Soy director de intangibles, una profesión en alza. Dirijo todo a aquello que no se ve, lo que sólo se siente o sueña.

Por ejemplo, dirijo a la alegría, el pensamiento de un enamorado, la sensación de pérdida cuando se va lo más querido, la música, el aire… Resulta, aparentemente muy poético, y eso pensaba yo cuando me ofrecieron este trabajo, pero luego es como todo. Tiene sus cosas buenas y otras no tan buenas. Algunas, incluso malas.

Por eso, cuando mi jefe vino el otro día a mi despacho y me soltó: ¡Diapasón! (Ese es mi nombre). ¡Tienes que escribir un informe de cien páginas sobre el espíritu! 

¿Sobre el espíritu de qué?, contesté yo. ¿Sobre el espíritu de un desaparecido? ¿Sobre un fantasma?

No, mi querido empleado, te he guardado la mejor de las sorpresas, vas a escribir sobre el espíritu de la Navidad.

La verdad es que aún siendo director de intangibles, la Navidad es una época del año que me horroriza. Es falsa. Es absurdo que nos tengamos que definir como buenos porque toca. Es lo peor que me podía haber encargado mi jefe, pensaba yo, mientras que me dirigía a Cortilandia, a ver si me inspiraba.

Y en esto estaba, cuando pude ver a lo lejos al director de tangibles, un tipo muy apreciado en la empresa, con el que había tenido algunos encontronazos. Intenté mantenerme lejos de él, pero me vio y se acercó saludándome con la mano como si fuéramos amigos. Entendí que estaba harto de tanto niño y espíritu navideño y quería hablar, aunque fuera conmigo.

¿Espíritu navideño?, pensé. Es justo lo que ando buscando. Tal vez me pueda ayudar…

Así que respondiendo a su saludo, me aproximé a él y al montón de personajillos que le acompañaban. Todos de una edad no superior a diez años, enfundados en trencas, polainas, capuchas y gorros. Todos con cara de asombro. Todos rubitos. Todos felices. Todos pijos, ingenuos, sorprendidos, asustados…

¿Estáis contentos? Les pregunté. Siiiiii, me respondieron al unísono. Como Fuenteovejuna o como las respuestas que les hacían a las preguntas de Gabí, Fofo, Miliko y Milikito.

Si están contentos, pensé, ahí radica el espíritu de la Navidad.

Pero, siempre hay un pero. ¿Por qué tenemos que ser más buenos, más cariñosos, más generosos cuando llegan estos momentos del año? Y eso le quería preguntar al director de tangibles, cuando de repente surgió lo inesperado.

Santa Claus, el verdadero, el genuino, surcó la niebla por encima de Cortilandia.

Pude ver a los renos, al carro volador, y al propio Santa o Papá Noel, enviándome un guiño sólo para mí. Las demás personas, deslumbradas por las luces y los colores brillantes de El Corte Inglés para atraer a los más pequeños, no vieron lo que yo.

¿Sería éste el famoso espíritu?

No me dio tiempo a descubrirlo, ya que la mirada de una princesa de cuento de hadas, con bufanda al cuello y pelo color siena, topó con la mía. Llevaba un crío en sus brazos que, incrédulo, miraba hacia arriba como si también hubiera visto a Santa Claus. ¿Lo habría visto? Pero no. Sus ojos estaban lanzando chiribitas de alegría ante los globos multicolores que surcaban los aires.

Me acerqué a ellos. La aproximación no era fácil, tuve que sortear a niños, papás, abuelos y perros. Pero una mirada tan sugerente no era habitual. Y tampoco esos ojos verde esmeralda que hacían juego con su pelo anaranjado.

Así que dejé a Hipólito -así se llama el director de tangibles-, peleado con sus hijos o lo que esos niños fueran, y me dirigí veloz hacia la princesa que, en ese momento, echó a correr hacia la Puerta del Sol como si un diablo la persiguiera.

Pero no era el diablo por lo que corría, según luego me enteré, tenía que regresar a su casa urgentemente porque se le había olvidado que tenía un chupete puesto a hervir. En estos tiempos en los que existen desinfectadores ultrasónicos de chupetes, ese pequeño detalle, que luego supe, me pareció más encantador aún que sus ojos y su cabellera de fuego explosivo.

Corrí tras ella, claro. Y a la entrada del metro, con riadas de personas enfebrecidas entrando y saliendo, no pude por menos que abordarla. Donde usted vaya, iré yo. Necesito que me explique una cosa que no logro entender.

Vale, respondió, como si nos conociéramos de toda la vida. Pero sujétame al crío que no encuentro el billete. Así lo hice y, entre dimes y diretes, llegamos a su casa.

Como era natural, estaba casada, pero su marido se había ido de viaje a Italia, y nos pusimos a charlar y charlar. Y mientras el bebé lloraba y lloraba, nosotros bebíamos y bebíamos y luego sucedió lo que tenía que suceder.

Y ustedes se imaginarán que el espíritu de la Navidad apareció entre sus brazos. O dentro del océano verde de su mirada.

Pues no. El espíritu apareció cuando su marido llegó de forma repentina, nos encontró en la cama abrazados y la hostia que me pegó hizo que viera estrellas brillantes y parpadeantes, espectáculo ni siquiera superado por Papá Noel y su trineo volando por las alturas.

Esa noche acabé en el hospital con un ojo amoratado, un diente roto y lo que es aún peor, una herida en el alma.

Pero al día siguiente pude escribir el informe que ha sido el causante de toda esta historia. Sólo tenía dos líneas y decía así:

El espíritu de la Navidad está dentro de cada uno. Hay que saber encontrarlo.

Por supuesto, me pusieron de patitas en la calle.

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