Pura poesía. Magia. Un momento prodigioso de concentración y soledad. Algo imposible de repetir utilizando simplemente el cerebro y la voluntad. Así fue el gol de Sául. Saúl Níguez. En el primer round o vuelta o combate contra el club teutón con nombre de marca de aspirina.

No vi el partido entero. No pude. Soy -como saben mis pocos pero absolutamente leales lectores habituales- un personaje de ficción, y no siempre que quiero, querría, puedo asomarme a la realidad.

Ya había marcado el Atleti cuando conseguí hacerme con el control del cuerpo -los ojos y los oídos- de uno de los tres escritores que se dejan poseer sin ofrecer resistencia por mí (el método es parecido al que utiliza el diablo en la peli de Fallen, chaval). Las piernas del cuerpo que logré habitar me llevaron tan rápido como fue posible al Maine, el bar más cercano a mi cubil situado en el Callejón de los Milagros, Mad Madrid Ciudad. Allí estaba mi amigo El Ciervo, haciéndose dueño -como es habitual en él- del lugar. El Ciervo bebía gin-tonics, los dos Salvajes que me acompañaban libaban tinto, y yo empecé inmediatamente con el burbon, siempre burbon, amo el burbon por encima de todo lo demás.

Entonces vi la repetición y la mandíbula se me descolgó, el ojo se me desorbitó y el corazón se me rindió y maravilló. Güau. Pasón pasón pasón. Bendigo las cámaras lentas y otras maravillas de la ciencia actual. Se veía -VEÍA- perfectamente: la magia, la poesía, el prodigio, la inspiración.
Saúl acababa de regatear trolear y derrotar a un montón de jugadores, pero… Pero aún estaba en mitad de la batalla, aún había una pierna negra y oscura a mínimos centímetros de la suya, aún el ejército enemigo entero le acechaba por detrás. Y sin embargó se paró. Se paró por completo. El muy genio. El muy hijo puta y el muy cabrón. Se paró. Una décima de segunda que gracias a la cámara lenta cualquiera puede disfrutar como si fuese un segundo entero, un año entero, un siglo entero, una total eternidad. Se paró. Tuvo los santos cojones de pararse. Eso es tan difícil. Tan brutal. Pero no sólo se paró. Pensó. Eligió un punto exacto para colocar el balón. Y en ese punto exacto lo colocó en cuanto volvió a poner su cuerpo en posición play. Poesía. Grandeza infinita. Orgullo de todos los hombres, de todos los seres humanos, hayan surgido de la evolución o las haya creado Dios. ¡Qué gol! Joder, qué gol.

Y se acabó. Porque también hay un montón de cosas que contar sobre el Gran Premio de Rusia, como han cambiado los de Mercedes los mecánicos de Hamilton para pasárselos a Rosberg y hacerle campeón (el piloto es un empleado, y todo puede ser manipulado, ingenuo aficionado, pequeño ser sensible que crees en el amor y en el corazón), el buen resultado de Alonso y la progresión de los comentaristas de Movistar, muy superior a la de McLaren (quizá Alierta era un poco gafe, o un mucho, y su marcha vaya a devolver al mundo nacido de la semilla de Matilde Telefónica su encanto y capacidad de despertar respeto y admiración). Mucho que contar. Pero de momento tengo menos poder que el diablo de Fallen, y el cuerpo que he poseído esta vez, para escribir estas palabras, pertenece al enfermo, al escritor enfermo o lesionado, al que un dedo aniquilado no permite permanecer más que unos breves minutos en batalla con el ordenador. Ya le duele, y es tipo que aguanta mal el dolor. Ya le duele, el dedo, a mi escritor poseído, y me quiere echar.

Me voy. Corto ya. Tengo más cosas qué decir. Muchísimas cosas en realidad. Aunque más valga quintaesencias que fárragos. Quizá en los comentarios que aparecen al final de cada artículo pille otros dedos, o una garganta, o logre meterme en la cabeza de cualquier lector, hacerle creer que mis pensamientos son suyos, y pueda añadir alguna cosa más.

Y si no lo logro, da igual. Basta con el gol de Saúl. Esta semana no necesito ni una miajita de arte más para bañarme en felicidad. Time is on my side (Y aunque no lo estuviera también me daría igual).

Tigre tigre. (Y otro burbon, por favor).

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