Termina un año en el que la ciudadanía ha asistido, entre preocupada e indiferente, a un vacío de gestión de las cosas públicas provocado por la eclosión del bipartidismo, hecho trizas a causa de la crisis económica y la corrupción de la clase política y la consecuente irrupción en el mapa político de unas fuerzas emergentes que, aunque no han servido para otorgar mayorías a un lado y otro del arco político, han supuesto una renovación del panorama partidario español.

Después del rodaje pre-parlamentario, con un gobierno en funciones que no se dejaba controlar, se acaba de inaugurar ahora una legislatura con acuerdos entre el Gobierno y el partido que lo apoya y Ciudadanos y el PSOE, tanto alternativa como conjuntamente.

Y en ese parlamento, las fuerzas emergentes no actúan de la misma manera. Como decía Stephan Zweig en su Erasmo de Rotterdam: “A la masa siempre le resulta más accesible lo concreto y tangible que lo abstracto. Por eso en política las consignas que más partidarios encuentran son las que proclaman un enfrentamiento en vez de un ideal, un antagonismo cómodamente comprensible y manejable contra alguna clase, raza o religión, pues es en el odio allí donde más fácilmente prende la llama criminal del fanatismo”.

En esa tarea de encontrar un enemigo fácil, Podemos ha conseguido sublimar todos los males del país en su referencia a “la casta”, un ambiguo pero poderoso argumento que es posible estirar o reducir según les convenga. Convierten así la lucha legítima por el poder en una especie de asalto y su ejercicio en una “okupación” -con k- que les permita arrojar del espacio público a esa casta que adquirirá las proporciones que ellos mismos decidan en cada momento.

Es relativamente fácil la movilización de las masas desde esos procedimientos. Más complicado resulta galvanizar a las gentes desde los ideales. La apelación a una vaga regeneración democrática, que es un ideal por el que la sociedad española viene porfiando con escasos intervalos desde la pérdida de nuestras últimas colonias en 1898, carece de la fuerza de la narrativa que aportan los de Pablo Iglesias. La casta enemiga, como los judíos para los nazis, es un concepto evocador al que cada uno pondrá los apellidos que mejor les convenga. Y la lista puede no ser corta: la derecha del PP y sus eventuales acompañantes; el PSOE de la cal viva y de las puertas giratorias; los banqueros; los empresarios del IBEX y asimilados o asimilables; los que consideran que la propiedad es un derecho; los sedicentes nostálgicos de la unidad de España; los enemigos a ultranza del terrorismo, incluidas sus víctimas; los que objetan al discurso nacionalista o, entrando en el ámbito de la moral, los católicos reaccionarios, los belenistas en Navidad o los que piensan que no es admisible el tocomocho de presentar la cabalgata de los Reyes Magos como el desfile del solsticio de invierno.

Animo a mis eventuales lectores a que engrosen ese listado con otras posibilidades. El que se deriva de la regeneración democrática no es seguramente menor. Tiene entre sus integrantes a la corrupción, el despilfarro y la partitocracia, una tríada que se ve acompañada por asuntos tan poco baladíes como el desaforamiento de los políticos y de otros segmentos de la sociedad, la dimisión de los cargos públicos investigados, la elección de los representantes en las instituciones parlamentarias por listas abiertas y no bloqueadas, la profundización de la proporcionalidad del sistema para que cada ciudadano disponga del mismo derecho de elección, la eliminación del Senado, la independencia del poder judicial, la supresión de las Diputaciones, la fusión de Ayuntamientos, la drástica reducción de las empresas públicas

Un listado amplio, pero al que le falta el elemento del enemigo al que enfrentarse. Un enemigo que en verdad no existe, y si existe se encuentra en nosotros mismos, en nuestro apego a mantener incólumes las cosas que existen aunque seamos conscientes de la necesidad de su reforma, quizás a causa de que algunos hábitos han cuajado entre nosotros como una especie de segunda piel. El sistema no funciona, pero es lo que hay y nos hemos acostumbrado a él.

Y a esas fuerzas atávicas es difícil combatir. Más fácil es crear un chivo expiatorio al que culpar de todos nuestros males.

Pero nadie dijo que la tarea política fuera cosa sencilla.

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