El cuento de Navidad de O. Henry: Modelo para armar

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William Sydney Porter, fe de errores.

Nacido en Greensboro (Carolina del Norte) en 1862, William Sidney Porter (o Sydney, como él prefirió escribir), más conocido como O. Henry, es uno de los mejores cuentistas americanos de siempre. Desde que su madre murió de tuberculosis cuando el chico apenas contaba tres años de edad, su vida conoció toda clase de vaivenes. Infortunado en el amor, alcohólico desde los veintidós años (el whisky fue siempre su más leal compañero) y aficionado a la lectura desde muy pronto, ejerció los más variopintos oficios: dependiente de drugstore, farmacéutico, trabajador en un rancho, ovejero, tendero, vendedor de puros, delineante, caricaturista, inventor, periodista, editor (fundó y dirigió la revista satírica The Rolling Stone), contable y cajero de banco, y por encima de todo escritor. Porter, que dominaba medianamente el español, fue también un notable guitarrista y cantante, que actuó con cierto éxito con su propio grupo, The Hill City Quarter, y tampoco desmerecía con la mandolina. En 1907, en uno de sus relatos sobre el «Salvaje Oeste», dio vida a su más popular personaje: Cisco Kid, un cruel forajido de la frontera, un asesino despiadado, un auténtico desperado que pronto se independizaría, dejando atrás su turbio pasado, y emprendería una larga y exitosa carrera como protagonista de programas de radio, series de televisión, películas y cómics, convertido ya en un legendario héroe mejicano.

 

De Olivier Henry a O. Henry 

En 1896, Will Porter fue despedido y posteriormente detenido y acusado de malversación por el First National Bank de Austin (Texas), para el que trabajaba de cajero, pero en lugar de afrontar una acusación de la que probablemente hubiera salido indemne, pues parece que tras ella solo había algunas irregularidades administrativas y una contabilidad caótica, prefirió huir a Honduras, país con el que no había tratado de extradición, al que en sus escritos de la época rebautizó como Anchuria y donde acuñó la expresión banana republic, que tendría un éxito instantáneo. Sin embargo, apenas unos meses después, enterado de que su esposa estaba agonizando, Porter decidió ir a darle el último adiós, lo que le supuso una condena de cinco años de cárcel, de los que cumplió más de tres en la penitenciaria de Columbus (Ohio). En ese tiempo escribió más de doscientos cincuenta relatos, posiblemente los mejores de su carrera, relatos que tras probar otros seudónimos, como Olivier Henry, empezó a firmar con un apelativo que tomó prestado del gato de un amigo con el que había convivido durante su estancia en Austin: O. Henry, con el que pronto adquiriría cierta notoriedad y que le serviría además de parapeto ante sus allegados (su hija, muy pequeña entonces, ni siquiera se enteró de que lo habían encarcelado). De la penitenciaría de Columbus, el recluso número 30 664 salió convertido en el verdadero escritor que siempre quiso ser y desde entonces destinó su vida a cultivar sus dos grandes aficiones: la literatura y el alcohol. Se trasladó a Nueva York, escenario favorito de sus ficciones, y, tras alguna experiencia previa (ya había publicado en el Houston Post y la McClure´s Magazine), siguió publicando sus historias cortas en diversos periódicos, como el New York World, en cuyo suplemento dominical colaboró asiduamente.

 

¿Truco o trato? Una trick story

Escritor de enorme talento, O. Henry no estaba, sin embargo, dotado para los formatos largos, lo que le convierte en precursor evidente de autores como Borges (que admiraba a O. Henry y decía de él «que se había leído el diccionario de la A a la Z»). Su especialidad eran las historias cortas con final truculento, en las que era un auténtico maestro. O. Henry es el máximo exponente de la trick story: siempre estaba dispuesto a darle a sus ficciones una vuelta de tuerca más, un giro en la trama que generalmente culminaba con un final sorpresivo, un twist ending, recurso que, por razones obvias, es más conocido como un O. Henry ending, un final a lo O. Henry.

Aparte de las vagas acusaciones de que sus personajes son planos y carecen de profundidad psicológica, de que hace un uso abusivo de la primera persona y de la presencia de un narrador omnisciente y de que la mecánica de sus historias es siempre la misma, la principal objeción que algunos críticos poco avisados ponen a la obra de O. Henry es su gusto desmedido por la paradoja como principal recurso literario. Sin embargo, para sus innumerables devotos, entre los que se cuenta este cronista, esta es precisamente su mayor virtud. Sea como fuere, la huella de O. Henry es palpable en la obra de J. D. Salinger, Truman Capote, Tom Wolfe, Raymond Carver… y, si me apuran, hasta Paul Auster (véanse «El cuento de Navidad de Auggie Wren» y The Red Notebook), escritores que tienen contraída una deuda indudable con su particular visión de la literatura.

