Judah Ben-Hur, como figura de la Historia del Cine –ahora siempre con mayúsculas- mercadeando por las parrillas de Semana Santa y las reposiciones nostálgicas, las enciclopedias y los listados de la crítica. También con el rostro pegado sobre la piel de Charlton Heston, el rostro entristecido con sabor a pólvora del anciano enganchado a los chutes de la NRA y el rifle ensangrentado en lo alto. La Historia siempre titubea, y entre anunciar la paz y proclamar la guerra apenas hay un dulce, inapreciable paso de baile.

Judah Ben-Hur, que de puro reverenciado por un sector de la cinefilia se fue apolillando progresivamente hasta importar nada o casi nada, pregunta del Trivial o curiosidad perdida entre las versiones de Sidney Olcott y la de William Wyler. La carrera de cuadrigas reaparecía a veces citada en La amenaza fantasma (The phantom menace, George Lucas, 1999), y se saltaba del Peplum –que podía ser, a veces, un género religioso, esto es, sagrado- a vender las palomitas rancias y los muñecos de plástico, cómpreme usted este R2D2 que no vale más que un real.

Sin embargo, los relatos fundacionales –los que hablan de perdón, o los que exigen una revolución política contra fuerzas invasoras, o los que ponen en jaque la violencia como herramienta de control de la ciudadanía- tienden a resucitar. Hay un plano asombroso al final del último Ben-Hur en el que se pasa, en un único movimiento de cámara, de las tres cruces tomadas a contraluz al circo romano en un gesto descendente sin interrupciones. Ahí está toda la película y su contradicción: vender espectáculo y afrontar su naturaleza emancipadora. Provenir de una lógica aparentemente neoconservadora para acabar proponiendo el mismo relato que mantiene a los hombres de pie: el de la reivindicación del poder humano para dotar de dignidad su breve paso por este territorio.

De ahí que el remake de Ben Hur –que ha sido castigado con la peor campaña de marketing que uno recuerda haber visto en años- no haya resultado únicamente ser una buena idea, sino que además es impresionantemente honesto en su humildad frente a sus predecesores y frente a lo que ocurre en el resto de la salas. La cinta es incuestionablemente pequeña, depura el relato casi hasta dejarlo en los huesos, sacrifica los artificios para colocar en el centro esos dos operadores textuales: el circo y el calvario. El lugar del espectáculo que se convierte en emancipación y el lugar de la muerte que se convierte en fundamentación. Y entre medias, la cámara.

Y es que si, pongamos por caso, Mel Gibson no dudaba en el momento de la crucifixión en poner su cámara en la posición de Dios durante toda la película –su cinta se vendió, no lo olvidemos, como un texto obligatoriamente sagrado-, Timur Bekmambetov quiere quedarse pegado a su personaje. Arrodilla el punto de vista, mantiene el encuadre a ras de suelo y cerca del rostro del protagonista. Judah Ben-Hur es arrancado de esa lógica del discurso total (el discurso teológico definitivo, sancionado por la cámara que se convierte en Iglesia y viceversa) y se convierte en la piel, el cuerpo, el espacio virtual del espectador. Semejante humildad enunciativa después de la carrera de cuadrigas resulta incomprensible pero también liberadora: del espacio del héroe al espacio del hombre. Del espacio del que se sabe triunfal al espacio del que comprende, simplemente, que está condenado a la espera y a la esperanza.

Ben-Hur, en su poderoso crescendo final, nos exige una incredulidad que está más allá de lo que el espectador del año 2016 –año que aparece escrito incluso en los títulos de crédito del film, como si alguna confusión fuera posible- está dispuesto a ofrecerle. Nos exige retornar al territorio de la posibilidad misma de la concordia, nos exige retornar al mito, nos fuerza –parece feo incluso decirlo- a arrodillarnos como se arrodilla la cámara misma de Bekmambetov. Se trata de un peaje que no estamos acostumbrados a pagar nosotros, que solemos entrar a la sala de cine con la soberbia de haber pagado nuestros nueve euros, que no es poco. Y créanme: eso no se lo van a perdonar.

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