En cuanto al arte contemporáneo Nadia no era una entendida precisamente. Había entrado en aquel museo un poco por casualidad y a la buena de dios: allí podría hacer tiempo hasta que su hermana saliera del trabajo y, ya de paso, aprovechar para resguardarse de la lluvia. En la tienda de souvenirs compraría algún regalo para su marido. Eso justificaría que también había pensado en él durante aquel viaje.

El museo estaba completamente vacío. Quedaba poco más de media hora para que cerraran las puertas al público. Un guardia de seguridad iba siguiéndola a medida que ella avanzaba por las estancias, y le sonreía cada vez que cruzaban la mirada, aunque no le resultó simpático. A Nadia le fastidiaba su exceso de celo en la vigilancia, su escaso metro setenta y el aire engolado con que anunciaba la colección de cada una de las salas.

–Antonio Saura. Aquí tiene su obra Brigitte Bardot.

O más tarde:

–Informalismo. Grupo El Paso.

Nadia solicitó amablemente al guardia que la disculpara, pero que consultaría la guía que había cogido en la entrada cuando ella lo considerase oportuno, y que agradecía su buena intención, pero que por el momento prefería tan sólo pasear y contemplar las obras, sin necesidad de referencias adicionales de cualquier tipo. El guardia asintió con la cabeza y dejó de perseguirla en el instante. Estaba claro que había quedado herido en su orgullo y que su verdadera vocación no era la de vigilante.

Nadia se felicitó entonces por habérselo quitado de encima. Luego se sentó frente a un cuadro que le resultó agradable al fondo de una sala completamente vacía, al final del último pasillo. Era algo parecido a un paisaje después de la tormenta, aunque no estaba realmente segura.

Frente a aquel cuadro pensó en la receta que le había dado su hermana para hacer roscos de vino; en el truco del vaso y el dedal para darle forma a la masa, y en que había que humedecerla poco a poco para que quedaran jugosos y se pegase mejor el azúcar; pensó luego en la gotera de su cocina y después en el vecino del piso de arriba; después pensó en la hija del vecino de arriba y en su novio motorista; más tarde en el accidente de coche de su amiga Lucía y en la póliza de su seguro; luego en el joven becario de su oficina bancaria –era apuesto aunque un poco bajito para su gusto–, y después volvió a pensar en la gotera de su cocina y en el vecino de arriba y en su hija y en el novio motorista… Finalmente quedó un poco abstraída, tal vez con la mente en blanco.

Miró el reloj. Después volvió a prestar atención al cuadro, que parecía haber cambiado de aspecto de repente. Lo recordaba con varias notas de color, pero ahora sólo distinguía en él matices del gris al negro sobre un enorme lienzo amarillento. Nadia pensó que debía haber almorzado algo más que una botella de agua y una manzana; eso era lo único que se había echado al estómago desde que salió de casa de su hermana a primera hora del día. Así, donde al principio divisaba las flores de un paisaje tras la tormenta, ahora tan sólo podía ver una bandeja de roscos de vino. Eran irregulares, y parecía que el pintor no utilizó el truco del vaso y el dedal para darles forma. Pero ahí estaban. No le cabía la menor duda. Nada de flores: auténticos roscos de vino.

Nadia entonces se sonrió. No estaba hecha para el arte moderno. Buscó el nombre de la obra en la guía para el visitante, pero no logró encontrarla. Estaba en la sala Z. Sí, eso al menos quedaba claro: recordaba el cartel enorme que había en la entrada de aquella estancia, pero no había ninguna otra indicación en el folleto. Exposición itinerante, era lo único que decía. El vigilante tal vez pudiera aclararle cuál era el nombre de su autor, pero lo había espantado con cierta insolencia cuando él sólo trataba de ser amable. De modo que su curiosidad tendría esperar. Tal vez indefinidamente.

El vigilante la aguardaba en el pasillo con las manos cruzadas en la espalda. Después la escoltó hasta la salida del museo, manteniendo una distancia prudente.

–Disculpe. ¿Sabe usted el nombre de la pintura que me quedé mirando?

–No comprendo.

–Sí, la pintura que hay en la sala Z, al final del pasillo.

–Señora, la sala Z está destinada a las exposiciones itinerantes. Hace un mes que terminó la última y no hay previsto nada hasta dentro de un par de meses. Los recortes, ya se imaginará usted. Creí que había entrado sólo para sentarse y descansar las piernas.

Nadia salió entonces del museo, sin reparar tal vez en que la lluvia ya había cesado.

Una tormenta de verano.

Un paisaje colorido tras la tormenta.

 

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Julio Fuentes González nació en Linares, Jaén, en 1976. Es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Córdoba y ha publicado relatos en diversas revistas literarias. En el año 2000 publicó Una cucharilla partida por el agua en la editorial Círculo de Lectores, en volumen conjunto con la obra Manaos de Alberto Vázquez-Figueroa, siendo seleccionado para este proyecto de la mano de Sergio Gaspar y Silvia Sesé. Es técnico superior en prevención de riesgos laborales y ha desarrollado una intensa actividad sindical. En la actualidad está finalizando Perímetro Flexible, su primera novela.

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