Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, el rol es una “función que alguien o algo cumple”; y si nos vamos a la acepción de juego de rol nos encontramos como definición: “Aquel en que los participantes actúan como personajes de una aventura de carácter misterioso o fantástico.”

Más allá de estas definiciones, no voy a centrar este artículo en los juegos de rol en sí, sino en cómo la asunción de un rol va a marcar la relación que establezcamos con otros y con nosotros mismos.

Un ejemplo muy claro podríamos encontrarlo en la película “El experimento”1 que se basaba en el experimento que realizó Zimbardo en 1971 en la Universidad de Standford. En él, a los participantes se les asignaba un rol que acababan interiorizando y llevando al extremo. El rol del guardia de prisiones (violento, con poder y autoridad) y el rol del prisionero (pasivo, sin autoridad, delincuente, indefenso) eran dados de forma aleatoria a personas que, en la realidad, no tenían nada que ver con estas profesiones y, sin embargo, acababan convirtiéndose en lo que les habían dicho que debían ser.

Llevado al día a día, podemos encontrar multitud de ejemplos e, incluso, podríamos identificar en nuestras vidas qué roles hemos asumido como propios o hemos designado a otras personas que lo han acabado asumiendo.

Hay que dejar claro que asumir un rol no es un problema. Todos cumplimos una función en nuestras relaciones con otras personas y cada persona cumple un rol en su relación con nosotros.

El problema surge cuando estos roles son llevados a un extremo que hace que la relación con otros o la propia persona se base en pautas de comportamiento que rozan lo patológico (o lo son).

Así, por ejemplo, el rol de madre como un ente protector, cuidador, criador de hijos, es un rol que culturalmente se impone (o se autoimpone) a la mujer cuando es madre. No es un problema. El problema viene cuando esa madre es incapaz de romper el lazo de protección con sus hijos, no permitiendo que estos maduren y se desarrollen como personas autónomas. La madre acabaría imponiendo un rol a su hijo que le haría victimizarse y sentirse desvalido.

Pero este juego de roles no es más que un mínimo ejemplo. Podemos identificar otros muchos en el día a día:

  • El profesor que cree que un alumno es mal estudiante – el alumno que actúa como tal.
  • El hijo que actúa como cuidador de su progenitor – el/la padre/madre que hace que su hijo/a lo cuide.
  • El político que cree que tiene el poder de hacer lo que sea – el pueblo que no hace nada porque no tiene poder.
  • El niño que abusa de otros – El niño que cree que merece que abusen de él.

El paso fundamental, cuando sentimos malestar con las actitudes que hemos desarrollado en relación a un rol, es identificar qué conductas son aquellas que no son congruentes con un desarrollo normalizado e intentar cambiarlas por otras que nos permitan liberarnos de ese malestar.

Así, a grandes rasgos, se podría decir que es una concepción muy simple del cambio conductual, pero lo importante que debemos sacar de esto es que tenemos que identificar aquello que nos hace sentir mal y que nos lleva a actuar de una determinada forma. Para cambiarlo, podemos buscar información, ayuda y/o apoyo en conocidos o profesionales que nos mostrarán el camino para salir de esa situación donde el juego de roles que hemos asumido es más poderosa que la propia persona.

 

1El Experimento”
Dirección: Oliver Hirschbiegel
Año: 2001
Nacionalidad: Alemania
Basada en la novela de Mario Giordano: Black Box (1999).

 

 

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

tres × uno =