La de O. Henry es una mirada desolada que se demora en la contemplación de las gentes que pueblan la Gran Manzana: desocupados, policías, oficinistas, empleadas de grandes almacenes, camareras…, gentes solitarias y anónimas que viven en apartamentos sórdidos y recorren la ciudad en silencio camino de sus trabajos miserables (hace tiempo ya que tendría que haber dicho que, tal vez, el mejor relato de O. Henry sea «The Skylight Room»). Una mirada que solo encontraría parangón, años más tarde, en los pinturas de Edward Hopper, que bebió de las mismas fuentes de inspiración. Su observatorio favorito eran los lobbies de los hoteles, en los que pasaba largas horas escrutando rostros, tratando de descubrir algún rictus que le ayudara a descubrir las historias que se ocultan tras ellos. El título de una de sus colecciones de relatos, The Four Million, hace referencia al número de habitantes que tenía Nueva York entonces, cada uno de los cuales era, en su opinión, merecedor de que su historia fuera contada.

 

Pete´s Tavern, segunda mesa desde la entrada

Erigida en el emplazamiento original del Hotel Portman, inaugurado en 1829, la Pete´s Tavern de Nueva York, que abrió sus puertas en 1851, reivindica para sí el título de establecimiento hostelero más antiguo de la ciudad, en reñida competencia con la taberna irlandesa McSorley´s, la White Horse Tavern, la Keen´s Steakhouse, The Old Town Bar, The Ear Inn y el café Fanelli. La taberna de Pete guarda entre sus paredes el recuerdo de personajes tan ilustres al menos como los de sus competidoras y anécdotas como las vividas durante la época de la Ley Seca, que la Pete´s Tavern logró sortear disfrazada de floristería. La taberna está ubicada un bloque al sur de Gramercy Park, en 129 East 18th Street, a apenas unos pasos del lugar donde O. Henry residió durante varios años, en el número 55 de Irving Place. Dice la leyenda que fue precisamente en este lugar donde O. Henry escribió «The Gift of the Magi», «en la segunda mesa desde la entrada», una especie de reservado con asientos de respaldo alto. Cuando, el 10 de diciembre de 1905 (el 21 según otras versiones), el editor del New York Sunday World envió a casa de O. Henry a su dibujante habitual, para ilustrar un relato cuya fecha de entrega ya había vencido (una constante en su vida), el escritor le pidió que dibujara a una pareja de jóvenes sentados en una habitación de paredes desnudas y después se fue a escribir su historia (la historia de esos jóvenes) a la taberna de Pete, de la que era asiduo y a cuyo dueño había hecho protagonista de uno de sus relatos: «The Lost Blend». Tres horas y una botella de whisky después, O. Henry envió a la revista el más conocido de sus relatos, un cuento de Navidad que acudió puntualmente a su cita con los lectores bajo el título de «Gifts of the Magi», en plural, que es el que he optado por conservar en la versión que se puede leer unas líneas más abajo.

 

Della y Jim «Dillingham» Young

Así que aquí tenemos por fin a Della y a Jim, la víspera de Navidad, a punto de asar las chuletas para la cena. A Della, «una esbelta muchacha cuyo maravilloso cabello castaño le llegaba hasta la rodilla, que de repente parecía haber adquirido el aspecto de una corista de Coney Island». Y a Jim, «un muchacho de apenas veintidós años que necesitaba un abrigo nuevo y no tenía guantes y ahora miraba a su esposa inmóvil como un setter acechando una codorniz». A Jim y Della, «dos jóvenes alocados que vivían en un piso de ocho dólares a la semana y que sacrificaron el uno por el otro, de la manera menos juiciosa que se pueda imaginar, los mejores tesoros de su hogar». No pocos autores sostienen que Della no es sino el trasunto literario de Athol Estes, la hermosa primera esposa de O. Henry, de modo que en buena lógica no sería muy descabellado pensar que Jim sería, entonces, el trasunto del propio escritor.

