Pensaba que sería de otra manera. Ni mejor ni peor. Sólo que de otra forma. Por otra parte, los nervios son inevitables porque el instinto de supervivencia nos ataca todos los sentidos. Se activan todas las alertas. Pero merece la pena hacerlo.

El suelo quedaba tan lejano que morir no se te pasaba por la mente

Saltar desde una avioneta en paracaídas ha sido una de las mejores experiencias en lo que llevo de vida. Con un monitor a mi espalda, que como profesional estaba preparado para realizar el salto, me sentía cómoda y no tuve miedo en ningún momento. Sólo cuando dejamos el avión atrás.

Los campos sevillanos quedaban aún a miles de metros de distancia, era la sensación de plena libertad lo que en realidad me asustó. Nunca antes nadie me había regalado tanta libertad de golpe. Y el suelo quedaba tan lejano que morir no se te pasaba por la mente. Antes de subir al avión claro que sí.

Te crecías a esas alturas. Y te sientes tan poderoso que no recuerdas la vida en la tierra. Estás por encima de todas las guerras, de todos los malentendidos y el odio, de la sinrazón y la locura. Te codeas con las nubes y te entregas a las leyes de la gravedad más que en ningún otro momento de tu vida.

Los oídos te pitan y el estómago se revuelve un poco pero tiene lógica pagar ese precio por las alas que momentáneamente imaginas poseer. Fue como vivir una vida dentro de esta vida, prepararse, aprender a saltar, colocarse las herramientas, y llegado el momento lanzarse con todas las ganas para ser feliz.

“La vida no debería ser un viaje hacia la tumba con la intención de llegar a salvo con un cuerpo bonito y bien conservado, más bien llegar derrapando de lado a lado, entre una nube de humo, completamente desgastado y destrozado, y proclamando en voz alta: ¡Uf!¡Vaya viajecito!” Hunter S. Thompson.

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