiempo. Cuando le dijo a Martín que se sentara con Pedro, el primero se negó diciendo que ya le había tocado hacía dos semanas.

Ángela, que llevaba con él desde segundo de la ESO y sabía cómo tratarle, afirmó que haría el comentario con Pedro, lo que le quitó un problema a la profesora que era interina y bastante tenía con prepararse las clases y mantener la disciplina.

La chica se levantó de su asiento para acudir a la primera fila a la izquierda, donde se había sentado Pedro desde siempre. Él miraba el texto sin levantar la cabeza.

Ángela pensó que Martín podía haberse callado, que por mucho que Pedro fuese Asperger eso no significaba que no tuviese sentimientos. El chico parecía avergonzado, incómodo o ambas cosas.

−Pedro, si te parece bien, leemos el fragmento y ahora intentamos resumirlo en una frase, a ver si somos capaces.

Comenzaron a leer atentamente cada uno con su fotocopia y teniendo mucho cuidado de no rozarse. Ángela sabía que el contacto físico Pedro lo percibiría como una agresión y, aunque había tenido ganas de abrazarlo en aquellas ocasiones en que se metía debajo de las mesas gritando por culpa de una tormenta o cuando alguien se reía de él, nunca lo había tocado.

La profesora había elegido un poema de Alfonsina Storni titulado “La caricia perdida”:

Se me va de los dedos la caricia sin causa,

se me va de los dedos… En el viento, al pasar,

la caricia que vaga sin destino ni objeto,

la caricia perdida ¿quién la recogerá?

 

[…] Si no ves esa mano, ni esa boca que besa,

si es el aire quien teje la ilusión de besar,

oh, viajero, que tienes como el cielo los ojos,

en el viento fundida, ¿me reconocerás?

 

−A ver, Pedro. ¿Tú qué pondrías en el resumen?

−Habla de caricias, besos, un viajero… No sé –contestó sin mirarla.

−Yo creo que la poeta se siente sola y piensa en todas las caricias y besos que no ha dado a un hombre de ojos azules al que llama el viajero. ¿Estás de acuerdo? ¿Lo escribimos?

Pedro asintió y Ángela se preguntaba si sería consciente de su incapacidad para comprender la literatura, de su dificultad para llegar a otro ser humano.

Redactaron esa idea lo mejor que pudieron y, cuando la profesora le preguntó, Pedro fue felicitado por el resumen que había hecho.

Ángela se sentía contenta por haberle ayudado. Al terminar la clase se levantó para volver a su sitio y se le cayó un lápiz. Antes de que ella pudiera agacharse, Pedro se adelantó a cogerlo. Al alcanzárselo a su compañera le acarició la mano durante al menos cinco segundos mientras la miraba a los ojos.

La chica se dio la vuelta para que no viera sus lágrimas. Al mismo tiempo que caminaba hacia la parte de atrás de la clase, guardó en el estuche aquel lápiz mágico que había roto la frontera entre su cuerpo y Pedro.

 

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