 

«The Gift of the Magi»: Instrucciones de uso

Desde el mismo momento de su publicación, la peripecia de los Dillingham Young ocupó un lugar preeminente en la historia de los cuentos de Navidad y Jim y Della pudieron compartir estantería con otros conocidos personajes de ficción que vagan eternamente por sus mundos de papel, condenados por sus autores (los hermanos Grimm, Tolstói, Chejov, Stevenson, Washington Irving, Saki…) a vivir un cuento de Navidad perpetuo; personajes como el resabiado Mr. Scrooge, el esquivo Auggie Wren o la infeliz cerillera sin nombre de Andersen. Y, como no podía ser de otra manera, «El regalo de los Reyes Magos» pronto traspasó fronteras literarias y culturales para cobrar nueva vida en películas, no solo americanas, sino también polacas, griegas, indias, francesas, mejicanas y búlgaras; en episodios de televisión de Mickey Mouse, los Simpsons, «Rugrats», «Futurama» y «My Little Pony» y en adaptaciones musicales de toda suerte, sin desdeñar géneros como el twist y el punk-rock. Una de las más curiosas de estas recreaciones es «Full House», una película de episodios en la que Marylin Monroe tiene un pequeño papel, cuyo improbable narrador es John Steinbeck.

 

Un O. Henry ending

Como Borges, O. Henry cometió el peor pecado que un hombre puede cometer: No ser feliz. De modo que su biografía acabó por encontrar su propio twist ending, el final infeliz y tal vez no tan inesperado que acabó por convertir su vida (y su muerte) en, esta vez sí, su última trick story. No puede ser solo fruto de la casualidad que el último relato que O. Henry firmara fuera «Let Me Feel Your Pulse»:

«So I went to a doctor:

«How long has it been since you took any alcohol into your system?» he asked.

Turning my head sidewise, I answered, «Oh, quite awhile.» (…)

 

William Sydney Porter, más conocido como O. Henry, murió de cirrosis hepática el 5 de junio de 1910, a los cuarenta y siete años de edad, abandonado por su segunda mujer y con solo veintitrés centavos en el bolsillo, un dólar y medio menos que el dinero de que disponía James «Dillingham» Young para el regalo de Navidad de Della, un dólar y medio menos que el dinero de que disponía Della para el regalo de Jim.

O. Henry murió de cirrosis hepática el 5 de junio de 1910, a los cuarenta y siete años de edad, abandonado por su segunda mujer y con solo veintitrés centavos en el bolsillo, pero no sin antes habernos dejado el mejor regalo de Navidad que se pueda imaginar:

 

Regalos de Reyes (The Gift of the Magi)

O. Henry

Un dólar ochenta y siete centavos. Eso era todo. Y de aquellos centavos, sesenta en céntimos. Centavos ahorrados de uno en uno y de dos en dos, regateando con el tendero, el frutero y el carnicero, para luego sonrojarse ante la muda acusación de tacañería que suponían tales regateos. Della contó el dinero tres veces. Un dólar ochenta y siete centavos. Y era la víspera de Navidad.

No quedaba más remedio que dejarse caer en el pequeño y raído sofá y echarse a llorar. Y eso es lo que hizo Della. Lo que nos lleva a la reflexión de que la vida está hecha de sollozos, sonrisas y suspiros, con predominio de estos últimos.

Mientras la señora de la casa va pasando gradualmente de uno a otro de esos estados de ánimo, echemos una ojeada a su hogar. Un piso amueblado de ocho dólares a la semana. No llegaba su pobreza al punto de ser extrema, pero no cabe duda de que la palabra «privaciones» formaba parte de aquel escenario.

En el vestíbulo de la planta baja había un buzón que no recibía correo alguno, y un timbre del que ningún dedo humano lograba arrancar un solo sonido. También había una tarjeta con el nombre de «Mr. James Dillingham Young».

El «Dillingham» había salido a la luz durante un período anterior de prosperidad en el que su propietario ganaba treinta dólares a la semana. Ahora que su sueldo había encogido hasta los veinte dólares, las letras de «Dillingham» aparecían borrosas, como si estuviesen considerando seriamente la posibilidad de reducirse a una modesta «D» sin pretensiones. Pero a mister James Dillingham Young, cuando llegaba a casa, mistress James Dillingham Young, ya presentada a ustedes como Della, le llamaba Jim y le abrazaba estrechamente. Y eso era maravilloso.

