El 28 de septiembre de 1936 fusilaron a mi abuela

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A través de la organización Víctimas de la dictadura de Castilla-La Mancha, he podido acceder a determinada documentación, que me confirma la fecha en la que el ejército de Franco fusiló a mi abuela Antonia y su marido Jesús en Toledo, un día como hoy 28 de septiembre de 1936. Ocurrió al día siguiente en el que Franco liberó a los sublevados encerrados en el Alcázar, ciegos de odio y de venganza.

Cada año, vengo rindiendo homenaje a este luctuoso y trágico acontecimiento, pero hasta ahora, no había tenido la confirmación documental, que ahora la organización de Víctimas me facilita; «Antonia Arrogante Carretero (de profesión sus labores)
era natural de Cebolla y murió por asesinato el día 28/9/36. Lugar de muerte o condena: Toledo – TO-227o».

Nos cuenta Julio Martín Alarcón en Sin novedad en el Alcázar de Toledo: la victoria que hizo dictador a Franco: «”A las 5.30 rompen el fuego las piezas de 15.5 emplazadas en Pinedo, y entre las 30 detonaciones que disparan se oye una de mayor intensidad que llena de polvo y humo muy negro todas las dependencias del Alcázar”. Es el 27 de septiembre de 1936, la última entrada del diario del asedio del coronel José Moscardó, que dirige a los sitiados en el Alcázar, para entonces, un amasijo de hierro y ruinas. (El Mundo 27 de septiembre 2016). Parece ser que la detonación, es la cuarta mina para volar lo poco que queda de la fortaleza, convertida en un símbolo tanto para Franco como para el presidente del gobierno Largo Caballero, sabiendo que el enclave no tenía valor militar alguno.

El asedio del Alcázar de Toledo fue una batalla altamente simbólica que ocurrió en los comienzos de la Guerra Civil. Se enfrentaron fuerzas compuestas por milicianos del Frente Popular y de Guardias de Asalto, contra las fuerzas sublevadas de la guarnición de Toledo. Las fuerzas republicanas empezaron el asedio el 21 de julio de 1936 y lo levantaron el 27 de septiembre, con la llegada del Ejército de África al mando del general Varela, que había hecho un alto en el camino hacia Madrid. Franco entró en la ciudad al día siguiente, y empezó la represión.

Durante el asedio, hubo dos grandes asaltos y un intento de negociación que le fue encomendada al prestigioso Vicente Rojo, que había dado clase en el Alcázar. Rojo entró en la fortaleza para parlamentar con Moscardó el 8 de septiembre, ofreciendo la evacuación de las mujeres y los niños primero y la rendición después, pero el coronel Moscardó se opuso siempre. Ya le había dicho en conversación telefónica al jefe de las milicias de Toledo, Cándido Cabello, que le conminaba a rendirse: «Puede ahorrarse el plazo que me ha dado y fusilar a mi hijo, el Alcázar no se rendirá jamás».

«Franco convirtió la liberación de Toledo en un valioso golpe de efecto internacional, llegando a recrearlo, recorriendo los escombros, para las cámaras de los noticiarios que se proyectaron en salas de cine de todo el mundo». Toledo, decían, es un lugar de enorme importancia simbólica y patriótica desde la Reconquista. (Helen Graham, Breve historia de la guerra civil). Para Luis Quintanilla Isasi, no hubo heroísmo de los sitiados y «solo la espera que les sacase de su autoencierro, el absurdo de la amenaza telefónica sin relación con la muerte del hijo del ‘héroe’ y los rehenes, motivos estos de haber divulgado al mundo la leyenda del Alcázar». El 1 de octubre habiendo triunfado en Toledo, Franco asumiría el mando supremo; sus compañeros de armas le ofrecieron la dictadura, que rechazó: exigía más, la Jefatura del Estado, la del Gobierno y el mando absoluto sobre todo el Ejército. (Franco y el Tercer Reich, de Luis Suárez). Ya no era rebelde, sino Jefe del Ejército Nacional.

Como he dicho, he tenido la oportunidad de publicar, desde hace unos años, la historia que conozco sobre la represión en Toledo y el fusilamiento de mis abuelos. No me resisto este año de volver a recordarlo. No conozco las razones que arguyeron los asesinos para matarlos, si es que puede haber razones para matar, ni si se celebró juicio y si hubo sentencia de muerte o simplemente les dieron el paseo criminal.

No tengo noticias de que mis abuelos fueran unos peligrosos rojos, ni siquiera si eran de izquierdas o republicanos. Mi padre, que sería quien hubiera podido contarme la historia, murió cuando yo tenía siete años y mi madre, ya fallecida, en raras ocasiones habló del tema. Sí parece que mi abuela Antonia Arrogante tenía un carácter fuerte y poco dado a componendas. Mujer de mediana estatura, fuerte, guapetona, con moño bajo, saya larga y pañoleta negra sobre los hombros.

Vivían en Toledo, en el Callejón de los Niños Hermosos, callejón sin salida de la judería toledana, del que les sacaron para nunca volver. Oigo las botas contra el empedrado, los gritos y empujones, los culatazos de los fusiles sobre sus espaldas. Veo la cara perpleja y asustada de mi abuela Antonia Arrogante, embarazada, y las caras descompuestas por el odio de los sacadores. Oigo el sonido seco de las descargas de los fusiles y el taac, taac de los tiros de gracia junto a una pared, paredón a la vera del Tajo, que les quitó la vida sin saber la razón de los sin razón.

Me contaron que mi padre, al enterarse del asesinato de mis abuelos, intentó suicidarse. Me dijeron que mi padre, soldado del Ejercito Republicano, acompañando a Vicente Rojo, en una visita a Toledo, estuvieron en el Callejón de los Niños Hermosos, viendo a sus padres. Desconozco las razones de la visita, pero sin duda, una delación, bastó para la sangrienta represalia.

Transcurridos ochenta años, la historia sigue siendo muy emotiva para mí. Siento dolor y desprecio frío y razonado hacia quienes cometieron el crimen y por quienes lo ordenaron: también por quienes lo jalearon y ampararon. Siento desprecio por aquellos que hoy, todavía, justifican el asesinato de las decenas de miles de hombres y mujeres que murieron y sufrieron persecución victimas de la barbarie y que hoy, todavía, no han reconocido el genocidio franquista.

abuelafusilada

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