El faro de Shangay

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Aún resonaban los ecos de las dos millones de personas que marchamos el 22M de 2014 por las calles de Madrid, cuando Shangay denunciaba en un artículo, en su blog de Público, la maniobra mediante la cual la policía había reventado una manifestación histórica e inédita en la historia reciente de nuestro país y lo hacía a la hora de máxima audiencia, durante el telediario.

En más de una ocasión recordé con él aquellos días. Recordamos la extraordinaria experiencia de cómo cientos de organizaciones políticas, sindicales y MMSS nos habíamos logrado poner de acuerdo, trabajando durante meses, para marchar sobre la capital para exigir “Pan, Techo, Trabajo y Dignidad”.  Recordamos la inmensa cantidad de autobuses que salieron de nuestros pueblos y barrios. Recordamos la emoción de la Unidad al alcance de la mano, de la posibilidad cercana de otro país distinto. Y después recordamos cómo la izquierda empezó a enzarzarse en debates estériles, y cómo empezaba a desmoronarse todo lo que había costado tanto construir y cómo la política pasó de la calle a los platós de televisión. Y nos preguntamos cómo habría sido todo si aquel movimiento se hubiese organizado para seguir siendo cada vez más fuerte donde debe serlo la izquierda, en la calle, en los barrios.

No sabemos cuál sería hoy la situación, pero sí la que es. Unos meses después Alfon entraba en prisión, y la represión se cebaba con cientos de jóvenes víctimas de detenciones injustos, montajes policiales, fruto de la ofensiva del gobierno para criminalizar la protesta. Denuncias, persecuciones y condenas, contra activistas, pero también contra tuiteros o titiriteros. La España floreciente se empezaba a sumir de nuevo en la oscuridad de una España PPodrida que se sigue revolcando en su charca de corrupción, neofranquismo, nacionalcatolicismo, represión, explotación, patriarcado, incultura y odio.

Shangay vivía combatiendo cada día contra cada una de esas cosas. Y solo quien dedica su vida a la lucha contra un sistema monstruoso puede comprender lo que supone enfrentarse a él y las consecuencias personales y profesionales que ello puede conllevar, cuando ese enfrentamiento es real y no folclórico. Shangay lo sabía de primera mano, pero nunca cedió ni un milímetro. Por eso el ejemplo de Shangay es tan necesario para la izquierda hoy como peligroso para su enemigo, que es el nuestro.

Sin renunciar ni a uno solo de sus principios Shangay supo utilizar los medios de comunicación para lanzar proclamas de combate para la izquierda (y no mensajes para confundirla), como cuando en 2006 rompió en directo en Telemadrid la foto de una entonces todopoderosa Esperanza Aguirre.

Demostró también que el arte y la cultura son una poderosa herramienta para transformar la sociedad, y nos alertó de que el capitalismo es capaz de mercantilizar hasta las causas más justas si se lo permitimos.

Por eso, ante el vacío de las calles, y en un momento en el que millones de personas se agarran con una mano al clavo ardiendo de carismáticos líderes, mientras con la otra hacen zapping para poner la tertulia-gallinero de turno donde encontrar respuestas, es el momento de abrir nuestras manos, soltar los clavos ardiendo y los mandos de los televisores, para comprobar que tenemos nuestras manos listas para trabajar, para construir esa nueva sociedad que el ejemplo del 22M nos hizo ver que estaba un poco más cerca.

En estos tiempos de tormenta, y con nubarrones aún más negros amenazando en el horizonte, es hora de que la izquierda abandone los caminos de la confusión, los complejos y evite que los pueblos de Europa sean despedazados por las bestias desatadas del neoliberalismo y (su hijo) el fascismo.

Ante tanta oscuridad la izquierda necesita faros, necesita ejemplos que nos devuelvan al camino de la unidad, al camino de la lucha, al camino de la fuerza, al camino de la dignidad, al camino que alumbró el 22M. Y entre esos faros, hay uno que nunca se apagará, el faro de Shangay.

 

 

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