Della dejó de llorar y se empolvó las mejillas. Se colocó junto a la ventana y se dedicó a contemplar melancólicamente a un gato gris que se paseaba por una tapia gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad, y no tenía más que un dólar ochenta y siete para comprarle un regalo a Jim. Se había pasado meses ahorrando todo lo que podía para llegar a aquel resultado. No se puede ir muy lejos con veinte dólares a la semana. Los gastos habían sido mayores de lo previsto. Siempre lo son. Solo un dólar ochenta y siete para comprarle un regalo a Jim. A su Jim. Se había pasado muchas horas embobada, pensando en algo adecuado para él. Algo delicado y original, algo que, siquiera remotamente, fuera digno de él.

Había un espejo de cuerpo entero, muy estrecho, entre las dos ventanas del cuarto. Es posible que hayan visto ustedes espejos de esa clase en pisos de ocho dólares. Una persona ágil y delgada puede, observando su imagen en una rápida secuencia de franjas longitudinales, obtener una idea aproximada de su aspecto. Della, como era muy esbelta, había logrado dominar ese arte. De repente se apartó de la ventana y se puso frente al espejo. Tenía los ojos muy brillantes, pero en unos segundos su rostro perdió el color. Con un gesto rápido se soltó el pelo y lo dejó caer en toda su longitud.

En fin, había dos cosas que los Dillingham Young tenían en alta estima. Una era el reloj de oro de Jim, un reloj de bolsillo que había pertenecido a su padre y a su abuelo. La otra era el pelo de Della. Si la reina de Saba hubiese vivido en el piso de enfrente, Della habría dejado caer su pelo por la ventana para secarlo al aire, solo para que a su lado palideciesen las joyas y adornos de Su Majestad. Y si el rey Salomón hubiera sido el conserje, con todos sus tesoros amontonados en el sótano, Jim habría sacado su reloj cada vez que pasara por delante de él, solo por el placer de verle palidecer de envidia.

Pero, como iba diciendo, el maravilloso pelo de Della le caía en aquel momento por los hombros, ondulado y brillante, envolviéndola como una cascada de color castaño. Le llegaba por debajo de la rodilla y casi le podría haber servido de vestido. Y entonces se lo volvió a recoger con un movimiento rápido y nervioso. Tuvo un instante de desfallecimiento y se quedó inmóvil mientras un par de lágrimas salpicaban la raída alfombra roja.

Se enfundó una vieja chaqueta marrón y un viejo sombrero del mismo color, y con un revuelo de faldas y aquel brillo todavía fijo en sus ojos, salió apresuradamente de la habitación y bajó las escaleras hasta llegar a la calle. Se detuvo ante un cartel que decía: «Madame Sofronie. Se compra pelo de todas clases». Della corrió escaleras arriba y se detuvo después del primer tramo para recobrar el aliento. Madame, grande, glacial y muy pálida, apenas se merecía el «Sofronie».

– ¿Querría usted comprar mi pelo? —preguntó Della.

– Compro pelo —dijo madame—. Quítate el sombrero y veamos qué aspecto tiene.

La catarata de bucles de color castaño cayó suelta.

– Veinte dólares —dijo madame, levantando la mata de pelo con mano experta.

– Démelos en seguida —dijo Della.

¡Ay, las dos horas siguientes pasaron volando con alas rosadas!, olviden esta manida metáfora. Della se dedicó a revolver las tiendas de arriba abajo, buscando un regalo para Jim.

Por fin lo encontró. Sin ningún género de duda, ha­bía sido hecho para él y ­solo para él. No había encontrado nada semejante en ninguna otra tienda, y las había puesto todas patas arriba. Era una cadena de reloj de platino, de diseño sobrio y sencillo, que, como todas las cosas buenas, proclamaba su valor sin estridencias, por su propia esencia y no mediante artificios barrocos. Era digna, incluso, de «el reloj». En cuanto la vio supo que tenía que ser de Jim. Le cuadraba a la perfección. «Sobriedad y valía» era una descripción que le podía ser aplicada a ambos. Le cobraron por ella veintiún dólares, y corrió a casa con los ochenta y siete centavos restantes. Con aquella cadena en el reloj Jim podría mostrarse ansioso por consultar la hora en presencia de cualquiera sin avergonzarse. A pesar de que su reloj era magnífico, a veces lo miraba a hurtadillas a causa del viejo cordón de cuero que usaba en lugar de cadena.

Cuando Della llegó a casa, su excitación dio paso a una cierta dosis de calma y sensatez. Cogió las tenacillas del pelo, encendió el fuego, y se puso a reparar trabajosamente los estragos causados por la generosidad y el amor. Lo que supone siempre una ardua tarea, queridos amigos, una tarea titánica.

