La mañana del nueve de noviembre de 2016 será recordada en las páginas de efemérides como aquella en la que desayunamos con la noticia de que Donald Trump había ganado, de manera sorprendente, las elecciones a la presidencia de Estados Unidos.

Instantáneamente vinieron los análisis, los debates, las comparaciones, los vaticinios, las camisas desgarradas de algunos y los enhorabuenas de otros, el yin y el yang, etc… y como en botica, ha habido de todo. Algunas reflexiones han sido acertadas y otras han rozado el esperpento más atroz. Y aunque sé que la gente anda hasta las narices de Trump, de Hillary y hasta de la Estatua de la Libertad, muerta de miedo, con las manos en la cara, yo no voy a ser menos y también voy a aportar mi granito de arena en todo este amasijo de opiniones que ha suscitado la decisión de los estadounidenses.

Aunque las reacciones han sido de todo tipo, las más particulares y rocambolescas las hemos tenido en España. Como ya venía pasando antes incluso de la cita electoral estadounidense, ciertos medios de comunicación y algunos partidos políticos españoles querían por todos los medios dejar clara la idea de que Trump era un populista, como los de Podemos. De esta forma lo soltó Albert Ribera, así sin coscarse, como el que no quiere la cosa, sin ningún tipo de problemas, en una tertulia televisiva. Lo cierto es que decir que Trump se parece a Podemos es demostrar una ignorancia política de alto calibre. Más si cabe cuando los poderes fácticos y el Ibex 35, a los que representa Ciudadanos en el Congreso, tienen más puntos en común con Trump que cualquier partido que se denomine “antisistema”.

Quien crea que Trump es un simple populista, que sólo ha aprovechado el descontento de una clase trabajadora blanca (sobre todo de Virginia Occidental, Ohaio, Indiana y Michigan) para alzarse con el poder, se equivoca, o al menos su discurso es tan pobre como su pensamiento. Hay muchas razones para que Trump haya triunfado entre muchos sectores de la población. Por una parte, Trump es el típico candidato fascista al “american style”, el típico facha del cine americano que habitualmente ha estado circunscrito al discurso xenófobo del Ku Klux Klan (organización que apoyó públicamente a Trump durante la campaña) y es representante de ese “Deep South” de toda la vida que ha evolucionado muy poco desde los tiempos que retrató Harper Lee en su genial novela Matar a Ruiseñor. Por otro lado, el Partido Demócrata al no presentar a Bernie Sanders, candidato alternativo a Hillary Clinton, dejó huérfanos de voto a esos estadounidenses que vieron que Trump y Clinton representaban lo mismo (el asentamiento en el poder de los poderes fácticos) pero envuelto de manera diferente. De esta forma no es de extrañar que Trump, a pesar de su discurso xenófobo en contra de las minorías étnicas, haya conseguido el 29% del voto hispano y del voto asiático.

Lo cierto es que otro gobierno de ultraderecha amenaza al mundo. Un gobierno que será implacable con el colectivo LGTB, con las mujeres y con la comunidad negra y latina, que sembrará la semilla del odio entre la clase trabajadora y la dividirá aún más de lo que está (eso siempre ha sido una habilidad de todos los partidos fascistas a lo largo de la historia).

Lo único que resulta esperanzador es que frente a ese “no choice”, frente a ese “no hay elección” de los EEUU, que ha llevado a los votantes a elegir entre “Guatemala y Guatepeor”, es decir, entre dos candidatos que representaban lo mismo, en España sí que tenemos elección y tenemos la opción de elegir algo distinto a las políticas neoliberales de siempre. Esa opción no es otra que Unidos Podemos, única alternativa real en nuestro país al fascismo “tipo Trump”, un bloque de izquierda que representa todo lo contrario a los populismos de derechas y por supuesto antagonista único al aquelarre neoliberal por el que apuestan el PP y Ciudadanos con la connivencia de un PSOE convertido en mero mamporrero de los designios del Ibex 35.

Lo cierto es que tanta atención mediática hacia Estados Unidos y hacia la victoria de Donald Trump nunca debe hacernos olvidar que seguimos teniendo en La Moncloa al adalid de los poderosos y de las élites financieras: el Señor MARIANO RAJOY “MANOSTIJERAS”. Lo pongo en mayúsculas por si más adelante no puedo, no sea que también quiera prohibirnos poner apodos a los políticos, como quiere hacer con los “memes” en internet.

Lo dicho. El enemigo no viene de fuera. Ya lo tenemos en casa.

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