Un PSOE que se reivindica trabajador y un PP que se reivindica como único gestor solvente, se enzarzan en una pelea de números

Noche del 14 de diciembre, los líderes de los dos partidos que han venido vertebrando el funcionamiento de la democracia española, se dieron cita en la facultad de las Artes y de las la Ciencias de la Televisión para ofrecer un debate a los ciudadanos indecisos. A priori, las condiciones del encuentro exigían que la dialéctica a desplegar por ambos candidatos estuviera especialmente dirigido a votantes de un perfil más maduro, mayoritariamente cómodo con el marco institucional derivado de la transición de 1978. Todo ello recomendaba a los candidatos dar un perfil de gestor experimentado y solvente, capaz de asumir las gravísimas responsabilidades institucionales que nuestro actual marco legal carga sobre las espaldas de todo un presidente del gobierno de la nación.

No obstante, desde la conclusión del pasado Debate a Cuatro, el plan de actuación dejó de estar tan claro para la formación socialista. En efecto, en el anterior debate, el Sr. Sánchez se encontró frente a un habilísimo Pablo Iglesias, quien – sin topar con ninguna réplica – supo enfundarse ante el electorado en el papel del sufrido trabajador azotado por los recortes de la crisis; a la vez que caracterizaba al partido del Sr. Sánchez como a una estructura corrupta, de la que este último no sería más que una marioneta. Semejante eventualidad, impidió a la formación de Sánchez la valiosa victoria de presentarse ante los ojos del electorado como partido de referencia de la izquierda española, desactivando así la credibilidad de su discurso según el cual el PSOE es la “única opción de cambio progresista”. Sin duda el secretario general socialista llegó a este debate siendo consciente de su azarosa situación, y con el claro objetivo de repararla. Y es que solo conceptualizando al Sr. Sánchez como a un contendiente que se presentó en el “Debate del Bipartidismo” con sus deberes de campaña a medio-hacer, puede comprenderse su elevado grado de hostilidad proyectado hacia Rajoy.

El Sr. Sánchez sabía que gran parte de sus aspiraciones para llegar a la Moncloa pasan por desvincular a su partido de la nociva etiqueta de “casta”, y así, poder recuperar la sintonía con el votante económicamente desamparado. Es por ello que desplegó una estrategia de lavado de imagen, consistente en aclarar el carácter “radicalmente opuesto” que separa a los militantes de su partido frente a los del PP, y más concretamente al suyo personal del de el Sr. Rajoy. Su agresivo plan pasó esencialmente por: acusar al PP de una radical corrupción; comparar su particular salario de diputado con del Sr. Rajoy (superior este último durante el lapso en el que Rajoy había sido jefe de la oposición); acusar al Sr. Rajoy de corrupto; y por último acusar al actual presidente del gobierno de haberse introducido en la vida política con el mero afán de obtener lucro personal.

Si bien lo natural sería que este despliegue dialéctico ayudase al PSOE a recuperar alguno de los votos fugados a la órbita de Podemos, pueden citarse tres circunstancias que sin duda habrán amortiguado mucho el efecto de esta estrategia: 1) Las acusaciones vertidas sobre el PP como partido intrínsecamente corrupto, resultan de los más imprudentes cuando provienen de otro partido tradicional, dado que siempre tiene un fácil efecto boomerang que, en este caso, Rajoy no desaprovechó al evocar el ya célebre caso de los ERE de Andalucía, neutralizando parte del esfuerzo diferenciador del Sr. Sánchez. Y 2) Las características de este debate, obstruyendo la presencia de la nueva fuerza de izquierda, claramente más ideologizada -como lo es Podemos – restringía en cierta medida el atractivo del debate a los segmentos poblacionales de indecisos izquierdistas menos ideologizados y más pragmáticos, mucho más concernidos por las propuestas económicas que por el carácter de honrado “obrero” maltratado por el mercado de Pedro Sánchez.

Hecha esta aclaración, y volviendo a evocar las expectativas del grueso de los indecisos que visionaron este debate, procede decir que lo normal sería que no pudieran sacar conclusiones definitivas, toda vez que los diagnósticos y cifras esgrimidos por uno y por otro candidato fueron sistemática y recíprocamente tachados de mentiras por el adversario en el contexto de una vorágine de violentas interrupciones, haciendo imposible asentar las bases para un debate fructuoso para el elector crítico e interesado en los contendientes. Respecto a esta triste cuestión, quizá se echó en falta una moderación más rígida, que exigiera a los candidatos versar sobre cuestiones concretas, sobre la base de unos datos objetivamente incontestables.

En cuanto a la actuación del presidente del gobierno, Mariano Rajoy, simple y llanamente continuó fiando su éxito electoral al llamado “voto del miedo”, reclamando para su partido una impecable eficiencia gestora en el ámbito económico, a la vez que insinuó las posibles consecuencias caóticas que tendría para la recuperación de la economía su salida de la Moncloa. Sin embargo, cabe añadir que en esta ocasión tuvo el tino de ocultar el carácter un tanto chantajista e impopular de esta estrategia, envolviendo su proyecto para los próximos cuatro años en un discurso nacionalista ilusionante, vertebrado por la evocación de los éxitos de las flamantes multinacionales de cuño patrio, como si la empresa de reactivar el maltrecho mercado español fuera el océano en el que confluyen y mueren todos los anhelos de los españoles.

Respecto a la estrategia popular, un servidor, que contempla como una significativa parte del electorado español anhela la implementación de nuevas formas de participación política más activas, no alcanza a comprender cómo el Partido Popular no se esmera en realizar alguna suerte de propuesta en esta dirección, que por nimia que fuese sin duda le ayudaría a reconquistar al menos una parte del caladero de votos de centro-derecha, actualmente aparentemente ocupado por Ciudadanos.

En resumen, cabe sentenciar que la actuación del Sr. Sánchez probablemente le congraciase con un reducido número de espectadores simpatizantes de la izquierda más radical, sin que quepa esperar que esto pueda en absoluto ayudarle a zafarse de la larga sombra de un lanzado Podemos. Por su parte, el PP, haciendo honor a su etiqueta ideológica, mantiene un discurso conservador y tecnocrático, aparentemente poco ambicioso bajo el punto de vista electoral, con el que mantiene a su base de votantes a la vez que confía en que sea la propagación de un “miedo” a un gobierno de inexpertos el que acabe por catapultar a la formación del Sr. Rajoy a la mayoría absoluta. Así, con esta perspectiva me inclino a pensar que en lo que respecta a la atracción del votante indeciso, el vencedor de este bronco debate fue el candidato del PP, por cuanto el PSOE sacrificó la oportunidad de estructurar un discurso seductor para este público en aras de la azarosa tarea de rescatar para su causa a los escasos electores que, ya situados en la órbita de Podemos, se molestaron en visionar sus ataques.

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