El caso Honda-McLaren

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Se acerca el tigre que ama humedecerse la lengua con los charcos de agua, gasolina y aceite que se forman espontánea e involuntariamente en los garajes donde duermen las bestias mecánicas de cuatro ruedas. Paladea y husmea. Escucha también. Cómo intenta rugir, pero apenas maúlla, el motor de la fiera de piel naranja, la pretendida fiera mclaren. Suena fatal. ¿Qué ha sucedido? Es difícil de creer. Difícil incluso de entender.

La historia comienza más de dos años atrás. Ron -el hombre, no la bebida- Denis, el viejo domador de bestias, quiere que sus criaturas vuelvan a ganar carreras, vuelvan a deslumbrar. La solución es cambiar a sus animales mecánicos el corazón. Un corazón honda, piensa Ron El Hombre (no la bebida) las hará volver a brillar, a -sin separarse del suelo- volar.

Y da un golpe en la mesa. Se pone en contacto con los fabricantes japoneses de corazones. Aprovecha el descontento con los caballitos rampantes del piloto más poderoso del circo. Ya lo tuvo Ron El Hombre una vez bajo su mando y se le escapó sin conseguir siquiera un nuevo campeonato mundial. Dinero, hay mucho dinero en el aire, hermoso dinero japonés que hará pase sus manos para utilizarlo a placer. “Sabré esta vez” se jura a sí mismo “sacar el máximo partido de Fernando Alonso. Y vamos a ganar”.

Los sueños y los proyectos, tantas veces diferentes a lo que finalmente se consigue en realidad. Un motor que no ruge sino maúlla, el coche más… lento, en lugar del más rápido. Y hasta su cabeza, la cabeza de Ron El Hombre, es cortada de un tajo por el Gran Dinero, y cuando cae al suelo le propina una patada despectiva y manda la testa al limbo de donde -salvo suceda un milagro- ya no regresará.

El tigre se yergue sobre sus patas traseras para convertirse en el piloto número 21 una vez más. Y se sube al coche. Para él todo es posible. Es un espíritu, un alma pura, sólo los elegidos pueden verlo, detectar lo que hace, dice o piensa. Ahora a bordo del honda-mclaren, cambiando el orden de las palabras en su corazón con la esperanza de una generosidad del destino o del azar.

Corre por Mónaco, Abu Dhabi, Nurburgring, Silverstone… y todos los demás. El piloto número 21. Escuchando con su finísimo oído de tigre, utilizando sus reflejos de felinos superior. Y en todos los circuitos sucede lo mismo. La bestia naranja se comporta con torpeza, amén de nula docilidad.

No parece que pueda haber una solución. El motorista responsable del desastre, el hombre de ojos rasgados y gran autocontrol que responde por Hasegawa, no logra estar a la altura de las circunstancias. Ha escuchado el piloto número 21, con sus oídos de tigre, que los de Woking han entrado en contacto con un viejo y prestigioso ingeniero -ex Mercedes, ex Renault- para que le eche una mano al japonés. Se trata de Mario Illen.

Suena a movimiento histérico y desesperado. Igual que lo del motor Alfa Romeo, que sería en verdad un motor Ferrari, apoyándose en que la factoría Fiat es ahora dueña del equipo que hasta hace unos meses comandaba Ron El Hombre. Rumores, tonterías. Ganas de engañar a propios y extraños, permitir que siga existiendo el sueño que, sin solución, se deshilacha.

Menea la cabeza el piloto número 21. A corto plazo la historia pinta tan mal como las dos temporadas anteriores. Aunque es algo no demasiado grave para un robot o para un conglomerado; los negocios y las máquinas, si hay dinero que los alimente, pueden esperar y esperar. No así los seres humanos.

A Fernando Alonso le han salido ya arruguitas alrededor de los ojos. Y no es sólo la edad. La tensión puede perjudicar a la piel más que el paso del mismísimo tiempo.

Se agacha el piloto número 21. No hay mucho más que probar o mirar en las cuevas donde duermen los honda-mclaren. Vuelve a su condición de animal salvaje, enseguida será otra vez una sombra y desaparecerá hasta dentro de unos días, en Shangai.

Piensa en Fernando Alonso, su alma favorita entre cuantas animan el antaño llamado circo Ecclestone y ahora circo Zak. Le buscará en sueños durante los próximos días para transmitirle un mensaje: mantente en forma, no pienses en tu teórica edad, sigues siendo el más poderoso y si aguantas y no te rindes, fundido con una u otra bestia de electricidad y metal volverás a ser campeón del mundo. Aguanta y alimenta tu leyenda que, incluso en estos momentos duros y difíciles, crece y crece.

Da un lametazo más el tigre a un charco de aceite de su marca favorita, cada vez más oscuro y menos sólido su cuerpo…, ya sólo una sombra que enseguida desaparecerá.

 

(continuará)

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