Quizá, uno de los mayores problemas del materialismo científico, también denominado “marxismo”, y generador tanto del denominado “Socialismo de Estado” como de las propuestas denominadas “socialdemócratas”, ha sido su incomprensión de la dimensión no material del ser humano, y que abarca los aspectos psicológico y espiritual, así como lo emocional, lo volitivo, lo artístico y lúbrico, etc. Es verdad que las clases privilegiadas han usado la imposición de una moral y una religiosidad concreta, como forma de permitir y facilitar un modo concreto de explotación material del ser humano por el ser humano.

Sin embargo, no se puede confundir interpretaciones concretas, interesadas e impuestas a golpe de ley, en muchas ocasiones, con el Mensaje que origina un movimiento espiritual de seres humanos, al que se adscriben voluntariamente por millones, significando esto, incluso, la pérdida de la vida. Ese fue el caso, entre otros, de los hoy denominados como “cristianos primitivos” o “primeros cristianos”, durante los primeros siglos de extensión por el territorio del Imperio Romano, y que fueron el germen para el fin del sistema productivo imperial, y el inicio del que permitió el surgimiento del “feudalismo”.

El-Hajj Malik El-Shabazz, también conocido como “Malcolm X”, vivió una época en la que se le conoció como “Detroit Red” y que le llevó a prisión, donde fue conocido también como “Satán”, por su hostilidad hacia la religión, todo ello según su propia autobiografía. Sin embargo, estando en prisión, dejó de comer cerdo, de fumar y hasta ayunó por ramadán. A su salida, había pasado, de ser un proxeneta y ladrón, a ser un musulmán defensor de los derechos humanos, y afroamericanos en concreto, y nunca más fue aquél que entró a prisión.

Comprendiendo esta situación, y habiendo conocido lo “clásico” de este cambio en todas las partes del mundo, nos encontramos con el punto 293 del programa de Podemos, presentado en el espacio de los Dormitorios, de su nuevo formato de Programa como “catálogo” para la temporada del 26J; y que en su segundo punto establece: “Eliminación de las capellanías y los servicios religiosos en las instituciones públicas (hospitales, universidades, prisiones, embajadas, etcétera)” y que parece contradecir el siguiente punto, el 294, donde se lee: “Sustituiremos la actual Ley de Libertad Religiosa, de 5 de julio de 1980, por una Ley de Libertad de Conciencia, que garantice la laicidad del Estado y su neutralidad frente a todas las confesiones religiosas”.

La neutralidad, característica fundamental de un Estado laico, está, no en la prohibición, sino en la aceptación y la ecuanimidad. Seguramente, Malcolm X no habría sido posible en una prisión que no tenga en cuenta los valores espirituales que pueda alcanzar una persona, y no hablamos solamente de respetar el derecho a orar en las formas y tiempos que cada religión tenga establecidas así como sus derechos alimenticios, sino también a realizar actividades de carácter religioso de manera conjunta los días estipulados por cada religión, o a recibir visitas de personas emparentadas espiritualmente, y que son derechos que la Constitución nos garantiza en su artículo 16, y que el artículo 55, de la misma Constitución, no establece como suspendibles por ingreso en prisión.

Cuando hablamos de neutralidad del Estado, también hablamos del derecho a que la dimensión espiritual del ser humano sea tenida en cuenta en todos los espacios, y más aún en aquellos en los que su población moradora se encuentran mermada en sus posibilidades para abandonarlos libremente, y acudir a templos y mezquitas. Por no hablar de quienes se enfrentan a la muerte, y a veces en el llamado “cumplimiento del deber”, y requieren de alguien que les ayude a afrontar el paso con cierta paz mental y espiritual, o incluso con esperanza y alegría, en cumplimiento del derecho inalienable de todos los seres vivos a tener una buena muerte, una muerte en paz con los demás y con nuestro propio pasado. Y a ser sepultado o incinerado, conforme a la voluntad del difunto y su familia.

Evidentemente, esto incluye toda opción, incluso la de aquella que niega a las demás. Por lo que la laicidad no tiene por qué volverse una forma de unidimensionalizar de nuevo a los seres humanos, secuestrándoles en este caso la dimensión espiritual, ni la Libertad de Conciencia debe ser como un nuevo decreto de “conversión” que nos obligue a “camuflarnos” de nuevo, a pasar “inadvertidos”, como nos enseñaban nuestras madres temerosas, tras media vida vivida en dictadura. Una dictadura donde lo más importante, para los que tenían un pensamiento diferente al del régimen, era pasar “inadvertidos”, “camuflarse”. Una estrategia con más de quinientos años de antigüedad.

La Libertad de Conciencia debe ser inclusiva, permitiendo la alegría de poder ser lo que se desee, y poder exteriorizarlo en todas las facetas del ser humano, incluso en la forma de vestir, de alimentarnos o de relacionarnos y casarnos entre nosotros. La religión no sólo es espiritualidad, también es un paradigma desde el que afrontar la vida, la pérdida, el dolor, la escasez, las relaciones afectivas, la muerte, la alegría, las relaciones de producción, e incluso las ganas de vivir, en momentos concretos de la vida.

A la vez que, la Libertad de Conciencia debe permitir que nadie tenga que renunciar al artículo 16, apartado 2, de la Constitución de 1978, para poder disfrutar del apartado 1 del mismo artículo. Esto es, que toda la población pueda participar en las actividades propias de su religión en pie de igualdad, sin tener que darse a conocer para que se valore si tiene ese derecho o no. Sin olvidar que las fiestas tradicionales y los días de descanso actuales son herencia de quinientos años de Estado confesional, que significó una merma histórica en los derechos y en las festividades autóctonas de  muchos pueblos de la península ibérica, América, África y Filipinas.

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