Ahora que se comienza verdaderamente a saborear la supuesta apertura democrática en toda su amplitud, con nuevas corrientes políticas que insuflan aire nuevo y puro, o casi, a la mortecina vida política de este país, que solo ha respirado por el pulmón derecho o el izquierdo a intervalos demasiado largos durante casi cuatro décadas; ahora que aplaudimos que por fin se haya celebrado en plena universidad pública un debate sin encorsetamientos absurdos entre candidatos a presidir los designios de un país de casi medio centenar de millones de almas ¡a los cuarenta años de restaurada la democracia!; ahora que al fin se tutean los candidatos en un debate vía internet; ahora que estamos viendo la ‘humanidad’ insultante y muchas veces impostada que demuestran ante las cámaras estos ‘animales’ políticos cargados la mayoría de ellos de una juventud también insultante; ahora que el abanico donde poder elegir la mejor opción que se adapte a nuestras prioridades ideológicas se ha ampliado hasta hacer dudar al menos pintado; ahora que tenemos todo esto y mucho más para poder gritar airosos ¡viva nuestra democracia!, ahora nos damos cuenta de que algo falla, algo falta, algo escasea, algo sobra.

El debate, por tanto, es otro, está fuera de los platós, de ese circo mediático que ahora se ha ampliado a cuatro candidatos en liza, o más bien a tres según los casos. Lo peor de todo es que el debate sigue en la calle, sin respuestas, porque son centenares, miles, las preguntas que los ciudadanos propalan al aire sin recibir contestación alguna, como mucho vagas promesas, las promesas de siempre, vamos, es decir, mentiras puras y duras o medias verdades a lo sumo. A los hechos de estos últimos cuatro años me remito. El digo Diego de siempre.

No es malo, ni mucho menos, que la política se haya ‘humanizado’, que se haya espectacularizado, que haya bajado a la arena pública vía circo mediático. Lo malo es que durante el rodaje de esta película basada en hechos reales, además de ‘olvidar’ a otros actores principales de la trama como los candidatos nacionalistas y de otros partidos caídos en desgracia como UPyD o Izquierda Unida, se ha dotado de inusitado poder al continente en detrimento del contenido. La coleta bien colocada, la camisa bien remangada, la corbata fina y el traje juvenil, la mirada adecuada a cámara, la templanza y la dicción antes que el contenido, que las propuestas, que las hojas de ruta que nos saquen del atolladero en el que estamos inmersos desde hace ya demasiados años.

Porque ese insultante índice de paro sigue ahí, no hay promesa electoral que lo cambie. Y debería sonrojar al candidato de turno cuando vuelve a enarbolar incontables promesas seguidas de muchos ceros. Por ahí ya no cuela. Así que ojito con la papeleta que meten en la urna el 20-D, es la única posibilidad que esta imperfecta democracia nos otorga para gritar bien alto: ¡basta ya!

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