Quienes se hayan podido interesar por la historia evangélica, que es una materia más apasionante y reveladora de lo que puede parecer antes de conocerla, saben que existen multitud de evangelios gnósticos o apócrifos, también llamados ‘extra-canónicos’, que son los escritos en los primeros siglos del cristianismo en torno a la figura de Jesús de Nazaret, y que con posterioridad la Iglesia católica decidió no incluir en su canon bíblico. Tampoco fueron aceptados por otras confesiones cristianas como la ortodoxa, la anglicana o la protestante.

Así, los Cuatro Evangelios por antonomasia o ‘canónicos’, son los de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, y que, según no pocos autores, estuvieron inspirados por Dios, pasando por tanto a la historia como reveladores de su palabra y de la vida de Jesucristo.

Salvando las distancias, podríamos entender que, hoy en día, los cuatro evangelistas ‘canónicos’ o autorizados de la política española son nada menos que Mariano, Pedro, Pablo y Alberto, mientras que los demás -así son las cosas- figuran como ‘extra-canónicos’ o poco influyentes en el electorado nacional. A estos cuatro maestros reconocidos, corresponderá, pues, propagar la palabra y la revelación política durante la campaña de las elecciones generales convocadas para el 26 de junio.

Un desafío ciertamente curioso, porque su inmovilismo previo y la escasa capacidad que desde el 20-D han mostrado para hablar entre ellos y lograr un acuerdo de gobernabilidad, o sea para ‘hacer política’, les ha convertido en auténticos muditos, o peor en sordomudos contumaces, sin nada que decir ni proponer al electorado. Quizás sea necesario, entonces, atender a los evangelistas apócrifos de la política (los líderes de las bases sociales, las fuerzas más radicales y hasta los grupos anti-partidos) para ver la forma de salir del atolladero en el que estamos, anclados como seguimos en la crisis general (económica, social e institucional), pese a quien pese y diga lo que diga el gobierno saliente y corrobore por pasiva la oposición in-opuesta.

Ahora, nuestros cuatro evangelistas de andar por casa ya tienen a sus asesores áulicos (fracasados en su papel primordial de asesoramiento interno) afanados en el enfoque y desarrollo de la nueva campaña electoral, quizás intentando enmendar -o no- los errores cometidos en los anteriores comicios y en el inicio de la XI Legislatura, la más inútil de toda nuestra historia política democrática. Y, claro está, la expectación se centra en saber qué van a contarnos cada uno de los cuatro partidos asimilados al Espíritu Santo de la política, cómo y por qué van a pedirnos el voto, de qué se van a arrepentir o no públicamente, cuáles serán sus nuevas promesas electorales y, en definitiva, qué estrategia van a seguir (silente, continuista, rompedora…) en su nuevo propósito embaucador.

Poco se puede aventurar al respecto, aunque sería comprensible -pero no razonable- ver al PP y al PSOE encastillados en sus posturas tradicionales, y aún con mayor radicalismo, y esperar de los partidos emergentes o recién destetados (Podemos y Ciudadanos) planteamientos más auto críticos y de reconducción de sus errores, bien sea a mejor o a peor…

Lo lógico es que los partidos, todos suspendidos ante la opinión ciudadana no sectaria, cambien de forma sustancial sus enfoques de campaña, sus ofertas políticas y sus estrategias de comunicación, ya que el escenario electoral es muy distinto al de hace seis meses (el 20-D) y que la opinión pública les tiene bajo observación severa.

Tampoco parece irracional pensar, con todas las cautelas, que a tenor del espectáculo dado por los cuatro partidos en liza electoral nacional, y en particular por el PSOE y Podemos, IU sea el partido que más crezca, y que si se coaliga con Podemos -operación difícil de sustanciar- su suma pueda desbancar al PSOE para liderar la izquierda política. De no producirse este acuerdo, es muy posible que Podemos pierda la ventaja que obtuvo el 20-D como partido del voto útil en ese espectro social.

Por su parte, Ciudadanos podría ceder votos al PP, pero también captarlos del PSOE, que en cualquier caso podría continuar en caída electoral libre. Sin que ello signifique una derrota total de la izquierda, sino más bien un reajuste en su liderazgo. Y si el PP mejora levemente sus resultados, cosa difícil de sustanciar sin mayor renovación interna y con Rajoy al frente de la candidatura, está por ver que el conjunto PP-Ciudadanos pueda alcanzar la mayoría absoluta o siquiera superar la suma de PSOE, Podemos e IU. Al fin y a la postre volviendo más o menos a la misma necesidad de pactos post-electorales.

Claro está que frente a un posible encadenamiento de resultados de nuevo fragmentados y conflictivos, caben revulsivos previos de última hora para poder balancearlos hacia la gobernabilidad política. Entre otros habría que considerar la posibilidad de coaliciones pre-electorales que fijen con claridad las posiciones de los partidos antes de que el electorado decida su voto, o un auténtico golpe de timón y de renovación interna radical en los partidos mayoritarios, sobre todo dentro del PP que debería sacrificar la figura de su actual líder, Mariano Rajoy, profundamente rechazada por una parte significada de la derecha española y convertida en un problema difícil de superar para el entendimiento con otras fuerzas políticas

Dicho de otra forma, y dado el desprestigio social y la escasa credibilidad de los actuales evangelistas de la política, excepciones extra-canónicas aparte, parece que las nuevas elecciones se dirimirán no tanto en el plano de la dialéctica y las promesas electorales, ya vacuas por demás, sino en el de su planteamiento estratégico más profundo. Un terreno que los partidos pisan sin firmeza, habituados a la palabrería y al tactismo del corto plazo, y que es el que les ha llevado a donde están. Es la hora en la que los estrategas políticos, si es que existen, deberían arrollar con decisión a los asesores mercachifles instalados como lapas en los aparatos de los partidos.

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