Estoy cansado de quienes desempolvan la guitarra cuando hay visitas. Harto de quienes las desenvainan como una estaca cuando hay chicas de por medio y de aquéllos que van de cantautores sin que les dé el cerebro para tanto corazón en el pecho. Estoy asqueado de quienes creen saber tocar un instrumento porque a los ventitantos montaron una pop-band, y hasta de los que compran un método, o de los pentatónicos, aunque se apliquen un rato y toquen solos en su cuarto sin que nadie los vea. Porque el oficio de guitarrista es una cosa bien delicada. Como quien toca a la persona amada sin poner cuidado, con dañina torpeza, esto también deberían de sacar de quicio a cualquiera.

Hoy tocamos en el Central a las nueve y media. Castro me debe seis bolos pero esta vez se salva. Se salva por los pelos y porque no lo puedo dejar tirado y porque es el Central. Él lo sabe y se aprovecha.

Susana me dijo que vendría. Dejó su declaración jurada en mi contestador ayer por la mañana. Parecía contenta. La acompañará ese nuevo adolescente que se ha echado por amante. Mientras el chaval no le chulee la pensión que yo le paso a ella por nuestra Amanda, por mí como si se meten a alpinistas.

También odio la música de Castro. Se retrasa siempre, hasta que la cosa empieza a ser embarazosa, en los tiempos y en los pagos. Demasiado swing, le digo a veces. Y ya estoy cansado de ir con él de un lugar para otro, tocando apenas para los camareros de locales vacíos y aguardando un estrellato que jamás cuajará porque Castro –ya se lo he dicho un par de veces a la cara– es un pianista sin talento y un cantante del montón. Él me odia porque yo le robé a Susana, pero el tiempo no ha hecho otra cosa que darme a la razón: Susana ha pasado por las manos de demasiada gente después de nosotros dos llegáramos a la manos. De modo que Castro debería ya exculparme de una vez por todas o, cuando menos, no hacerme cobrar el último. Esto sería lo justo, sí, aunque ya paso de decírselo.

Voy con Castro porque es mi amigo. Le tengo ley aunque no le tenga ninguna fe. Y he de dejar claro que yo no espero mi momento ni nada por el estilo. Yo me dedico a tocar mis notas bien, que no es poco. Soy un profesional. Y a veces consigo encandilar al público cuando prestan la debida atención. Soy un hombrecillo que pasa de largo junto a los farsantes de las plazuelas. Un verdadero músico que transporta su instrumento aunque desearía convertirlo, demasiadas veces, en un Winchester de repetición para poner un poco de orden. Primero con los malos guitarristas y con las mujeres que se van tras ellos. Y después con aquéllos que –como el que suscribe– fracasaron con su pop-band para luego unirse a la corte de un cantante de boleros, un tipo borracho que paga con dinero que no es suyo y que canta sin estrella los abandonos de una mujer que jamás lo engañó, porque lo tenía bien avisado.

Y todo, tal vez, porque esa misma mujer no se pierde ni una sola de las veladas en que vuelven –volvemos– a tocar juntos.

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