Concepción Arenal dijo una frase que hoy día es desgraciadamente poco aplicable a nuestros gobernantes: “la dignidad es el respeto que una persona tiene de sí misma y quien la tiene no puede hacer nada que lo vuelva despreciable a sus propios ojos”. Uno de los grandes problemas de la gestión pública estriba en el hecho de su propia mala reputación. Aunque en la llamada transición democrática fueron muchos los intelectuales y profesores universitarios que vieron en la participación en los partidos políticos un lugar donde poder canalizar una visión más pragmática de sus teorías. Hoy, la cualificación y sobre todo la necesidad, como una fuente de sustento, ha nutrido, especialmente a los dos grandes partidos, de una militancia muy cuestionada. Ante la falta de ese personal mínimamente formado y con experiencia vital, la realidad es que la llamada casta política, en su generalidad, con escasas excepciones, tiene prebendas económicas muy superiores a las que le correspondería a su valía profesional o académica. Si a ello se añade un mercado laboral complicado, el resultado es que en su mayoría los cuadros medios de los partidos unen su futuro político a su futuro laboral, con un déficit considerable, por ello, de su dignidad personal a la hora de tomar decisiones.

Las primarias del PSOE de los próximos meses son un ejemplo de ese escenario, aunque perfectamente podría trasplantarse a cualquiera de las fuerzas clásicas del arco parlamentario. Plutarco o de forma más actual, la maldita hemeroteca, nos descubre la importancia del binomio memoria y decoro. Resulta curiosa la memoria de los personajes políticos. Por ejemplo, los que se han reunido en torno a la candidata oficialista de esas mencionadas primarias, después de llenar tintas de verdadero odio personal, ahora se unen por los intereses comunes que les va en el proyecto de socialismo conservador de la actual Presidenta de la Junta de Andalucía: Bono y Guerra, González y Zapatero, Chacón y Rubalcaba ¡cuantos trapos sucios se tiraron a la cabeza! Es curioso este maridaje de políticos que mudan de una “familia” a otra con tal de salvar su pellejo, en muchos casos ni eso, tan solo por el hecho de estar ahí, como si de la gerontocracia del antiguo PCUS se tratara, de estar al menos en la grada del desfile, en la primera fila del mitin.

Y no quisiera estar en la piel de ese pobre chaval, secretario general de una agrupación socialista, andaluza por ejemplo, que ni si quiera “tuvo tiempo” para terminar sus estudios …porque el servicio público le demandaba su valía para ese cargo político con el que ahora paga la hipoteca y el colegio de sus niños: ¡qué va a ser de él si opta por el candidato equivocado (entiéndase como el ganador)! ¿tendrá que volver a la Universidad? ¿conocerá lo que es, como sus antiguos amigos, sacar una oposición o bombardear con su curriculum las empresas de trabajo temporal?

La palabra decoro, entendida como respeto, como honra a la que se debe una persona por decencia, evidentemente choca con la figura de estos políticos que tenemos y que quizás merezcamos por haber dejado en manos de ellos las decisiones que nos importan en la vida.

El cambalache del siglo XX, que nos cantaba Enrique Santos Discépolo, es tan actual que es lo mismo el que labura noche y día como un buey que el que vive de los otros, que el que mata o el que cura o está fuera de la ley.

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