Una piscina de pueblo en verano parece un premio de consolación. Es como la pedrea de las vacaciones. Por debajo solo imagino quedarse en casa con el ventilador encendido viendo películas pirateadas. Aquí las únicas olas son las que forman los adolescentes lanzándose a bomba entre gritos. En lugar de cuerpos esculturales, el césped, o lo que queda de él, está habitado por madres que se abandonaron al primer o segundo parto y que fuman y charlan mientras vigilan de reojo a enanos chillones que corren y caen por doquier azarosos e inestables. No hay música de festival, ni reguetón, ni hardcore, ni tecno, ni house. Lo que se escucha constantemente es un CD de éxitos de los ochenta. No tengo nada contra esta música. De hecho me gustaba. Pero la repetición constante se encuentra en la base de muchas de las prácticas que se suelen reunir bajo el epígrafe tortura.

Como este año no hay dinero para ir a Phuket, ni a Ibiza, ni a Gandía, ni a ningún lugar que suponga desembolso, he tenido que venir al pueblo, a la casa que tienen mis padres para vivir de nuevo entre ellos y de ellos. Mi madre, encantada, se dedica a engordarme. Mi padre hace lo de siempre, o bien me ignora, o bien me reprocha lo primero que se le pasa por la cabeza. Creo que aún no me ha perdonado que no haya cumplido sus expectativas: no he destacado en ningún deporte, ni en los estudios, ni siquiera tengo dinero. Me da igual. Espero que con treinta años más se le vaya pasando.

−¿Vas a darte un bañito, hijo? −pregunta cada día mi madre a la misma hora. Pocas cosas tan retóricas como una madre en ejercicio, pienso.

Ya en la piscina me dedico a hacer lo que he venido a hacer. Aburrirme. El aburrimiento forma parte sustancial de este tipo de ocio. Porque leer tumbado me resulta incomodísimo y bañarse constituye una práctica de alto riesgo en una piscina pequeña repleta de niños chapoteando, madres persiguiéndoles con escaso entusiasmo, e imberbes en celo compitiendo por la atención de las crías a gritos o mediante el ensayo de saltos cerriles. Algunas tardes, a última hora, se dejan caer también algunos maridos para lucir tripa entre cerveza y cerveza mientras hablan a gritos de deporte.

Un caos en el que no pone ningún orden quien debiera, es decir, el socorrista, un cachitas que pasa el tiempo sentado o recorriendo el borde del agua. Aparenta vigilar con dedicación cualquier peligro, pero en realidad se dedica a impresionar a las chicas a las que saca apenas un par de años. Trata con desdén a los niños cuando no le ven, pelotea servilmente a sus madres, chulea a los chavales y solo presta verdadera atención a su teléfono. Hace un par de días tuve con él un encontronazo porque no atendía a una niña gordita que se había cortado en el pie. Se encontraba muy ocupado chateando. Me tocó tanto las narices que le dejé en evidencia delante de todo el mundo. Desde entonces, me mira con cara de odio desde sus gafas de colorines.

Descartado lo de leer y lo de nadar, queda la posibilidad de dormitar sobre ese territorio en propiedad que he delimitado con la toalla. Puede resultar agradable, sobre todo cuando uno piensa en los madrugones que se ha tenido que pegar durante el curso.

Todo tiene un límite. Al cabo de un rato, se impone hacer algo. Lo que sea. Entonces recuerdo a Rosi, la chica del bar. No hace buen café, pero tiene ojos bonitos y cierta gracia. De paso, iré al servicio. No he ido mucho antes por pura desidia.

Según voy llegando, veo que se está organizando cierto barullo junto a las mesas de la terraza. Varias madres están empezando a levantar la voz. Junto a ellas, en el suelo, descubro tirado al socorrista.

−Yo creo que le ha dado un corte de digestión −dice con cara de angustia una mujer de formas enormes.

−A ver si le ha dado un ictus como a mi primo Avelino −responde otra señora de gafas.

−Hace un momento me pidió agua porque dijo que estaba mareado, pero no llegó a tomarla −cuenta Rosi desolada.

No puedo evitarlo. Cumplo mi papel de hombrecito de mediana edad. Pido calma, que se retiren un poco y coloco con gesto decidido una toalla bajo la cabeza del musculitos. Por el rabillo veo que Rosi no me quita ojo, así que continúo.

−Por favor, que alguien llame a la Casa de salud. Creo que este chico lo que tiene es un golpe de calor −digo con la autoridad del héroe salvador.

Al cabo de tres cuartos de hora, continuamos básicamente en la misma situación. El socorrista, aparte de algún gruñido ininteligible no ha vuelto a decir ni pío. Las madres, cada vez más nerviosas ya gritan directamente despotricando contra el Servicio de salud, las autoridades y todo lo que suene a incompetencia.

−¿Por qué no le llevas en tu coche al Hospital de Terroneras? Creo que por la tarde no hay nadie en la Casa de salud de aquí y no sé si enviarán una ambulancia o no −la que me dice esto, mirándome directamente a los ojos, con cara de preocupación infinita es Rosi. A ella no le puedo negar nada. Ser el único hombre con carné de conducir me otorga responsabilidades.

Cuando llevo diez minutos de camino con el desmayado gimiendo en el asiento de atrás, noto que no soporto por más tiempo las ganas. Los acontecimientos que ha provocado mi pasajero no han hecho sino retrasar algo que yo ya venía aplazando buena parte de la tarde. Si no paro el coche, me lo haré encima. Por eso me detengo en esta curva, porque tiene una cuneta un poquito más ancha.

Mientras el alivio me inunda a la par que encharco unos matojos, suena el teléfono. Mi madre.

−Hijo, no te entretengas y pasa por la tienda para comprarme un pepino, que si no, no te puedo hacer gazpacho esta noche, con lo que te gusta.

Mi madre, siempre pendiente, siempre tan habladora.

Cuando cuelgo, vuelvo al coche. Miro y vuelvo a mirar. No hay nadie. Hacia la derecha, hacia la izquierda. Nada. Solo. Estoy solo. Tengo un presentimiento que me hace asomar al terraplén que se abre a dos metros hacia atrás. Efectivamente, el muchacho ha debido de despertarse aturdido, desorientado y al salir del coche ha perdido pie. Yace ahí abajo. A unos metros. No se mueve. Desde aquí no veo si respira. Ahora sí que me entra a mí el pánico. Voy a llamar a la Guardia Civil. A ver cómo lo explico.

Si yo solo quería darme un bañito.

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