Yo tenía apenas quince años, tal vez dieciséis, cuando el espectro apareció por primera vez en la cocina. Aquélla fue una visión demasiado vaga y fugaz, ya que tan sólo pude adivinar su reflejo en la porcelana de los azulejos, por un instante, mientras pasaba de largo a mi espalda. Lo cierto es que la experiencia no me causó verdadera inquietud. El espectro dejó un suave olor a violetas que se iría marchitando entre el olor a fritanga de la cocina, y luego ya no volvió a aparecerse durante largo tiempo. No lo comenté con mi madre para no preocuparla. Me habría tomado por loco.

Hice la mili en Viator, Almería, como cabo furriel. Aprendí rápido el oficio de conseguir viandas para la tropa. No tuve que pelar patatas ni me endilgaron una sola imaginaria. Tuve buena mili, como suele decirse. Hasta escribía cartas a las novias de algunos pistolos por diez pesetas. A los dos meses ya me comportaba como un auténtico veterano. Los veteranos no cumplen órdenes; los veteranos sólo hacen favores. Me iría bien en el ejército. Eso era lo que decían algunos oficiales. Hasta el turuta tocó una cancioncilla especial cuando me licencié. Pero yo prefería estar a otra cosa. Franco andaba por aquel entonces a punto de espicharla y yo no quería que la noticia me cogiera en un cuartel. Me largué de allí en cuanto tuve ocasión. Tenía veintidós años.

A las dos semanas ya me había echado una novia formal. Cuando mis padres se iban al pueblo a pasar los fines de semana, yo me la llevaba a aquella casa: nos metíamos en un camastro el sábado por la mañana y ya no salíamos hasta el mediodía del domingo. Entretanto, yo estudiaba oposiciones para auxiliar de biblioteca. Aprobé a la tercera, cuando Amparo había sufrido la pérdida de nuestro primer hijo, a las cinco semanas de embarazo. Mis padres decidieron entonces que nos dejaban la casa. Querían morir en el pueblo. Eso pensaba yo al menos.

Una noche de mediados de noviembre, Amparo me despertó con un grito. Decía que alguien le había susurrado al oído –una voz de mujer, delicada como un puñal invisible–, ordenándole que se alejara de mí. Amparo pasó luego del pánico a los celos. Como si yo estuviera engañándola con un espíritu o qué sé yo. Entonces fui a prepararle una tisana en la cocina, sin atreverme a mirar los azulejos. De algún modo sabía que la voz pertenecía al espectro.

Pasaron dos años antes de que volviéramos a intentarlo. En esta ocasión no discutimos qué nombre le daríamos a nuestro hijo. Sólo sabíamos –sin cruzar una palabra al respecto– que no le pondríamos ninguno de los que habíamos elegido la primera vez: Javier si era un varón; Candela si era un niña.

Llegó el fatídico umbral de las cinco semanas. Aquella mañana yo desayunaba en la sala de estar mientras Amparo aún dormía. Un libro se había caído del penúltimo estante durante la madrugada. A Contrapelo, de Huysmans. Lo coloqué en su hueco y luego me dispuse a tomar el café y a echar un pitillo. Entonces, por vez primera, pude ver al espectro a la luz del día. Salía de nuestro dormitorio sonriendo. Me miró a los ojos un instante, desafiándome con cierta coquetería y después desapareció. En esta ocasión no se trataba de un reflejo en la porcelana, ni de una voz que susurra al oído entre sueños; por lo que pude confirmar de una vez por todas mis sospechas: hay seres atrapados más allá de la muerte.

Antes de que anocheciera, Amparo perdió a nuestro primer hijo por segunda vez. Se pasó llorando las siguientes semanas sin apenas dirigirme la palabra. Quizá fuera culpa mía. Nos podíamos haber mudado a otro lugar con mi sueldo de funcionario, pero preferí ahorrar para la boda y para ofrecer así una vida más holgada a mi familia. Prometí hacer las cosas de otro a partir de entonces. Nos iríamos a un barrio lejano, al otro lado del Manzanares, pero ella había perdido ya toda esperanza. Anulamos los planes de boda –también por segunda vez– y Amparo se volvió con su madre.

Mis padres murieron y puse la casa en venta. Rebajé el precio cuanto pude: así me evitaría tener que volver a enseñarla una y otra vez. En cada visita, el espectro hacía de las suyas. Inundaba la bañera dejando abierta la grifería durante toda la noche o hacía saltar los plomos para que el sistema eléctrico pareciera inservible. Sin embargo, al final le coloqué la casa a un pobre ciego que vino sin acompañante. Debía estar muy solo en el mundo aquel hombre. El espectro, pensé, al menos le daría compañía. Así es como uno convierte sus peores actos en buenas obras.

Le entregué las llaves en el cuenco de una mano y pude ver al espectro por última vez, a la espalda de aquel hombre ciego y solitario. Me miraba con rencor, dándose tal vez por vencida.

No sabría decir por qué, pero con el tiempo yo también sentiría celos de aquel hombre a quien había malvendido el hogar de mis padres.

 

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