Foto Agustín Millán

“Mucha infelicidad ha llegado al mundo a causa del desconcierto y de lo que no se dice.” Fyodor Dostoyevsky.

 

Según alguno de los varios usos que le asigna la RAE es la descomposición o el desarreglo de una máquina o de un cuerpo. El uso más corriente, sin embargo, es aquel que se vincula a la confusión o el aturdimiento que experimenta una persona cuando no logra comprender algo o cuando no sabe cómo actuar.

La vigencia de las instituciones es garantía suficiente para dar estabilidad al cuerpo social de un Estado. No obstante, cuando eso no ocurre, el desorden cunde, la incertidumbre lo cubre todo y la alarma se anida en lo más íntimo de cada ciudadano. Eso no es bueno para nadie. Esta sensación de vulnerabilidad hace que el desánimo genere un sentimiento de derrota.

Cuando en la institución monárquica se obra para ocultar posibles irregularidades cometidas al amparo de su inexplicable inviolabilidad, el sistema produce desconcierto. Al tiempo, generando una abdicación sin dar mayores explicaciones, la institución promueve confusión al evitar justificar semejante decisión con argumentos sólidos.

Si la institución política queda sometida a la justicia, en razón de procesos largos, confusos y con resultados generalmente inexplicables. Ello produce confusión. La impunidad es el escenario más frecuente en el que se desenvuelven los traficantes de influencias a favor del poder. A su vez, todo el aparato del Estado queda sometido a las prácticas más que sospechosas, que hacen que los españoles se hagan cargo de las decisiones probablemente prevaricadores de sus gestores, sin que resulten procedimientos que corrijan esas anomalías. Entonces incrementamos la confusión. Compras de armas. Reprivatizaciones de autopistas. Implantación de peajes para beneficio de constructoras, me preocupó el agradable encuentro de Villar Mir con el ministro de Fomento Ábalos. Colonización de los organismos de control por parte de personas vinculadas a los oligopolios que deberían supervisar. Más confusión.

Para qué hablar de los sistemas de elección del los órganos de la Justicia. Dicho por un magistrado, el sistema sólo castiga a los robagallinas. Es decir, a los ciudadanos de a pié. De claridad, nada. Así, las responsabilidades se diluyen. Las condenas son muy cuestionables. Se reprime a manifestantes y se liberan ladrones. El bochornoso espectáculo del Tribunal Supremo en relación a las servidumbres con la banca sólo es un escalón más en el desconcierto. Las prácticas de sus procedimientos de elección también producen confusión. Así resulta la sensación de ser el instrumento de los que niegan la multiculturalidad de este país, a favor de una visión centralista que contradice el propio espíritu de las nacionalidades históricas contenidas en la Constitución. Desconcierto cuando desde los tribunales de la UE al menos cuestionan las resoluciones de estos magistrados.

Las disputas políticas son razonables en cualquier dinámica de su desarrollo. Las diferentes tensiones me resultan aceptables, hasta necesarias. Ahora bien, cuando un grupo mediático como Prisa toma partido por los errejonistas madrileños, eso, me confunde. Más cuando no exponen la totalidad de los hechos. Aún recuerdo con una sonrisa la entrevista grabada de Pepa Bueno a Felipe Gonzalez, ese lobbista al mejor postor, que truncó transitoriamente la carrera política de Pedro Sánchez. El desconcierto y la confusión generada permitió el gobierno de Mariano Rajoy con las consecuencias conocidas por todas las personas de este país. El desconcierto prevalece.

El diccionario de la Real Academia también incluye otras tres acepciones para el término “desconcierto”. Una, se refiere a “un estado de perplejidad y desorientación”. Otra, a “una falta de economía y gobierno”. La última, a “la ausencia de medida y modo en las palabras o en las acciones”. Dejo librada a la oportuna lectura de las personas que lean este artículo, para que apliquen la que consideren más apropiada. Aunque, mucho me temo, los acontecimientos acaecidos y los del porvenir, nos pondrán a prueba.

Cuando las lealtades se quiebran. Si los compromisos no se cumplen. En tanto las prácticas en el manejo de los fondos públicos sigan beneficiando sospechosamente a los mismos intereses que nos han traído hasta aquí. Si así fuese, el desconcierto sería el sentimiento que nos espera y España sería un Estado fallido.

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