Cuarenta minutos más tarde, la cabeza de Della estaba cubierta de pequeños y apretados rizos que le daban un cándido aspecto de colegial haciendo novillos. Se miró en el estrecho espejo con detenimiento.

– Si Jim no me mata antes de mirarme dos veces —se dijo para sus adentros—, dirá que parezco una corista de Coney Island. ¡Pero qué podía hacer! ¡Qué demonios podía hacer con un dólar ochenta y siete centavos!

A las siete en punto, el café estaba hecho y la sartén puesta al fuego, lista para freír las chuletas. Jim nunca llegaba tarde. Della deslizó la cadena en la palma de su mano y se sentó en el extremo de la mesa más cercano a la puerta por la que él estaba a punto de entrar. Entonces oyó sus pasos subiendo el primer tramo de escaleras y palideció por unos instantes. Tenía la costumbre de rezar en silencio pequeñas oraciones por las cosas más nimias, y en aquel momento musitó: «Por favor, Dios mío, hazle creer que todavía soy guapa».

Jim entró en la habitación cerrando la puerta tras de sí. Tenía un aspecto serio y fatigado. ¡Pobre muchacho, apenas tenía veintidós años y ya tenía que soportar el peso de una familia! Necesitaba un abrigo nuevo y no tenía guantes.

Jim se quedó junto a la puerta cerrada, inmóvil como un setter acechando a una codorniz. Tenía los ojos clavados en Della, y había en ellos una expresión que ella no pudo entender y que la asustó. No era de ira, ni de sorpresa, ni de desaprobación, ni de espanto, ni de ninguno de los sentimientos para los que estaba preparada. Se limitaba a mirarla fijamente con aquella expresión tan peculiar en el rostro.

Della se levantó y fue a su encuentro.

– Jim, querido —exclamó—, no me mires de ese modo. Me he cortado el pelo y lo he vendido porque no quería que pasaran las Navidades sin hacerte un regalo. Me volverá a crecer, no te importa, ¿verdad? No tenía más remedio que hacerlo. El pelo me crece muy deprisa. ¡Deséame feliz Navidad y seamos felices, Jim! ¡No sabes qué regalo tan bonito te he comprado!

– ¿Te has cortado el pelo? —preguntó Jim trabajosamente, como si a pesar de sus esfuerzos, aún no se hubiese dado cuenta de algo tan evidente.

– Me lo he cortado y lo he vendido —contestó Della—. ¿No te gusto igual de todos modos? Sigo siendo yo sin mi pelo, ¿no?

Jim miró a su alrededor con curiosidad.

– ¿Dices que tu pelo ya no está? —preguntó con expresión confusa.

– Es inútil que lo busques —dijo Della—. Lo he vendido, ya te lo he dicho. Es Nochebuena, cariño. Sé bueno, porque lo he hecho por ti. Tal vez mis cabellos estuviesen numerados—prosiguió con repentina seriedad y dulzura, pero nadie podrá contar jamás mi amor por ti. ¿Quieres que haga ya las chuletas, Jim?

Jim pareció salir rápidamente del trance. Abrazó a su Della. Durante diez segundos miremos con aire circunspecto en otra dirección, hacia algún objeto irrelevante. ¿Qué diferencia hay entre ocho dólares a la semana o un millón al año? Un matemático o un sabio os darían una respuesta equivocada. Los Reyes Magos trajeron regalos valiosos, pero ese no estaba entre ellos. Esta oscura afirmación cobrará luz más adelante.

Jim sacó un paquete del bolsillo del abrigo y lo arrojó sobre la mesa.

– No vayas a malinterpretarme, Della —dijo—. No creo que haya corte de pelo, ni teñido, ni lavado en este mundo capaz de lograr que mi chica me guste siquiera un poco menos. Pero si abres ese paquete comprenderás por qué al principio me he quedado sin habla.

Dedos blancos y ágiles rasgaron la cinta y el papel. Y entonces se oyó un grito de júbilo, y luego hubo un repentino cambio de humor muy femenino a las lágrimas y los gemidos histéricos, que requirieron de todos los poderes consoladores del señor de la casa.

