Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversas formas el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo, decía Karl Marx en su Tesis sobre Feuerbach de 1845. Estas palabras no pueden más que recordarme algo que hoy vivimos, un tiempo en el que los partidos políticos hasta ahora mayoritarios en nuestro país han interpretado de manera constante y diversa las diferentes realidades del presente.

Realidades que en su momento fueron el punto de partida para llevar a cabo el papel fundamental por el cual existe la política y, como consecuencia, los partidos políticos, me refiero sin lugar a dudas a la transformación de la realidad. Fue ese deseo de cambio, de progreso, de metamorfosis de una sociedad, el que en el año 1982 fue magníficamente entendido por un partido, el PSOE, que supo conectar su discurso de acción y transformación a los deseos de un pueblo que proclamaba la necesidad de encontrar ese interlocutor necesario que tirara del carro de una joven democracia que recién nacida necesita de unos líderes políticos que fueran capaces de interpretar el presente y transformarlo para anclar un futuro de prosperidad y progreso.

De esta forma, se producía esa simbiosis fundamental entre el pueblo y la sociedad civil organizada y un partido político reflejo de su necesidad de cambio. Fue a partir de aquí, de este momento, desde donde nuestro país empezó a ser un espacio de oportunidades y progreso, de educación y sanidad pública, un país en donde los derechos de los trabajadores fueron una realidad. En definitiva, un país en donde la igualdad de oportunidades se empezó a convertir en una realidad.

Igual que una identificación entre los deseos del pueblo interpretados por los partidos políticos conlleva a una simbiosis de transformación social, política y económica liderada por aquellos partidos políticos que hayan sido capaces de entender el mensaje de la ciudadanía. El efecto contrario, la incapacidad de interpretación de la realidad social y de conexión con la misma conlleva necesariamente el alejamiento de la ciudadanía de aquellos en quienes ya no ven el reflejo de sus aspiraciones. Es aquí, en ese momento de desconexión, de exilio de la política de los partidos políticos mayoritarios, donde empiezan a surgir nuevos protagonistas en la escena política, social y económica que reivindican un tiempo nuevo y de identificación con una ciudadanía que anhela un nuevo liderazgo interpretativo de sus anhelos e intereses.

Un tiempo este en el que pueden coadyuvar la aparición de los mejores nuevos liderazgos como de los avezados populistas que minoritariamente representados hasta ese momento ven la oportunidad de lograr un espacio social y político antes de imposible obtención. Y es que el exilio de la política de los partidos con vocación mayoritaria a veces es completamente irreal. Es decir basado en un cúmulo de decisiones que, si bien erróneas aun cuando son enmendadas, son aprovechadas por los adversarios políticos para establecer una estrategia de presentación del partido hasta entonces mayoritario como desconectado de los problemas de la ciudadanía.

No obstante, en muchas ocasiones este exilio es real, concretado a través de decisiones políticas de gobierno que en el marco de una crisis institucional o económica producían la desconexión con su electorado y aquellas que de ámbito interno hacen que la generación de feedback con su militancia de base como termómetro social, cultural, político y económico sea completamente inhabilitada, produciendo en muchos casos el rechazo y expulsión de los mejores cuadros políticos de las propias organizaciones.

Hoy, en nuestro país vivimos un tiempo extraño, de desmemoria y falta de reconocimiento a la trayectoria de organizaciones sociales, sindicales y políticas que hicieron posible la construcción de un Estado del bienestar. Un tiempo en el que las generaciones formadas en una educación pública y gratuita conquistada por el PSOE, rechazan al mismo tiempo, en ese exilio de la política al que parecen haber condenado a una formación fundamental en la historia de nuestro país.

Son estas generaciones, las que mayoritariamente –como reflejaba recientemente el CIS– se sienten atraídas por los discursos de quienes en la vitola de un nuevo ideario son capaces de presentar una realidad diferente de una España prometida de desarrollo social, económico y prosperidad.

Y es aquí, ante esta disyuntiva, en donde los partidos mayoritarios de vocación de gobierno de izquierda como el PSOE deben llevar a cabo una nueva hoja de ruta fundamental para la recuperación del espacio perdido. En primer lugar, la presentación de un programa de gobierno para el desarrollo de España en el siglo XXI, un programa que deberá ser construido de fuera hacía dentro y en ningún caso de dentro hacía fuera, el PSOE necesita hoy más que nunca tomar el pulso de la calle desde el asfalto.

En segundo lugar, la puesta al frente de sus estructuras de perfiles políticos de militantes con una vinculación directa con la ciudadanía, perfiles que hagan posible la identificación del pueblo con sus líderes, de sus problemas con los interlocutores de esto. Hoy se reivindica el recorrido personal, laboral, social y en definitiva ciudadano de quienes ponen en su discurso la defensa común de las colectividades.

En tercer lugar, la necesidad de alejarse de aquellos postulados socioliberales a través de la identificación con un nuevo socialismo construido desde la alianza con las fuerzas progresistas de nuestro país. Y por último, la necesaria puesta en marcha de una política de comunicación nueva, fresca y directa que sea capaz de interpretar los códigos de este nuevo tiempo. De lo contrario, los partidos que hasta hoy han sido protagonistas de la política en nuestro país, y por ende el propio PSOE, se verán sumidos en un desplazamiento del mapa político por quienes interpreten como herramienta de transformación este nuevo momento que hoy vive España.

Nuestro país vive un tiempo Kairos, en el que el camino a tomar en el presente marcará en definitiva el futuro de las generaciones que nos precedan.

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