Cada vez que echo un vistazo a las redes sociales, compruebo como muchísimos de mis seguidores y de las personas a las que sigo escriben cantidades de hashtag en la lengua de Shakespeare. La verdad es que me asombra, entre otras cosas porque sé de buena tinta que muchas de estas personas no son muy proclives al estudio de los idiomas, es más, en algunos casos puedo referirme a amigos que no saben más allá de las palabras por todos conocidas.

Con esto no estoy discriminando a quienes no saben hablar otros idiomas, faltaría más, sobre todo porque soy una persona con dificultades para el aprendizaje de los mismos. Lo que sí quiero resaltar es la moda. Una moda enfurecida que busca poner la mayor parte de palabras y oraciones posibles en inglés, sin conocer en muchos casos el profundo y magnífico léxico del castellano. ¿Es malo escribir en inglés? Por supuesto que no. Pero es una pena que para ir a la moda y no caerse del carro de las tendencias recurramos al traductor de Google, que en la mayoría de los casos te ofrece más errores que aciertos. Además, no olvidemos que tenemos un precioso idioma, complejo, es cierto, pero amplio y hablado mundialmente.

La mundialización de la economía capitalista y las nuevas leyes que exigen a nuestros estudiantes una titulación mínima en B1, están conduciendo a un aprendizaje forzoso y con poco gusto a lo que se estudia. Un aprendizaje que sostiene a un cinturón de academias y otras empresas, puesto que los costes de estos certificados superan en su mayoría los cien euros. Por otra parte, habrá quien pueda recriminarme este argumento y por ende exponga que existe la posibilidad de hacer exámenes no oficiales y que también certifican el nivel mínimo exigido. Es cierto, existe, pero ¿a qué niveles son útiles?

Todas las Universidades de España ofertan exámenes que facilitan el cierre del expediente de la carrera, pero en un sinfín de casos encontramos que muchos de estos graduados, licenciados o doctorados no tienen la posibilidad de que estos certificados, logrados con esfuerzo, le sean reconocidos, por ejemplo, de cara a unas oposiciones. Esto ocurre porque pese a haber sido útiles para finalizar los estudios, no lo son para otros ámbitos, puesto que no tienen un reconocimiento verdaderamente oficial.

Yo, que soy un apasionado del Latín, idioma muerto y no de moda, he llegado incluso a sentirme mal por no tener gusto, ni facilidades por la lengua anglosajona, puesto que hay otras que me parecen más bellas y motivadoras. A diferencia de otras personas, tampoco he tenido interés de sumarme a la moda y poner miles de hashtag en inglés, entre otros motivos, porque han hecho de la lengua inglesa algo obligatorio y, a consecuencia, he perdido el gusto en este idioma, y como yo, miles.

Somos muchos, y con razón, los que vemos el B1 como un negocio y no como la posibilidad de mejorar y aumentar el conocimiento personal. Consciente de que es maravilloso poder relacionarse en una lengua común con ciudadanos del mundo, como ya se hacía en la Europa de las Universidades con el Latín desde finales de la Edad Media, me atrevo a decir que muchos hemos perdido el tiempo, que no se ha enseñado el idioma de la mejor manera y que ahora se aprovechan de las normas para extraer el máximo dinero posible, si no es al final de la carrera, lo será más adelante.

Cuando digo que se nos ha enseñado mal no quiero culpar a los profesores de tantos institutos de España, puesto que ellos han seguido, a veces rajatabla, los modelos que han dictado desde organismos superiores, a veces personas que poco saben de cómo se ha de educar porque han sido elegidos a dedo por amistades. Sea como fuere, centenares de estudiantes están pasando un calvario para lograr el mínimo exigido. Lo hacen sin gusto, con lo que ello supone y además, haciendo un gasto increíble en la mayoría de los casos.

Sirvan mis palabras para concienciar. Los idiomas son útiles, necesarios, gratificantes y miles de calificativos más le caben, pero por favor, cambiemos su aprendizaje desde la base para que la docencia de un idioma sea realmente fructífera y no una agonía económica y educativa.

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