Porque allí estaban «las peinetas», el juego de broches para el pelo por el que Della había estado suspirando durante largo tiempo, tras descubrirlos en un escaparate de Broadway. Preciosos prendedores de puro carey, con incrustaciones de brillantitos en los bordes, justo del tono que mejor le iba a su precioso pelo desaparecido. Eran broches caros, y ella lo sabía, y los había deseado con toda su alma y había suspirado por ellos sin la menor esperanza de llegar a poseerlos algún día. Y ahora eran suyos, pero la melena donde podrían haber lucido aquellos codiciados adornos había desaparecido.

A pesar de todo, los puso en su regazo, y por fin fue capaz de levantar la mirada con los ojos sombríos y una sonrisa en los labios:

– ¡Jim, el pelo me crece tan deprisa!

Y entonces Della se levantó de un salto como un gato escaldado y suspiró. Jim no había visto todavía su magnífico regalo. Ella se lo mostró apasionadamente sobre la palma de su mano. El pálido metal precioso pareció resplandecer como si reflejase el espíritu ardiente de Della.

– ¿No te parece elegantísima, Jim? He recorrido toda la ciudad para encontrarla. Ahora tendrás que mirar la hora cien veces al día. Dame el reloj. Quiero ver cómo queda.

En lugar de obedecer, Jim se dejó caer en el sofá, puso las manos detrás de la nuca y sonrió.

– Dell —dijo—, vamos a coger nuestros regalos de Reyes y guardarlos durante un tiempo. Son demasiado bonitos para usarlos ahora. He vendido el reloj para conseguir el dinero para comprarte los broches. Y ahora, ¿qué te parece si ponemos las chuletas al fuego?

Los Reyes Magos, como todos ustedes saben, eran hombres sabios, maravillosamente sabios y juiciosos, que llevaron regalos al Niño Jesús en el pesebre. Ellos inventaron el arte de hacer regalos de Reyes. Y como eran sabios, sus regalos debían de ser sabios también, y probablemente se podían cambiar en caso de no ser adecuados.

Y aquí les he contado torpemente la insignificante historia de dos jóvenes alocados que vivían en un piso de ocho dólares y que sacrificaron el uno por el otro, de la manera menos juiciosa que se pueda imaginar, los mejores tesoros de su hogar. Pero si me permiten unas últimas palabras, no quiero dejar de decir que de todos los que alguna vez han hecho un regalo, estos dos y todos los que hacen lo mismo que ellos hicieron, son precisamente los más sabios. Porque ellos son los verdaderos Reyes Magos.

(Versión española de J. A. Lago)

 

Los O. Henry Awards

Desde que, en 1919, Doubleday pusiera en marcha el premio de relatos que lleva el nombre de O. Henry, reservado exclusivamente a relatos en inglés publicados en revistas norteamericanas o canadienses, este ha recaído en autores de la talla de Dorothy Parker, Irvin Shaw, Truman Capote, William Faulkner, John Cheever, Flannery O’ Connor, Eudora Welty, Bernard Malamud, Joyce Carol Oates, Saul Bellow, John Updike, Raymond Carver, Stephen King y Woody Allen, algunos de los cuales albergan en sus vitrinas hasta dos o tres galardones e incluso más, como es el caso de Cynthia Ozick. Tras su entente cordiale con el PEN American Center, en los últimos años el premio se ha seguido concediendo, con uno u otro nombre, a algunos de los escritores más relevantes de las nuevas generaciones, como Chimamanda Ngozie Adichie, Sherman Alexie, Alice Munro, Junot Díaz y Marc Haddon.

 

S. Aguja de marear

Si una busca información acerca de «The Gift of the Magi», el más celebrado relato de O. Henry, en la Wikipedia o en cualquiera de los sitios que Internet alberga como reservorios de saberes inútiles, tiendas de antigüedades, almonedas, almacenes de objetos extraviados o depósitos de cadáveres, no encontrará verdades incuestionables ni información fiable alguna, sino el consabido batiburrillo de suposiciones, leyendas, historias apócrifas, errores, mentiras y medias verdades; datos que, con total seguridad, no arrojarán mayor luz sobre sobre el asunto pero que al menos le facilitarán las herramientas para desarrollar su propia visión sobre el mismo. Y, claro está, cuando mi editor me envió ayer un whatsapp perentorio, recordándome que el plazo de entrega de esta historia estaba a punto de expirar, este fue precisamente el método que elegí para tenerla a tiempo, un rompecabezas, un cubo de Rubik, una aguja de marear cultos, un artefacto literario multiusos que me ayudara a abordar, en perfecto desorden alfabético, la vida y milagros de William Sydney Porter, como modesto regalo de Reyes para los lectores.

 

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