El desván

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Era un merodeador prudente hasta en su propia casa.

Subió al desván descalzo para no despertar a su esposa y ascendió los doce peldaños muy despacio, como un ladrón, deteniéndose ante cada crujido de la escalera como si le dieran el alto. La linterna parpadeaba moribunda, pero él no se inquietó en el definitivo momento de apagarse; así quedó en su mano, como un objeto inútil.

Imaginó otra mano entonces, emergiendo de la oscuridad para tomar aquel testigo. Un encuentro así no lo habría importunado, siempre y cuando el espíritu relevista hubiera salido corriendo –como era lógico–; pero por un instante tuvo miedo y se le congeló la sonrisa.

Abrió la puerta del desván y fagocitó su hedor de sarcófago -aquella polvareda casi podía masticarse-, y después pulsó un interruptor hallado a tientas con la mano izquierda: con excepción de las telarañas y los insectos de las trampillas, el desván se presentaba aparentemente vacío. ¿Qué había subido a buscar allí a las cuatro y media de la madrugada? No sabría explicarlo, pero eran ya varias noches cavilando inútilmente sobre lo mismo, sobre aquel desván, hasta las tantas… Un lugar que no había vuelto a pisar desde el mismo día de la mudanza y que ahora, sin motivo alguno, le quitaba el sueño.

Caminó hasta el fondo. Allí encontró una caja de madera apostada junto a una viga, del tamaño de una caja de zapatos -tal vez algo más pequeña-, y al no reconocerla asumió de inmediato que debía de pertenecer a su esposa. Observó su pequeña cerradura y pensó en un imperdible y un pequeño destornillador. No se hizo el menor reproche moral: en caso de que su pericia no le asistiese, estaría dispuesto a forzarla.

Se sentó en la cocina. Al cabo de un rato, sobre la mesa no había más que palillos de dientes, muelles de bolígrafo e imperdibles que se habían ido partiendo entre sus dedos. Limpió el polvo que la cubría con un paño húmedo y advirtió que la caja era de color negro.

– Si todo es cuestión de tiempo –pensó–, los insomnes lo tenemos de sobra.

Se quedó mirándola. Daban las seis de la mañana y debía estar en la oficina antes de las nueve. Seré más contundente, se dijo. A las siete menos cuarto la desvencijó finalmente con un destornillador y un martillo, y trato de silenciar sin éxito la herejía entre dos cojines con gatos estampados.

Ella apareció entonces en la cocina. Encontró todo dispuesto sobre la mesa, con ese orden de bodegón policiaco de los grandes alijos: primero la taza de café, después la caja de madera negra y finalmente las tres fotografías.

Había llegado el momento en que él supiese. Y él ya sabía.

Le gustaba el café dulce. Se sirvió dos cucharadas mientras aguardaba la reacción de su esposo. Él aún demoraba su silencio bajo el dintel de la puerta. Trataba de llorar tal vez, pero no le venían las lágrimas. Su esposo era patético en el melodrama.

– La decisión de subir a ese desván no ha sido mía –dijo ella entonces.

Al menos aquello sí que era cierto.

*Puedes leer los anteriores #Fotocuentos aquí

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Julio Fuentes González nació en Linares, Jaén, en 1976. Es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Córdoba y ha publicado relatos en diversas revistas literarias. En el año 2000 publicó Una cucharilla partida por el agua en la editorial Círculo de Lectores, en volumen conjunto con la obra Manaos de Alberto Vázquez-Figueroa, siendo seleccionado para este proyecto de la mano de Sergio Gaspar y Silvia Sesé. Es técnico superior en prevención de riesgos laborales y ha desarrollado una intensa actividad sindical. En la actualidad está finalizando Perímetro Flexible, su primera novela.

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