Los dos nombres que suelen saltar a la mente al hablar de cómic erótico italiano son Guido Crepax y Milo Manara. Sus obras han sido traducidas y reeditadas una y otra vez, más encomiadas por los intelectuales que por los pajilleros. Manara siempre ha sabido rodearse de amigos y colaboradores de postín, como Fellini, Jodorowsky o Hugo Pratt. En cuanto a Crepax, bastó con que Umberto Eco cantara las alabanzas de su Valentina para convertirse en héroe cultural de los progres de arte y ensayo, uno más junto a Rohmer y Tarkovski. Pero hay un tercer autor, malentendido por sus coetáneos y maltratado por la posteridad. No por ello es menos digno de interés y aplauso, aunque sea a título póstumo. Estoy hablando de Roberto Raviola, alias Magnus (1939-1996).

Desde siempre, Crepax y Manara mostraron su preferencia por los guiones de corte libertino; Magnus, en cambio, respondía al perfil del historietista de oficio, versátil y de estilo camaleónico, pornógrafo solo por conveniencia. Coyunturalmente, en los últimos setenta y primeros ochenta el mercado italiano de cómics (fumetti) para adultos presentaba una insaciable demanda de contenidos guarros, aderezados con una ración lo más generosa posible de sexo explícito y ultraviolencia. Satisfacer estas exigencias significaba dinero fácil para un dibujante con talento: “Me lo han pedido —decía Raviola en una entrevista con Giulio C. Cuccolini— y lo he hecho por gajes del oficio y cuando lo he entregado ¡me piden más! A mí no se me ocurriría. No me interesa personalmente.” Es precisamente ese distanciamiento crítico con el tema lo que hizo posible el milagro: Magnus logró convertir un encargo sórdido como Necrón (1981-1985) en una obra memorable, desbordante de ironía y de sano espíritu gamberro.

La idea original de Necrón surgió de las corruptas mientes de Renzo Barbieri, factótum de la editorial milanesa Edifumetto y máximo responsable intelectual (por decir algo) de aquella oleada de cómics erótico-macabros que se distribuían, cual gangrena descontrolada, por toda Italia y parte del extranjero. El argumento desarrolla una escabrosa variación sobre el mito de Frankenstein; la mente científica responsable de la criatura de turno es la cruel Frieda Boher: bióloga de renombre, genio del mal y necrófila recalcitrante. Para satisfacer tanto sus necesidades sexuales como su curiosidad científica, la doctora Boher lleva a cabo un experimento cuyo objetivo es dar vida a un ser fabricado con trozos de cadáveres: voilà Necrón, el monstruo, de quien se servirá como fiel esbirro y esclavo sexual. A partir de tan delirantes premisas, Barbieri encargó los guiones de la serie a su amiga Mirka Martini, periodista y escritora de novela rosa, pidiéndole que sondara sin escrúpulos las profundidades de su magín para extraer de ellas las aberraciones más inenarrables. La señorita Martini aceptó el desafío, aunque para no perder sus empleos respetables tomó la precaución de firmar sus guiones como Ilaria Volpe (“zorra” en italiano; ¿no os acordáis de Volpina, la ninfómana de Amarcord?). Todo esto viene a confirmar mi teoría de que la literatura libertina más burra del siglo XX ha sido escrita por mujeres. Así, los guiones que llegaron a manos del pobre Raviola, que necesitaba desesperadamente meterse en algún proyecto para pagar las facturas, consistían en una apabullante sucesión de salvajadas: asesinatos, torturas, mutilaciones… y sobre todo sexo, mucho sexo. Sexo entre vivos, muertos, animales, máquinas y monstruos de todo pelaje.

¿Qué hizo el atribulado dibujante con semejante materia prima? En la mejor tradición italiana, la del divino Aretino, reinterpretó la trama del Necrón de Volpe/Barbieri en clave de farsa. Si en el storyboard había escenas sangrientas, cargó las tintas de la violencia hasta llegar al splatter más extremo. Ante tan despreocupado derroche de vísceras y horror, al igual que nos ocurre con las películas de Robert Rodriguez (pensad en Planet Terror), la sobrecarga de abyección neutraliza nuestro sentido de la repugnancia y no nos queda más remedio que soltar la carcajada. Al fin y al cabo, ¿no es el gore el sucesor más legítimo de la comedia slapstick? ¿No son, en el fondo, las tartas aplastadas en la cara un sucedáneo de caras aplastadas, cabezas reducidas a pulpa?

Para dibujar Necrón, Magnus renunció deliberadamente al realismo (canónico en el cómic de terror desde Tales from the Crypt) y escogió la línea clara, tan cara a la tradición historietística franco-belga. Para el personaje de Frieda, la bióloga necrófila, Raviola se inspiró en las chicas de Gene Bilbrew, el ilustrador afroamericano que trabajó para las publicaciones fetichistas de Irving Klaw. Mirada lasciva, cejas arqueadas (como Lauren Bacall o Zapatero), sonrisa de sádica y escueto modelito de látex y rejilla: Frieda Boher es la caricatura de una dominatrix supervillana. En cuanto a Necrón (la criatura), la referencia de Magnus no es el Frankenstein filosófico de Mary Shelley, sino el Frankenstein tontorrón que interpreta Boris Karloff en el clásico filme de James Whale. Lejos de aterrorizar, el buenazo de Necrón le cae simpático al lector desde el primer momento. Amén de muy bruto y glotón, aficionado a la carne cruda (especialmente la humana), Necrón es un Frankenstein hipersexualizado, dotado de un miembro descomunal (Mel Brooks también bromeó con el tamaño de la herramienta del monstruo en El jovencito Frankenstein). El entrañable monstruo y la perversa doctora, que es el verdadero monstruo, adoptan una relación asimétrica de ama y esclavo con todos los tópicos del sadomasoquismo; y, más allá de los siempre unidireccionales insultos y castigos y de los horrendos crímenes que perpetran juntos, forman una pareja que no dudaríamos en calificar de tierna.

Magnus, con su peculiar sentido del humor, decía que Necrón pertenece a un subgénero nuevo: el porno electronecroplástico. Es más: decía que en realidad Necrón no es pornografía, porque es demasiado fuerte. Debía de tener razón, porque la serie, aunque se convirtió en objeto de culto para algunos aficionados al cómic (a España nos llegó por entregas en la revista El Víbora), no tuvo mucho éxito entre los consumidores habituales de porno trash. Y es que Necrón no era lo que esperaban. Es una doble parodia: del porno y del gore. Es una gamberrada salvajemente divertida y sin complejos, años luz más allá de la barrera de lo políticamente correcto. Y aun con ser de trazo grueso hila muy fino.

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