Foto de Daniel Fénix.

Es un lugar delicioso; siempre que voy acabo enredado en conversaciones agradables, escuchando vieja música que disfruto y conozco, o nueva música que descubro: y me alegro y me asombro. A veces pido una copa o un oporto, otras una bebida isotónica o un refresco. Puedo quedarme en la barra o subir al altillo desde donde se ven la noche y las estrellas; aunque en ocasiones salgo a la terraza principal y me asomo, o no, a la barandilla, desde donde puede verse la plaza, bulliciosa o desierta según el momento.

Hablo del Bar de Iñaki, que está en el mismo lugar exacto donde había otros bares: el Loft, el MaiThai… pero que desde luego ya no es el mismo, aunque el segundo nombre aún figura en el cartel que mira a la plaza: MaiThai. Ya casi nadie lo llama así.

-Nos vemos en lo de Iñaki, en el Bar de Iñaki.

Esa es la manera más habitual de decirlo. Y es el Bar de Iñaki no sólo porque el responsable y propietario esté detrás de la barra, que suele estarlo, sino sobre todo porque aunque Iñaki no estuviera allí seguiría siendo su bar. La terraza de arriba, el altillo desde donde pueden verse la noche y las estrellas, siempre fue un proyecto, un deseo inalcanzado de quienes antes ocuparon el mismo espacio. Los sofás, los sillones y sobre todo las mesas, pequeñas maravillas creadas a partir de palés industriales; es Iñaki quien las ha hecho, pensado, subido hasta allí con esfuerzo y corazón. Corazón. El corazón de Iñaki está también en la música que suena por los altavoces, no en vano es un hombre que siempre ha sido un músico casi secreto: ahora canta en coros y participa en bandas y grupos. Todos los viernes, durante el verano, hay conciertos en directo, y probablemente organizarlos le hace perder dinero. A Iñaki, a Iñaki Orbe, el hombre que regenta el bar sobre el que ahora hablo y escribo.

El bar es su obra, el bar tiene su espíritu. Del mismo modo que una novela o un cuadro preserva el alma de su autor más allá del insuficiente cuerpo. Y es por eso que me gusta ir allí, subir a la terraza, acodarme en la barra, charlar con Iñaki o casi con cualquiera de los habituales del sitio delicioso.

Añadiría que lo recomiendo, a pesar de que resulta ya evidente de mis palabras anteriores, pero en realidad soy consciente de que debo hacerlo con cuidado. Recomendar el Bar de Iñaki. No porque sea un maniático posesivo de mis hallazgos y no quiera compartirlos; quizá también un poco: no vaya a llenarse de gente en exceso y no quede para mí y mis más cercanos suficiente sitio. Pero es complicado. Complicado encontrarlo, para quien no conozca ya el bar, el sitio preciso en el que está ubicado.

Aún así, me siento generoso y es verano, voy a explicarlo.

El Bar de Iñaki está situado en L.A. Citywood, una Ciudad-Bosque situada en el ámbito del pueblo de El Escorial, pero separada del citado Escorial por diez kilómetros de fincas ganaderas y campos. El Bar de Iñaki está cerca del pantano de Valmayor, y el mejor modo de encontrarlo es buscar el Mercadona de Los Arroyos. Y si se ha llegado hasta allí ya no será demasiado difícil que alguien responda cuando se le pregunte por el Loft o el MaiThai:

-Ah, sí, el Bar de Iñaki. Allí enfrente, suba por esas escaleras.

Y mirarán con la atención que siempre se dedica a los desconocidos en los sitios pequeños mientras cruza la plaza, busca las escaleras…. Aunque ya nadie esperará verlo bajar pronto, porque una vez que se llega al Bar de Iñaki se tiende a apurar el tiempo, a disfrutar de la pausa de la música, la conversación y la bebida. Esos placeres que los occidentales modernos sólo nos permitimos en la actualidad cuando llega la calma del verano.

Aún debo añadir, para evitar paseos en vano, que el Bar de Iñaki no abre hasta las nueve de la noche, es un bar de copas, y además sólo lo hace tres días cada semana: jueves, viernes y sábados.

 

(Música de fondo utilizada durante el dictado y la redacción del texto: Amarcord, de Nino Rota, BSO de la película del mismo nombre dirigida por Federico Fellini. Mecanografía: Ángel Arteaga)

 

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