El siglo XVIII fue una centuria optimista. La ilustración defendía por encima de todo la razón, hasta el punto de atribuirle un poder infalible para cualquier actividad. Cualquier idea, cualquier tradición, debía superar el filtro de un análisis crítico, público y libre. “Nuestra época es, de modo especial, la de la crítica. Todo ha de someterse a ella”, afirmó Immanuel Kant en su Crítica de la razón pura. A esta regla tampoco escapaba la religión, por más que ésta intentara protegerse detrás del escudo de una supuesta santidad.

Los ilustrados confían en cambiar estructuras obsoletas y suprimir viejas supersticiones. Creían posible sustituir la tiranía de la costumbre por el imperio de la razón, con la razón de la fuerza si hacía falta. Primero, gracias al apoyo de monarcas filósofos. Después, con la punta de las bayonetas. De aplicar esta discutible metodología se aplicarán, tiempo después, los ejércitos de la Revolución de 1789.

Con la relativa secularización de la sociedad, se abre paso, al menos entre las élites, la idea de tolerancia. Imponer las propias creencias, sobre todo cuando de indemostrables verdades de fe se trata, aparece ahora como un absurdo. Voltaire personifica esta mentalidad, con sus críticas feroces contra el fanatismo de aquellos que desprecian a los que no comparten su religión.

Famoso por su anticlericalismo, el pensador galo arremetía contra la hipocresía de los sacerdotes, no contra la fe en sí misma. Se sentía indignado al comprobar que un cristianismo reaccionario empujaba al odio y a la persecución, no al amor y a la ayuda al prójimo. Al repasar la historia, observaba como a lo largo de los siglos había corrido la sangre por cuestiones pueriles relacionadas con los dogmas: “Los tigres no se destrozan sino para comer, y nosotros nos hemos exterminado por unas frases”.

El respeto hacia la conciencia ajena resulta incompatible con la pervivencia en España del Santo Oficio, símbolo por excelencia del oscurantismo religioso. Voltaire se pregunta si Jesucristo ha ordenado construir los calabozos inquisitoriales, si la doctrina del profeta judío tiene algo que ver con las hogueras donde se consumían las víctimas de los autos de fe.

En ocasiones, la Corona cuenta el asesoramiento de prestigiosos filósofos, lo suficientemente ingenuos como para creer que el soberano en cuestión va a transformar la sociedad de acuerdo con sus dictados. En realidad, los déspotas se sirven de los intelectuales para dar un barniz progresista a sus cortes, sin ir más allá. “Razona lo que quieras, pero obedece”, sería el lema suscrito por todos ellos. Federico II lo expresa con claridad al marcar tajantemente los límites del librepensamiento. Quien quiera ser filósofo no se convertirá en “trompeta de la sedición” ni “signo de reunión de los descontentos, como pretexto para la rebelión”. Deberá, por el contrario, respetar el sistema establecido. Para el monarca prusiano, una cosa era la política real y otra muy distinta las especulaciones de los ilustrados, teóricos sin experiencia de gobierno que imaginaban Estados de ficción.

Este tipo de soberanos pretendía, en realidad, alcanzar la cuadratura del círculo. No se podía, al mismo tiempo, extender los ideales ilustrados y conservar un sistema de gobierno absolutista. La obediencia pasiva, como escribiría el conde de Segur, sólo podía existir en las tinieblas, no en las luces. ¿Cómo elevar el nivel de la civilización si los intelectuales continuaban reducidos al servilismo?

En España, los sueños reformistas acabaron en eso, en sueños. Los proyectos bienintencionados, las más de las veces, no llegaron a ponerse en práctica. “Se escribió más que se hizo”, señala el historiador Roberto Fernández, sin negar por ello la honestidad y la dedicación de los reformistas. Faltaron recursos económicos y, sobre todo, voluntad política para transformar en serio los cimientos del Antiguo Régimen. Los ilustrados, de hecho, no querían destruir el sistema, sólo subsanar los defectos más palpables.

La aristocracia continuaba siendo en todas partes la clase social hegemónica, pero la burguesía, ya fuera industrial, financiera o mercantil, iniciaba el camino hacia la primacía. Poco a poco se irá distanciando del absolutismo, cansada del trato discriminatorio que recibe respecto a la nobleza, acaparadora de los puestos políticos importantes y que además se beneficia de la exención de impuestos. A medida que pasa el tiempo, la obstinación de los privilegiados en conservar a toda costa el status quo impulsará a los burgueses a radicalizarse, en un proceso que culminará con la rebelión abierta frente al sistema. No se podía pretender que las nuevas ideas ilustradas permanecieran siempre como especulaciones teóricas de salón, agradables para disfrutar de una velada entre gente distinguida pero no para llevarlas a la práctica.

La nobleza, lejos de ser vista como un modelo para los demás sectores de la sociedad, pasara a ser considerada una clase parasitaria y viciosa, formados por miembros que no tienen otro mérito que su nacimiento. En Las bodas de Fígaro, de Beaumarchais, el protagonista expresa en un monólogo este sentimiento de contundente rechazo: “¡Porque sois un gran señor os creéis un gran genio! ¡Nobleza, fortuna, rango, plazas, cosas de las que estáis tan orgullosos! ¿Qué habéis hecho para tener tantos bienes? Os limitasteis a nacer, y nada más”. No es extraño, a la vista de estas palabras, que un líder de la revolución francesa, Danton, no dudara sobre quién había sido el sepulturero de los poderosos: “Fígaro acabó con la nobleza”.

Frente a la creencia de que la soberanía reside en el rey, por la gracia de Dios, se abrió paso el concepto de soberanía nacional. En El contrato social, Jean Jacques Rousseau dio forma a esta idea. La sociedad debía estar formada a partir de la libre asociación de sus miembros, relacionados unos con otros a través de un pacto que garantizase la libertad.

La libertad, un concepto novedoso que se abre paso para consternación de los que continúan apegados a la autoridad de sus mayores. Como el obispo de Carcasona. En 1776, este prelado se lamentaba de lo intolerable del espíritu de rebelión. “La gente cree que es libre”, escribía compungido a sus superiores, para terminar con una advertencia premonitoria: “Espero que esta impunidad no nos lleve al final a cosechar frutos amargos para el gobierno”. Trece años antes del estallido de la revolución, la disolución del Antiguo Régimen comenzaba a ser patente.

De forma paradójica, los privilegiados eran los primeros en aplaudir los nuevos ideales, como si no fueran conscientes de su incompatibilidad con el sistema monárquico. ¿Cómo explicar, si no, que el público de Versalles aplaudiera la tragedia Bruto, de Voltaire? En ella, el protagonista manifestaba su hostilidad a los reyes y su amor a la libertad, en medio de aplausos generales del público.

La idea de soberanía popular se consolidará con el triunfo de la revolución norteamericana. En su declaración de independencia, los fundadores de Estados Unidos proclamaban solemnemente que la legitimidad de los gobernantes se derivaba del consentimiento de los gobernados. Si no respetaban derechos como la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, el pueblo tenía derecho a rebelarse y buscar otros dirigentes. Transcurridos más de dos siglos, este principio todavía nos interpela.

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1 Comentario

  1. cuando se alcanza el bienestar “maximo” entonces tenemos miedo a perderlo
    pero no se alcanza por que antes, unos pocos se lo quedan todo y si se alcanza lo quieren recuperar a base de milongas

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